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opinión

El Mundial más exigente de la historia

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Último caso. Eder Militao, defensor del Real Madrid, se resintió de una lesión en el isquiotibial. | captura tv

En el mundo del fútbol y por el acelerado cierre de la temporada europea, a menos de cincuenta días del puntapié inicial, se está hablando mucho sobre los ausentes por lesión de la Copa del Mundo 2026. Ya quedaron fuera el francés Hugo Ekitiké que se cortó el tendón de Aquiles, el brasileño Rodrygo y el español Samu, que se rompieron el ligamento cruzado anterior de la rodilla, o el alemán Serge Gnabry –ya campeón con el Bayern Munich–, que tiene una gravísima lesión muscular.

Los que llegan con lo justo, como Lamine Yamal o Cuti Romero, también son charla corriente, pero como la idea de esta columna es ir siempre un poco más allá de lo que se lee en cualquier lado, deseo sumergirme ya no en los lesionados sino en los que están aptos y pueden llegar a lesionarse por el enorme desafío que significa la Copa del Mundo tripartita para sus cuerpos y su salud.

Un tema del que nadie está hablando todavía es la particularidad de esta Copa del Mundo que combina la altura de las ediciones de 1970 y 1986, el calor del cambio climático del siglo XXI, una distancia entre sedes nunca antes vista, sumada a la contaminación ambiental y el riesgo infeccioso de ciertas ciudades. En una competencia de un mes, un par de equipos disputarán ocho partidos para salir campeón con la complejidad de una combinación simultánea de estrés térmico, hipoxia, contaminación ambiental, fatiga por viajes y riesgo infeccioso, dando lugar a un escenario de demanda fisiológica sin precedentes en la historia del fútbol.

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En los anteriores mundiales, las selecciones se preparaban para competir en contextos relativamente homogéneos, incluso con las ampliaciones que hubo: recordemos que hasta Argentina 1978 eran 16 selecciones, desde España 1982 fueron 24 equipos hasta EE.UU. 1994 y, a partir de Francia 1998 hasta Qatar 2022, se disputaron con 32 participantes. Aun en los torneos con sedes múltiples, como Corea-Japón 2002, las variaciones ambientales eran manejables.

Lo que propone esta Copa del Mundo de 48 equipos es otra cosa: primero un encuentro más para ser campeón y después un mapa competitivo donde, en cuestión de días, podés pasar del calor extremo y la alta humedad de Houston a la altura y el smog de Ciudad de México, o volar miles de kilómetros cruzando el continente completo desde la templada Vancouver a la calurosa Miami, cambiando no solo de condiciones ambientales sino también varios husos horarios.

En este primer texto, nos enfocaremos en el calor porque, en plena Copa del Mundo 2026, se estima que 14 de las 16 sedes presentarán condiciones de “estrés térmico significativo”. Aquí conviene ser precisos semánticamente: estrés térmico no significa jugar con calor exterior. En lugar de posicionarse en el ambiente, el término toma la perspectiva del atleta e identifica la implicancia de sostener esfuerzos intermitentes de alta intensidad con una temperatura corporal central superior a los 39 °C: umbral térmico en el que el riesgo de enfermedades relacionadas con el calor deja de ser teórico y el golpe de calor por esfuerzo pasa a ser una posibilidad cercana.

Más allá del riesgo real pero remoto en futbolistas profesionales, del potencialmente fatal “calor extremo” donde el deportista muere por un golpe de calor, lo inmediato es el condicionamiento en el rendimiento deportivo: un fútbol con alta temperatura es un fútbol con menores distancias recorridas, caída en la capacidad y en la cantidad de esprints, deterioro en la toma de decisiones con pérdidas del balón asociadas; porque el jugador no solo corre menos al estar acalorado, sino que también piensa peor. Esto está estudiado y hay cuantiosa bibliografía al respecto a disposición.

Estrategias de mitigación como chalecos refrigerantes, toallas frías, bebidas granizadas serán vistas al por mayor. Protocolos de aclimatación pasiva, como la exposición al sauna o inmersión en agua caliente posentrenamiento ya demostraron ser eficaces para inducir adaptaciones fisiológicas relevantes en pocos días, y seguramente serán utilizados. La preparación, tanto física como sanitaria, para la Copa del Mundo más dispersa de la historia es un tema interesantísimo en comparación con Qatar 2022, donde todo estuvo tan cerca como nunca antes.

Durante años, previamente a un Mundial, discutíamos sistemas tácticos, nombres propios y estilos de juego, para hacer una diferencia. Tal vez, Norteamérica 2026, sea la primera Copa del Mundo donde la verdadera discusión va a estar en otro lado. El problema de fondo no se tratará solo de quién juega mejor, sino de quién está mejor preparado y resiste más. Porque cuando el calor, la altura y el desgaste de los viajes empiecen a pasar factura, el Mundial ya no se va a jugar en los pies: se va a definir en la psiquis y en la fisiología.