Decisiones

Los efectos de la estupidez colectiva

La responsabilidad colectiva no existe. Es un factor siempre individual e intransferible.

Elegidos. Los políticos nacen y crecen en las sociedades que luego les entregan su destino. Foto: cedoc

El 9 de abril de 1945 fue ahorcado en el campo de concentración de Buchenwald el pastor luterano Dietrich Bonhoeffer. Tenía 39 años, era un teólogo brillante y heterodoxo y el régimen nazi lo acusó de formar parte de un complot para matar a Hitler, así como de colaborar en la fuga de judíos, motivos por los cuales lo encarceló en 1943. En 1937 fue destituido de su cargo en la Universidad de Berlín. Con su maestro, el connotado teólogo Karl Barth (1886-1968), fundó la Iglesia de la Confesión, que pugnaba por un compromiso práctico y no sólo verbal con los sufrientes. Desde la prisión Bonhoeffer escribió textos publicados póstumamente, que brillan hoy por su lucidez, su visión, su profundidad y su claridad. En su Teoría de la estupidez, texto divulgado en el Journal of Church and State, de la Universidad de Oxford, declara que “la estupidez es el enemigo más peligroso del bien”, y la considera más nociva que la maldad. Contra la maldad se puede luchar, dice, mientras que ante la estupidez no hay nada que hacer. Otros pensadores que se abocaron al tema, como el húngaro Paul Tabori (sobreviviente del nazismo) y el italiano Carlo Cipolla, entre otros, coinciden con él. 

Bonhoeffer no reducía su teoría a las simples estupideces cotidianas e individuales de los imbéciles de turno (esas que a mucha gente le parecen graciosas), sino que apuntaba a algo más profundo y masivo. Advertía que la estupidez extendida y colectiva puede ser fácilmente manipulada para ponerla al servicio de la maldad, como ocurría en Alemania, su país, en donde todo un pueblo, afectado por el virus de la imbecilidad, había anulado por completo el pensamiento crítico, la reflexión personal, las nociones morales para seguir a un psicópata desquiciado en la gestión de una de las tragedias más sangrientas (si no la más sangrienta) de la humanidad.

En escalas menores, pero no menos perversas e infectas, las epidemias de estupidez colectiva generaron, antes y después de aquella, y hasta hoy, grandes daños de todo tipo en diferentes sociedades. Es así como surgen líderes y gobernantes perniciosos, cuando no directamente tóxicos para sus países. Los Trump, los Putin, los Netanyahu, los Chávez, los Maduro, los Orban (felizmente finiquitado hace dos semanas), los Erdogan, los Kirchner, los Milei, por nombrar solo algunos y recientes, no llegan al poder en platos voladores desde otros planetas. Nacen y crecen en las sociedades que luego les entregan su destino previa desconexión del pensamiento crítico y tras una aparente pérdida masiva del instinto de conservación y supervivencia. Unirse a la masa, hacer lo que hacen todos, repetir lo que todos dicen, declinar el trabajo intelectual de pensar por cuenta propia y desarrollar argumentos autónomos, tercerizar la mente son síntomas graves de la presencia del virus. La masificación anula la identidad individual y crea la ilusión de que no se es responsable de lo que las acciones masivas producen. Pero la responsabilidad colectiva no existe. Es un factor siempre individual e intransferible. Aunque una persona se diluya en la masa será siempre responsable de sus actos y tendrá pendiente la cuenta de responder por ellos.

Los países, finalmente, tienen los dirigentes y los gobernantes que se parecen a sus sociedades. Muestran el estado de estas, surgen de ellas. Si un presidente insulta a todos todo el tiempo, si carece de pudor, si repudia la diversidad, si es indiferente a los sufrimientos que provoca en vastos sectores sociales, si rehúye debatir cara a cara y en igualdad de condiciones, si se cree un ser superior de origen divino y no se hace cargo de las consecuencias de sus acciones, la sociedad no sólo debe mirarlo a él, sino también a sí misma.

*Escritor y periodista.