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Nostalgias iraníes

Era un festival muy tranquilo, con pocos invitados y todas las noches nos reuníamos a cenar.

Nunca estuve en Irán, pero allá por 2003 fui jurado en el festival de Erevan en Armenia, donde conocí a Abbas Kiarostami, uno de los grandes maestros del cine contemporáneo. Era un festival muy tranquilo, con pocos invitados y todas las noches nos reuníamos a cenar. Había pocos vuelos y todos llegaban a las tres o cuatro de la mañana, porque de día Eurnekian construía el nuevo aeropuerto. Toda Armenia estaba entonces en proceso de reconstrucción, tratando como siempre de separarse de las rémoras de la Unión Soviética, con su burocracia y sus presiones, que después heredaron los rusos de Putin apoyando alternativamente a los armenios y a los azeríes, sus históricos enemigos. Hasta que en estos meses –por lo que leí en la prensa– el Kremlin logró que los dos países juntos se apartaran de la rusa.

Pero no quería hablar de Armenia, un país encantador, bellísimo, pobre e increíblemente castigado por la historia, sino de Irán, país rico y muy politizado, cuna del imperio persa, potencia militar en Medio Oriente y centro de la historia que se está escribiendo en estos días. Aunque solo quería hablar de Irán a través de Kiarostami, con quien en la cálidas noches de Erevan nos tomábamos unos vinos. Kiarostami representaba la clase profesional que se había formado en tiempos del Sha, que no obedecía demasiado el Corán. Se contaba en esa época que las mujeres que pertenecían al mundo de artistas e intelectuales, llegaban a las fiestas con el vestuario forzado por los los reglamentos islámicos y allí se sacaban el hiyab, se cambiaban y se maquillaban. Era, por lo que escuché entonces, una situación de gran ambigüedad. La república islámica no dejaba de celebrar elecciones para presidente (aunque no para elegir al líder espiritual), llevaba ya veinte años en el poder, iba endureciendo la represión a sus ciudadanos y organizando sus redes terroristas alrededor del mundo (se cumplían entonces diez años del atentando a la AMIA, aunque en un principio su autoría había sido más confusa).

Sin embargo, siempre existió entre los políticos iraníes una fracción moderada, que llegó a ganar elecciones, pero nunca pudo hacer mucho contra el poder de los clérigos y del ejército (la Guardia Islámica). Había quienes confiaban en que los ayatolas serían un fenómeno pasajero y Kiarostami era uno de ellos: poeta, pintor, fotógrafo y cineasta, era una persona culta y se le notaba una especie de secreto orgullo por ser descendiente de la civilización persa (incluso, creo que despreciaba un poco a Occidente). Según él, no tenía sentido lo que hacía su joven colega Jafar Panahi, quien confrontaba abiertamente contra el régimen, lo que le valió censura, prisión y prohibición de filmar o de salir del país entre otras restricciones a su libertad que afrontó valientemente. Kiarostami optó por el perfil bajo: hasta su muerte por mala praxis médica en 2016, viajó mucho, filmó otras películas y se resignó a su papel de figura internacional que no estaba oficialmente en conflicto con las autoridades.

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Con el tiempo y el aislamiento, parece haberse olvidado que Irán era un país vivo y sofisticado, pero lo fue siendo menos a medida en que el régimen implantado desde el fanatismo se hacía más fuerte y más longevo. Ahora, todo explotó. Tal vez veamos en el futuro una cara más verdadera de Irán.