La ruina, la digresión
El gesto de Lobo reside en devolverle a la literatura su condición de ruina, la ruina de la sintaxis.
En los primeros tres párrafos de Ayer no te vi en Babilonia, de António Lobo Antunes, leemos dos frases significativas: “… salvo la madrina de la alumna ciega susurrando cumplidos en tono de disculpa sin que yo la entendiese”. Y luego: “… vacío a no ser por un árbol cuyo nombre nunca supe”. Aquí las palabras claves son “sin que yo la entendiese” y “cuyo nombre nunca supe”. De entrada, Lobo Antunes marca a la literatura bajo el designo de un no entender y de un no saber. Hay muchas formas de no entender y de no saber. Pero en Lobo adquieren un modo preciso: la ruina. No se entiende y no se sabe en Ayer no te vi en Babilonia (como en la mayoría de las novelas de Lobo, porque su obra es de una coherencia impactante: en Lobo Antunes, cuando hablamos de un libro, lo hacemos también de todos los demás) como un modo de construir una ruina. Porque la ruina en Lobo, la ruina de la lengua del capitalismo, nunca viene después, sino que llega antes. Se edifica la ruina, se la construye como un monumento –un monumento literario– que exhibe la ruina como un modo de leer. Así como la vanguardia no es un estilo (o varios) sino una lectura, una forma de lectura, una forma de vanguardia de leer, la ruina en Lobo es también una lectura: no es, solo, que su escritura esté en ruinas o lleve la sintaxis a la ruina, sino que la lectura como no entendimiento, como no saber, implica la ruina como condición de posibilidad.
La ruina, entonces, en todo se opone a la demolición. Tal vez las palabras se han convertido ya en ruinas. No ruina como lo que viene después –primero el edificio y luego su ruina– sino como condición de posibilidad misma para pensar. Primero la ruina y luego el futuro. Primero la ruina y luego la tradición. Ya no en Portugal sino en la literatura latinoamericana más o menos reciente, de un lado Peripecias del no, de Luis Chitarroni, y del otro La fiesta vigilada, de José Antonio Ponte, son dos de las novelas que más agudamente reflexionan sobre esa situación, sobre la ruina (la ruina de la vanguardia, la ruina del arte, la ruina de lo nuevo, pero también la ruina de la narración, la ruina de la propia literatura). Y fuera de esos dos libros, obviamente los de Lobo Antunes, como un monumento de las ruinas.
La ruina es una paradoja. La causa y el efecto, al mismo tiempo. La ruina no es lo mismo que el deterioro, la refacción, el desperfecto, la avería, la decadencia, la devastación, la destrucción. Cada uno de esos términos linda con la ruina, pero remite finalmente a otra serie de enunciados. La ruina no tiene sinónimo. Es más bien como la frase “es decir”: “Es decir” reformula el alcance de la frase, expande el campo nocional, difunde la expectativa. Se usa así: tal y tal cosa, es decir, tal otra. Y ese “tal otra” ya no vale igual que el “tal cosa”; al contrario, expande el sentido, lo esparce en un nuevo territorio, funciona bajo el modo de la digresión. ¿Es la digresión la ruina del lenguaje? Quizás, es decir, sí. El gesto de Lobo reside en devolverle a la literatura su condición de ruina, la ruina de la sintaxis. Alcanza con leer Peripecias del no, La fiesta vigilada, y sobre todo Ayer no te vi en Babilonia (o cualquiera de las novelas de Lobo Antunes) para entrar en un sistema casi anarquista de pensar la literatura. Lobo Antunes murió el pasado 5 de marzo.