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Espejismos de progreso

La pantalla grande atraviesa hoy una paradoja fascinante: mientras los píxeles alcanzan la perfección, los guiones retroceden hacia la rigidez moral del siglo antepasado. Dos estrenos recientes, Hail Mary y Avatar III: Fire and Ash, encapsulan este fenómeno donde la vanguardia técnica sirve de envoltorio para ideologías rancias que creíamos superadas por el sentido común.

En Pandora, James Cameron ha construido un imperio visual sin precedentes, pero en esta entrega su obsesión con la estructura familiar tradicional cruza la línea de lo apologético para rozar lo reaccionario. La narrativa de los Sully es ahora un búnker conservador. Bajo la excusa del “honor”, la película refuerza una visión donde la identidad solo es válida si se articula mediante el linaje patriarcal y la validación paterna. Resulta alarmante que, en un universo de infinitas posibilidades biológicas, el “fuego” de los nuevos clanes sirva para iluminar una homofobia estructural: no hay espacio para la disidencia sexoafectiva en el ecosistema de Cameron. La familia no es aquí un refugio, sino una imposición ideológica que invisibiliza cualquier existencia fuera del binarismo más estricto.

Por otro lado, Hail Mary intenta vendernos una odisea de cooperación científica ante la extinción, pero lo hace desde un etnocentrismo caduco. Aunque se disfrace de ciencia ficción humanista, la cinta destila un racismo velado en su construcción de la jerarquía intelectual. La genialidad y el heroísmo conservan un código genético muy específico, relegando a las naciones del sur global a ser meras comparsas cómicas o recursos logísticos para el lucimiento del protagonista anglosajón (¿por qué no vuelve a la Tierra, qué se lo impide? ¿Un amor indecible?). Es ese racismo de baja intensidad, el que excluye por omisión, el que asume que la salvación de la especie es una patente de propiedad exclusiva de Occidente.

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Ambos films ofrecen espectáculos soberbios, pero es imperativo preguntarnos si aceptaremos que el futuro del cine comercial sea un viaje de regreso a los prejuicios del pasado. La técnica ha evolucionado; es hora de que la mirada también lo haga de una vez por todas.