apagones

La luz argentina

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Inolvidable la novela de César Aira en tiempos de Segba, el juego con dar a luz de la protagonista embarazada y los cortes de electricidad. Chistes de Aira que son serios y revelan cuestiones domésticas con mucha originalidad, como si el plano fantástico atravesara lo cotidiano y se pudiera sobrevivir en la ficción. Su tercera novela (de más de cien), La luz argentina, sucede en la década de los 80, cuando eran habituales los cortes intermitentes y nunca faltaban velas en algún cajón de la cocina. Es increíble que las velas vuelvan a ser personajes fundamentales de nuestra vida, acumuladas en las góndolas de los supermercados, pegoteadas, sucias, ignoradas por los repositores, hasta que irrumpe lo impensable, toda la ciudad sin luz, y la gente saliendo a la calle, mirándose los unos a los otros, como torpes vivientes de un mundo sin analogías. ¿Qué hacer? ¿Dónde acudir? ¿A quién llamar? ¿Cuánto durará? ¿Se gasta más la batería del celular con un audio que escribiendo un texto? ¿Qué tengo en la heladera que se pueda echar a perder? ¿Funcionará el ascensor? ¿El subte? Y así hasta llegar a las relegadas y remotísimas velas: ¿hay velas en casa? Y entonces recordamos que son nuestro más preciado objeto, nos preguntamos con estupor si conservamos algún paquete. Corremos en su búsqueda, como si durante mucho tiempo nos hubiéramos olvidado de lo importante. Y al dar con las velas, también recordamos el gozoso ritual, una vez encendidas, de dejarlas chorrear sobre algún recipiente, viendo cómo se aúnan las gotitas de cera hasta completar una mínima lagunita, que nos permite hundir levemente el cilindro, antes de que el líquido se endurezca. Y así, apoyando la vela con destreza, suavidad, reencontramos una sensación perdida, la de la estabilidad. La vela se sostiene. Podemos desplazarnos por la casa, iluminando los lugares que habitamos. La pequeña llama nos redime del futuro. Hay una tradición de gestos que aún pueden salvarnos. La luz de todos los tiempos, el fuego. Como clamaba Macedonio Fernández rescatando lo diminuto, El sol y un fósforo.  

Pero no todo subsiste en una góndola. 

Los cortes de electricidad ya no cuentan con los teléfonos de línea. Imposible comunicarnos cuando las empresas actuales inhabilitan sus servicios. Evoco hasta con nostalgia el cable enrulado que enredábamos entre los dedos viciosamente. A los celulares se les acaba la batería y nos abandonan. Mueren como latas inútiles. Ya no hay teléfonos de línea que puedan suplir el apagón de voces. Nuestra dependencia es fútil. ¿Será por eso que salió tanta gente a la calle, sin saber a quién llamar, dónde cliquear?