Apuntes en viaje

Los libros

Cuando era chica y empecé con el berretín de los libros, me gustaba pasarles la mano por encima, tapa y páginas, como si fueran otro animalito de los que tenía en mi casa.

Foto: MARTA TOLEDO

Esta semana fue el Día del Libro. Aunque, como dicen de otros “día de…”, es todos los días. Al menos si lo pienso en relación conmigo, casi no debe haber día en el año en que no tome contacto con los libros: para leerlos, pero también para correrlos a una punta y poner la mesa para comer, para ubicarlos en la pila cada vez más amenazante de la mesita de luz, para prestar uno a una amiga, para trasladarlos de acá para allá, para dejarlo en el estante de la biblioteca que le corresponda una vez leído (o, también, abandonado).

  Siempre me gustó la materialidad del libro: su peso, su olor, doblar las puntas de las páginas para marcar, anotar alguna cosita en el margen o subrayar un párrafo deslumbrante. Cuando era chica y empecé con el berretín de los libros, me gustaba pasarles la mano por encima, tapa y páginas, como si fueran otro animalito de los que tenía en mi casa. Irme a dormir con ellos y dejarlos debajo de la almohada como si le dejara un diente al Ratón Pérez tal vez con la ilusión de que me dejara plata para comprar otro.

  Ya conté que en mi pueblo no había librería y que los pocos libros que llegaban los vendía el bazar de Echeverría. Recién me doy cuenta de que se llamaba como el autor de El matadero que, creo, inaugura la literatura argentina. Los sábados a la noche, con mi madre y mis tías, salíamos a “mirar vidrieras” y mi parada preferida era el bazar. Entre juegos de cubiertos, platos, copas, lámparas de lava, había que aguzar la vista para encontrar los libros exhibidos. Nunca eran muchos, nunca dominaban la vidriera, pero ahí estaban entre tantos objetos. De vez en cuando, cumpleaños, Navidades, alguno venía a mi casa y se quedaba en la bibliotequita de mi dormitorio.

  Esa pequeña biblioteca fue creciendo junto conmigo. Las bibliotecas son como los altares donde les rendimos culto. Hace unos años salió una antología que se llama, justamente, Bibliotecas. Allí varias autoras y autores escribimos sobre las nuestras. Les comparto un fragmento de lo que escribí y si son fetichistas de los libros, voyeurs incansables, los invito a leer todo el libro.

  “En aquella época, es decir antes de la pandemia, cuando tenía biblioteca y daba talleres en mi casa, los libros ordenados tenían un poco de sentido: mi lugar en la mesa era de espaldas a los estantes así que, a medida que charlábamos sobre los textos, si me venía a la memoria algún autor o alguna autora que dialogara con ese texto que se estaba escribiendo, nada más estiraba el brazo o me paraba e iba directamente al objetivo. Algunas veces, y dependiendo de cuánto había pasado desde la última limpieza, tenía que buscar un poco, pero todo estaba ahí, al alcance de la mano. Prestar libros también le daba sentido a tener una biblioteca. (…) Aunque sea canchero entre los escritores robar libros de librerías o de otras bibliotecas, confieso que nunca hurté un libro o, mejor dicho, solo uno, una sola vez: La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. Me lo prestó un viejo amigo y fue una lectura fundamental y reveladora. Así que me lo fui quedando. Él también quería mucho ese libro y a su autor, y lo había robado de una biblioteca de pueblo: en la primera página estaba el sello delator. Así que para mis adentros me excusaba con aquello de quien roba a un ladrón… me recordó un par de veces en muchos años que nunca se lo había devuelto. Después mi amigo murió. La piel de caballo es una prenda suya que me ha quedado para siempre, una herencia pequeña y amorosa”.