Los niños al poder (riesgos del infantilismo político)
El infantilismo ejercido desde el poder puede generar riesgosas consecuencias, en especial, si se trata de la principal potencia. Pero también en un país del fin del mundo.
Dificultad para controlar impulsos, narcisismo extremo producto de infancias traumáticas, tendencia a usar apodos para descalificar al otro frente a la complejidad que implicaría entenderlo, culpar a los demás por errores propios, recurrencia a la simplificación y a los pensamientos mágicos.
Son características típicas del infantilismo, que es la persistencia de conductas aniñadas en individuos adultos. Lo que también se denomina el síndrome de Peter Pan, por aquel personaje infantil que se negaba a crecer.
Son traumas que los especialistas suelen tratar y que no tienen mayor relevancia cuando se trata de hechos individuales.
El problema es cuando personas con esas características llegan al poder.
El infantilismo político es una patología estudiada a lo largo de la historia y que algunos analistas relacionan con cierto infantilismo social abonado por un clima de época signado por el individualismo, el temor al cambio constante y el hipnótico placer por el espectáculo.
El infantilismo ejercido desde el poder puede generar riesgosas consecuencias...
Soy de los que creen que, pese a los años, todos seguimos llevando un niño dentro que nos recuerda lo que fuimos cuando de verdad éramos niños. Solo que el paso del tiempo (eso que se llama madurez) nos hace entender que ya no lo somos, que el mundo no gira en torno nuestro, que el otro importa y que la vida tiene grises que la alejan de las bellas simplificaciones de la infancia.
Niños en cuerpos adultos. El infantilismo político es otra cosa. Porque implica riesgos para todos al involucrar a líderes que no buscaron o no encontraron la ayuda profesional adecuada y hoy deciden sobre la vida de los demás.
Donald Trump y Javier Milei vienen de historias personales muy distintas. Además de que uno es un proteccionista nato y el otro un anarcoaperturista.
Sin embargo, tienen en común sus retorcidos vínculos con sus padres y sus excéntricas personalidades: raptos de furia, el mismo humor infantil, el insulto fácil, el egocentrismo, la megalomanía y el imperativo compartido de que los demás los reconozcan como geniales.
Nada raro si fueran niños, nada grave si fueran personas anónimas condicionadas por aquel síndrome. Pero el infantilismo político ejercido desde las primeras magistraturas puede derivar en peligrosas consecuencias. En especial si se trata de la principal potencia mundial, pero también para un país del fin del mundo.
Con inteligencia artificial, la creatividad de las redes ya les puso cuerpos de niños a discursos y actitudes reales de distintos líderes mundiales con esas características. Sirven para verlos como son: niños en cuerpos de adultos, con sus berrinches, su humor básico, su dificultad para prever las consecuencias de sus actos.
... En especial, si se trata de la principal potencia. Pero también en un país del fin del mundo
Cosas de chicos I. En el caso de Milei, el infantilismo es una escenificación repetida que algunos analistas (escépticos de lo que ven) consideran impostado, pero que quienes lo conocen saben que es absolutamente espontáneo.
Como un niño que se refugia en apodos que ayudan a crear pertenencia, en el último mes llamó “Chatarrín de los tubitos caros” a Paolo Rocca (Techint), “Don gomita alumínica” a Madanes Quintanilla (Fate y Aluar), y “Señor lengua floja” a Roberto Méndez (Neumen).
Y como un niño acostumbrado a dibujos animados de buenos y malos, aprovechó su discurso de apertura de sesiones para celebrar a los suyos (coloso, genio, cíclope) y castigar a los otros. Según Chequeado, ese día emitió 56 insultos, 1 cada 100 segundos (contra 1 cada 180 segundos del año pasado). Insultó a los peronistas (ignorantes, kukas, bestias, chorros, brutos, parásitos y cavernícolas, entre otros), a Myriam Bregman (chilindrina troska) y a su propia compañera de fórmula, a quien trató de golpista. No la mencionó explícitamente, pero con un claro gesto señaló a Vicitoria Villarruel, ubicada detrás suyo.
Eufórico, por momentos desencajado y algo nervioso, mechó su mensaje económico (coherente desde su ideario libertario) con aquellos ataques y sonrisas burlonas que, como un niño, esperaban como recompensa los aplausos de las bancadas oficialistas.
Cosas de chicos II. Trump recurre a esos mismos impulsos de la niñez para descalificar a otros esperando la aprobación de los propios. Así atacó, entre muchos, a Hillary Clinton (la corrupta), Obama (el nacido en Kenia), Biden (el dormilón) y Nancy Pelosi (la loca). A los periodistas que el argentino insta a odiar y llama “ensobrados”, él los denomina “fake news media” y “enemigos del pueblo”.
Como Milei, el estadounidense tiende a comparaciones hiperbólicas, a la gesticulación burlona y al humor simple. Aun cuando se refiere a una guerra en la que mueren miles de personas.
Y como los niños que ansían premios, aunque sean trofeos de juguete, Milei va en busca del suyo en cada lugar en que le conceden uno, mientras insiste en merecer el Nobel de Economía. Trump hace lo propio y se quejó duramente por no haber recibido el último Nobel de la Paz (“nadie lo merecía más que yo”). Como se recuerda, fue tal su malestar, que la verdadera ganadora del premio, Corina Machado, debió ir a verlo para entregarle la medalla que ella había recibido. Recién entonces, Trump pasó de ningunearla a llamarla “mujer maravillosa”.
Como otros líderes que padecen infantilismo político, Milei y Trump son asertivos, no dudan. Capaces un día de afirmar algo y negarlo al siguiente. La duda es una característica típica de la adultez. Es la inseguridad infantil la que de grande puede generar relatos unidireccionales y autoritarios.
Líderes y liderados. Esta semana, el New York Times informó que en su reunión con el canciller alemán Friedrich Merz, Trump le reveló que tomó la decisión de atacar Irán por “puro instinto”. En línea con lo que el diario apunta sobre su extremadamente reducido núcleo de asesores, compensado por un instinto que le indica qué debe hacer.
Fue al NYT al que le había respondido sobre cuál era su único límite al actuar: “Es mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme… No necesito el derecho internacional”. Parafraseando a “el Estado soy yo” que Luis XIV sentenció cuando, justamente, era un rey adolescente.
Milei también tiene sus propios pensamientos mágicos sobre por qué hace lo que hace. A él lo guía el “Uno” que, como se sabe, le encomendó la misión de salvar al mundo del Maligno. Según esa lógica, al ser el Elegido por la perfección divina, sus actos no contienen la mácula del error.
¿Será que “la Tierra cayó en manos de unos locos con carnet” como decía Serrat? ¿O será por aquella correlación natural entre líderes y liderados en un determinado tiempo y lugar? ¿Será que la sociedad del espectáculo necesariamente se compone de audiencias con pensamientos más infantiles y adolescentes y de dirigentes a su medida?
En cualquier caso, la realidad es tan dolorosamente explícita que parece difícil no cuestionar por qué pasa lo que pasa y qué hacer con ello.
Líderes como Milei y Trump nos muestran a diario sus heridas y limitaciones, casi como un involuntario y desesperado llamado a la cordura colectiva.
La otra opción es persistir en la tranquilizadora actitud de seguir haciendo de cuenta de que todo esto es normal.
Como hacíamos cuando éramos niños.
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