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Asuntos internos

El club de los lectores ilusos

Se acepta con demasiada tranquilidad una pequeña escena equívoca en los clubes de lectura basados en traducciones. Un grupo de personas se reúne a “leer” a un autor ruso, alemán o norteamericano, pero en realidad leen a un traductor. O, más exactamente, leen el resultado de una negociación: entre una lengua y otra, entre una sintaxis y otra, entre un sistema de alusiones y otro. Sin embargo, alrededor de esa práctica se levanta una ficción piadosa: la de suponer que el autor sigue ahí, intacto, esperando al lector del otro lado del puente. Es una ficción útil, porque si se la desarma del todo también se desarma buena parte de la industria de la lectura universal.

La ilusión consiste en creer que la traducción transporta un contenido, como si el texto fuese una valija. Se abre, se revisa, se vuelve a cerrar y aparece del otro lado con la ropa doblada de otro modo, pero sin que falte nada. El problema es que la literatura no es una valija. En literatura el modo de decir no acompaña a lo dicho: es lo dicho. Cuando una palabra ambigua se resuelve en una sola dirección, cuando una torpeza deliberada se corrige por elegancia profesional, o cuando en el peor de los casos se resuelve mal, no se está simplemente cambiando el envase: se está interviniendo en el objeto. Casi siempre de manera irreversible.

Por eso resultan algo inquietantes esos clubes en los que se habla con gran familiaridad del “estilo” de un autor al que, en rigor, nadie en la sala puede leer en su lengua original. Se dice: “La sequedad de tal novelista”, “la música de tal poeta”, “la precisión de tal cuentista”. Pero quizás esa sequedad sea del traductor, esa música sea de la tradición poética en la lengua de llegada, esa precisión sea el resultado de una limpieza editorial que el original nunca pidió. Y sin embargo el taller procede como si se tratara de una presencia estable, casi notarial, del autor en cuestión. Se discute un adjetivo como si viniera con firma certificada.

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No se trata de impugnar la traducción. Sin ella viviríamos confinados en una pobreza bastante provinciana, obligados a convertir la ignorancia de lenguas en una doctrina estética. Se trata de devolverle al acto de leer libros traducidos su incomodidad, su precariedad, su carácter de experiencia mediada. Leer una traducción no es leer menos: es leer otra cosa. Pero esa otra cosa debería formar parte de la conversación y no quedar escondida debajo de la mesa como una vergüenza técnica. Un taller más honesto no diría “estamos leyendo a Thomas Bernhard”, sino “estamos leyendo la versión española de una novela de Thomas Bernhard y también, inevitablemente, a Miguel Sáenz, que la escribió en español, y que incluso construyó en nuestro idioma eso que llamamos el estilo Thomas Benhard”. Esa mínima corrección verbal ya introduciría una desconfianza saludable.

Porque además hay en todo esto una vanidad del lector, la de creer que accede sin resto a cualquier literatura, que ninguna extranjería resiste, que todo puede incorporarse a la comodidad de su lengua, que todo es traducible. La traducción, cuando funciona demasiado bien, halaga esa vanidad. Le dice al lector: “No te preocupes, en el fondo, el mundo entero habla igual que nosotros”. Y tal vez una buena traducción deba hacer exactamente lo contrario: conservar una resistencia, una aspereza, un eco de ajenidad. Recordar que ahí hubo otra música, otro orden de cortesía o de violencia, otra historia sedimentada en las palabras. Recordar que quien se toma en serio la literatura debe hablar otras lenguas. O al menos leer en otras lenguas.

Tal vez lo inquietante de ciertos clubes de lectura no sea que trabajen con traducciones, sino que olviden por completo que lo hacen. Confunden acceso con posesión, aproximación con intimidad. Y sobre todo confunden lectura con transparencia. Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie.

Pero hay alguien. Siempre hay alguien. Y a veces ese alguien, silencioso, aplicado, condenado a la nota al pie o a la mera mención tipográfica, es el verdadero escritor que el club está leyendo sin saberlo.