opinión

Miserias peronistas

Herida. Foto: Pablo Temes

“No salimos de una que ya nos metemos en otra. Es agotador. Para nosotros y nuestra gente”. Con un dejo de enojo y resignación que evita hacer público, un importante dirigente bonaerense del peronismo transmite el sentimiento que atraviesa esa fuerza. Lejos de una sinfonía, parece una banda desafinada de aficionados.

Con récord negativo de provincias gobernadas desde el retorno de la democracia, el movimiento creado por Juan Domingo Perón está inmerso en una crisis de proporciones y sin vislumbrar dónde o cuándo puede surgir la luz al final del túnel. Si es que se vuelve a encender.

Falta de liderazgos nítidos. Ausencia de autocrítica ante graves errores cometidos. Carencia de cuadros renovados. Déficit para alumbrar propuestas actualizadas a problemas muy complejos. El diagnóstico podría ampliarse mucho más para explicar el trance peronista.

Por suerte para la administración de Javier Milei, el principal partido opositor ha decidido encarar su síndrome crítico con un tratamiento original: acelerar hacia un abismo político de consecuencias imprevisibles.

La nueva batalla es ver quién lidera el PJ y por la reelección de los intendentes

Así, por caso, en el orden nacional abrazó un proceso de balcanización. La cruel metáfora de los Balcanes y sus guerras fratricidas expone más que una simple división o atomización. Es la separación de tribus que intentan sojuzgar a los que hasta ayer compartían los mismos espacios.

Desde hace tiempo, muchos gobernadores peronistas de diferentes provincias se alejaron formal o informalmente de cualquier conducción partidaria central. Córdoba, Misiones y Salta, son ejemplos de esa lógica.

Otros, como en Tucumán (Osvaldo Jaldo) y Catamarca (Raúl Jalil) no sacaron aún los pies del plato, pero se manejan de manera autónoma. Sobre todo a la hora de negociar los votos de sus representantes en el Congreso, y recibir contraprestaciones del Gobierno a cambio de ese respaldo. 

Esta nueva versión del clásico sálvese quien pueda tiene su correlato electoral. En las recientes legislativas de octubre, en muchos distritos el peronismo ofreció dos y hasta tres listas diferentes. Poco debió ayudar semejante nivel de fractura: apenas venció en siete jurisdicciones.

En tren de contribuciones, escasa debe ser –por decirlo de manera diplomática– la que hacen el kirchnerismo, La Cámpora y Cristina Fernández de Kirchner. 

Pese a su condena firme en la causa Vialidad, que cumple en prisión domiciliaria, y los testimonios obscenos de cobros de coimas del juicio oral de los Cuadernos, CFK se mantiene al frente del PJ. Amén del cargo formal, importa más su decisión de mantenerse como líder indiscutible del espacio.

El desafío de Axel Kicillof a ese liderazgo encendió justamente un conflicto interno que solo escala, nada más y nada menos que en la provincia de Buenos Aires, epicentro nacional del poder peronista.

Si antes fue por el desdoblamiento electoral bonaerense, después fue por el presupuesto, la conducción de la Legislatura y la autorización para refinanciar deuda. La nueva batalla es por quién estará al frente del PJ provincial. La siguiente será la reinstalación de la reelección indefinida en las intendencias. Y después habrá otra y otra y otra.

Este nivel de minucias en el peronismo obtura cualquier alternativa viable a las propuestas libertarias. La más evidente está a la vuelta de la esquina, la reforma laboral. Más que intentar bloquear cualquier cambio en la legislación, la oposición no logra articular orgánicamente opciones con algún grado de consenso.

La limitación lleva a que aparezcan, otra vez, grupos que negocien por su cuenta. En el caso de la reforma laboral, gremios integrantes de la CGT que rosquean con el Gobierno bajo la mesa. En la central obrera tienen bajo sospecha a la Uocra de Gerardo Martínez y a la UPCN de Andrés Rodríguez. No están solos.

Con este tipo de matices (gobernadores y gremios) el peronismo trata de hallar algún eje en común. Al menos, que sea en su relato de oponerse a Milei. Hasta en eso corre peligro de quedar en offside.

Ocurrió con la reciente intervención norteamericana en Venezuela. Mientras CFK y Juan Grabois condenaban la injerencia de EE.UU. y respaldaron tácitamente al régimen en nombre “del pueblo venezolano” (¿y los 8 millones de exiliados?), Kicillof y Sergio Massa alertaban sobre la violación del derecho internacional y evitaron mencionar a Nicolás Maduro. 

Estas acrobacias políticas configuraron una manera sutil de enmascarar los inocultables vínculos históricos del kirchnerismo con el chavismo, jamás revisados. Pero además significó un espejo incómodo ante la apuesta mileísta clara y directa de pegarse a Donald Trump. Más allá de los riesgos que esa jugada puede acarrear.

Con sus antecedentes, tampoco el peronismo y el kirchnerismo en particular resulta muy creíble o genuino cuando marca las inconsistencias éticas libertarias, traducidas en episodios como la estafa cripto de @Libra o las presuntas coimas en el área de discapacidad.

A propósito de irregularidades, la dirigencia peronista sigue con sumo interés los avatares de las investigaciones en torno a los multimillonarios (des) manejos de dinero en la Asociación del Fútbol Argentino.

Se entiende la atención. El presidente de la AFA y su tesorero, Claudio ‘Chiqui’ Tapia y Pablo Toviggino, están muy relacionados con el peronismo. Y el intermediario Javier Faroni, que fue a brindar explicaciones ante la Justicia el último viernes, se enroló en el ma-ssismo.

La salpicadura política tal vez pueda dirigirse hacia el lugar menos pensado. Ante la ratificación del aval de Kicillof a Tapia, al que sostiene al frente de la Ceamse y de los sólidos acuerdos entre la Provincia y la AFA, ciertos dirigentes camporistas olfatean la posibilidad de que por primera vez quede manchada la transparencia del gobernador bonaerense, nada menos que en el prólogo de su aspiración presidencial 2027.

En las miserias de la política y de este peronismo, vale todo. Milei celebra.