CULTURA
Apuntes en viaje

Portadas

Muchas veces compré un libro o lo saqué de la biblioteca sólo por su tapa. Hay un dicho ¿no? Los libros se juzgan por la tapa o algo así… no lo comparto del todo.

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| MARTA TOLEDO

Empecé a leer Viaje a Misiones, de Eduardo Holmberg. Lo compré hace muchos años atraída más por la portada que por el nombre de su autor, viajero y naturalista del siglo XIX. El diseño es sencillo: un fondo verde clarito, refrescante se me ocurre, con algunos bichitos dibujados que revolotean el borde superior, las alas abiertas, diría que son polillas; otro con las alas plegadas, solitario, en el borde inferior, a la derecha. Y un gusano estridente, verde y negro con la cabeza roja ubicado a la izquierda, abriendo una especie de paréntesis al título. La edición es de Eduner, una de mis editoriales favoritas de todo el país, y es parte de la colección “El país del sauce” (ya ven que tiene todo lo que me puede gustar ¡cómo no iba a llevarme ese libro!). El loguito de la colección es otra hermosura que parece dibujada con un pelo del bigote de Juan L., no habría otro modo de hacerlo.

También tengo El país del río, que reúne crónicas del Paraná, de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh. Y Al faro, de Virginia Woolf (debe ser como la tercera vez que lo empiezo. ¿Logrará el niño viajar al faro, lograré este verano terminar el libro?). Y también Jabirú, de Pablo Cruz, el más joven (y vivo) entre mi selección de lecturas del primer mes del año. Su novela (que aún no empecé) está ambientada en el siglo XVIII, en la misión jesuítica de San Javier, así que también habrá viajes, viajeros, mundos explorados por primera vez.

Leo de a ratos Viaje a Misiones, me subo al barco que lleva a Holmberg y sus muchachos por el río: todo transcurre al aire libre, todo es descubrimiento, cazar, recolectar, clasificar, calor, picaduras, dormir en carpa. Y de a ratos Al faro, todos encerrados en esa casa de campo y el rumeo de los personajes que no para. Cuando me asfixia uno, voy al otro como si abriera una ventana de par en par. Fue una casualidad empezar por esos dos, pero me está funcionando bastante bien.

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Vuelvo a las portadas porque también El país del río es de Eduner y tiene un diseño igual de precioso, fondo verde intenso con unas ¿se llamarán boyas? iluminadas, flotando en la tapa, a la deriva. La de Jabirú, publicada por La Flor Azul (una editorial muy buena de la costa argentina) también es una pequeña maravilla. ¿Co-nocen el pájaro, el jabirú? Id y googlead. Un jabirú sobrevuela un bañado lleno de palmeras contra un cielo anaranjado. Una obra de la artista Teresita Olhaberry, quien desde hace un tiempo viene ilus-trando las portadas del catálogo.

Al faro es una edición vieja, de 1958, que me regaló una amiga para un cumpleaños. Tiene sellado en distintas partes el nombre de su dueña anterior, Raquel Beatriz Lamarca, y está forrado con un plástico transparente, así como nuestras madres nos forraban el Manual cuando íbamos a la escuela. Es de Sudamericana y también tiene un diseño hermoso, el dibujo de un faro, el océano que se eleva en todo el margen derecho hasta el borde superior. Las páginas son ma-rrones y quebradizas y el libro tiene olor a vainilla.

Muchas veces compré un libro o lo saqué de la biblioteca sólo por su tapa. Hay un dicho ¿no? Los libros se juzgan por la tapa o algo así… no lo comparto del todo, más bien me apena que haya libros buenísimos condenados a portar una tapa fea. Y una lectura que apareció hace un par de días, por un pedido, y que también se acopla tranquilamente al resto es Los desterrados, de Quiroga. No tengo una edición en papel, pero la que encontré escaneada en el sitio de una biblioteca es divina: una anaconda enroscada, lista para atacar.