Alan Courtis (Buenos Aires, 1972) recorrió distintos países de Europa, Asia, América y Oceanía como músico y docente. Entre tantos viajes reconoce un “momento fundacional”: la participación en el Festival Super Ultra North of Everything, en el archipiélago de Svalbard, Noruega, dentro del Círculo Polar Ártico. Polar noise. Diario de una gira ártica (Mansalva) reconstruye la expedición y realiza una segunda travesía, la del lenguaje en busca de narrar una experiencia extrema.
Courtis estuvo en Svalbard con un grupo de músicos entre el 1° y el 9 de marzo de 2009. La excursión se extendió desde Longyearbyen, la pequeña capital del archipiélago, hasta Pyramiden, una ciudad abandonada, y Barentsburg, un pueblo de 450 habitantes congregados alrededor de una mina de carbón. Más de una década después, según cuenta, recompuso su diario de viaje a partir de “algunas anotaciones perdidas en un cuaderno algo borroneado” y afrontó un nuevo desafío, el de lograr un relato que se aproximara “lo máximo posible a la intensidad de la experiencia polar”.
Estar de gira, apunta Courtis en la primera entrada del diario, “implica otro estado de la materia: de tanto viaje parece que uno va perdiendo solidez”. Fundador del grupo Reynols, participó en más de 500 discos editados por sellos de todo el mundo y ha dado seminarios y cursos en universidades y centros de arte de diversos países. Pero esa alteración de los sentidos llega a un punto límite en Svalbard, donde las temperaturas promedian los -30° C y la vida cotidiana es un “calvario de hielo en el que cada minuto parece durar meses”, bajo nevadas persistentes que extienden un blanco uniforme sobre el paisaje.
Hacer música en el Ártico resulta casi imposible no solo por la adversidad del ambiente. En Pyramiden, donde el grupo hace su presentación, la antigua Casa de Cultura tiene instrumentos rotos, las cuerdas de la guitarra están heladas y Courtis se calza dos partes de guantes primero para entresacar una andanada de ruidos y después para tocar un piano “intensamente desafinado por el abandono ártico”. El público está conformado por tres personas, los cuidadores de la ciudad que asisten al concierto sin comprender de qué se trata.
Courtis recorre la ciudad como podría hacer un turista, pero la luz es escasa, la nieve cubre los edificios, y las casas y antiguas oficinas parecen abandonadas de repente. “Caminar por Pyramiden es como sumergirse en un sueño o vagar por alguna dimensión paralela donde todo resulta inalcanzable o incomprensible”, escribe. No menos fantasmagóricos son los osos polares, que serían más numerosos que los seres humanos en ese punto del planeta y sin embargo, no se muestran: solo se ven pisadas frescas y un ejemplar embalsamado.
Prueba de soledad. El grupo se desplaza en scooters con trineos para acarrear instrumentos, víveres y equipos de supervivencia. Después de once horas bajo la nieve, sin traza de caminos y sobre un terreno escarpado, regresa a Longyearbyen y sigue viaje hacia Barentsburg. Aquí las condiciones son más hospitalarias, pero igualmente extrañas: el hotel parece detenido en los años 60, Courtis sueña que el lugar se confunde con otro del Automóvil Club Argentino y al despertar no sabe dónde está.
La desorientación se vuelve extrema en un momento en que Courtis pierde de vista al grupo en medio de una salida. Durante un buen rato se queda solo, “en el más absoluto silencio” y sin posibilidad de pedir auxilio. Podría decirse que afronta entonces su prueba de soledad en el paisaje, como decía Juan L. Ortiz de la experiencia en que el poeta comprobaba el valor de su escritura.
Courtis queda deslumbrado con la observación de un fiordo en el que los reflejos del sol irisan el agua y la nieve. El espectáculo parece un espejismo, “de otro planeta”, y su irrealidad patentiza los límites del lenguaje: si al principio el viajero entendía “un poco mejor por qué algunas etnias nórdicas usan más de cuarenta palabras para referirse a lo blanco”, ahora “son tantos colores y matices que no sabría cómo empezar a describirlos”.
El silencio se extiende tan vasto como el blanco, más allá de los pocos ruidos que en principio lo interrumpen: el silbido del viento, el chirrido de un robot mecánico utilizado para limpiar un avión, los motores de los scooters. Courtis problematiza sin embargo, la noción de escucha expandida como parte de sus experimentaciones sonoras y en base a los conceptos de escucha profunda y escucha cuántica de la compositora estadounidense Pauline Oliveros, y en esa línea Polar noise hace reverberar voces y sonidos inesperados.
El hotel de Longbyardyen recicla antiguas barracas y “el aura de los mineros que trabajaron acá no termina de irse del todo”. En una cantina abandonada de Piramyden, “los gritos de un centenar de soviéticos enardecidos pidiendo más vodka deben flotar en alguna parte como la banda de sonido de una película que ya no suena”. En esas anotaciones tal vez puedan leerse formas de la escucha cuántica que según Oliveros consiste en “escuchar más de una realidad simultáneamente, de tantas formas como sea posible: cambiar y ser cambiadx por la escucha a nivel individual y, sobre todo, a nivel colectivo para enfrentar los nuevos desafíos, peligros, libertades y responsabilidades que plantea el cambio de era”. Dobra Robota publicó el año pasado en Buenos Aires el libro Escucha cuántica, de Oliveros, con prólogo de Laurie Anderson.
Courtis observa un barco encallado en un lago helado y lo asocia con un hexagrama de I Ching, el que refiere a “cruzar las grandes aguas”. El barco que espera la primavera para que el deshielo le permita navegar evoca su propia situación según el hexagrama 5, “Agua sobre hielo”: el libro de los cambios sugiere en ese punto al viajero esperar el momento propicio para evitar el peligro, enfrentar lo desconocido con serenidad y con la perspectiva de que la perseverancia tendrá una recompensa. Polar noise es el relato de esa experiencia decisiva.