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El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En El amante doble, de François Ozon, la protagonista obtiene el consentimiento de su novio para ser penetrado con un pene de goma sin que medien deseo ni placer, justificando el hecho con un somero “Lo hice para darte el gusto”. Si era el revés, probablemente se hablaría de una hija sana del patriarcado o de una violación que no fue correctamente identificada. Pero la película va por otros caminos, como la vida intrauterina, los accidentes genéticos o las alucinaciones, sin particular foco en el rol que asume el varón “heteronormado” frente a la vida de pareja. Sin embargo, esta escena, filmada hace casi diez años, hace pensar en cómo se fueron dando vuelta supuestos y consensos públicos que parecían inamovibles. Una de las más sorprendentes transformaciones sociales a las que contribuyó la explosión global del feminismo es la propagación de “novios de”, tipos que no solo no se avergüenzan, sino que exhiben con orgullo su subalternidad. Aunque él siga teniendo que comprar el anillo, las parejas en las que ella destaca por ganar más, y/o por ser más popular; por tener, en definitiva, un poder que él no tiene, se legitimaron. No se trata del esquema de disparidad a lo La Bella y la Bestia (no viene muy al caso querido lector, pero le recomiendo enfáticamente la adaptación de Cocteau), sino de la inversión de la idea del macho proveedor e incluso de la, aún más problemática, mujer detrás del gran hombre. 

¿Estamos ante un fenómeno consolidado o es algo con la vida útil de una tendencia de redes? ¿Crecerá el número de mujeres que juzguen ventajoso el pase a reserva de la histórica responsabilidad masculina de ser sostén económico y punta de lanza del hogar? ¿Es “el novio de” un varón feminizado, un vivillo, o un magno heredero de Leonard Woolf? ¿Llegará el momento en que los mantenidos moneticen, al modo de las trad wifes, su condición de tales para probar que se puede ser hetero sin ser tan normado? El riesgo es que la guita y la visibilidad escalen al punto de superar las de ella, y todo vuelva a foja cero, como en la película de Ozon, que empieza con la subjetiva de un espéculo ginecológico y termina con la historia de dos fetos.