Comunicaciones

Prefiero con una persona

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Me pregunto cómo sobreviviremos humanamente sin la presencia del Estado; seguro que hallarán sistemas más “eficientes”, plataformas digitales que lo resuelvan todo y en pocos segundos, se reducirá la evasión, legalizaran las drogas, nuevo gran negocio de los CEO internacionales; se aplaudirán todas las ideas que reformulen los formularios, y hasta quizá crezca el PBI y se reduzca la pobreza (esto último lo dudo ampliamente). ¿Pero hay en la planificación del futuro una consideración del aspecto humano, el de una voz en el teléfono que conteste cordialmente, se permita dudar, se ría? Y esa voz humana que pende de un hilo telefónico intangible, ¿siempre tendrá que decir al final “si podes, poneme un buen comentario a mi atención” como si su vida también pendiera de un hilo? 

Un mundo feliz, todos atendidos, y sin nada que decir.

Esta semana tuve que resolver algunos asuntos administrativos y me costó muchísimo llegar a una persona. Estaba con necesidad de hablarlo, mostrar mis boletas, ingresar en el mundo tridimensional, salir de algún lugar con el cuerpo cambiado, habiendo conversado con alguien, recibido una propuesta, apelando a los gestos para manifestar mis dificultades, atenuar la fobia de los trámites mediante una mirada comprensiva, incluso ligeramente autoritaria, que me permitiera ordenar mis cuentas. Intenté hablar con muchos servicios (gas, internet, AGIP), pero siempre atendía la voz de la derivación, robótica, ofreciéndome decenas de opciones, “digite 1 para… 2 para… 3…”.

Decidí acercarme al inmenso edificio de la calle Viamonte 900. Una vez en la puerta de AGIP, antigua, ¡histórica!, me distendí, pensé que había llegado, ya no me perdería en laberintos numéricos, por fin una persona me recibiría, yo haría chistes, consultaría maneras posibles de pagar, hasta me dispuse a hacer la fila, a considerar quejas ajenas, mirar el edificio, la iluminación, los grandes ventanales. 

Efectivamente había una señora detrás de un mostrador. No tenía el aspecto de la empleada de Gasalla, todo lo contrario, parecía de cera, apoltronada en su respaldo inmóvil.  La saludé con un “buen día” ancho, diciéndole orgullosa que venía a pagar una deuda, y ella me miró atenta, pero tristona, explicándome que ya no se podía, no había más personal, ni personas, que todo lo tenía que gestionar por Internet, “lástima que viniste hasta acá”. ¡Pero si era lo que yo más quería, llegar hasta ahí, hasta ella!

Me volví con la desilusión al día, preguntándome por el ajuste de la humanidad. Sin haber resuelto nada.