Luis Ángel Firpo embiste a Jack Dempsey hasta sacarlo fuera del ring. Carlos Monzón arrincona a Nino Benvenuti y lo demuele con una estocada certera. Víctor Galíndez está por ser inexorablemente noqueado, pero de la nada se rehace, escapa a su destino, lo convierte en lo contrario, noquea a Richie Kates. Lo mismo logra, años después, Locomotora Castro contra John David Jackson, transforma asombrosamente en noqueado a ese que ya era su inminente noqueador. Nicolino Locche inventa un más allá, lo ubica en el más acá y lo habita maravillosamente entre amagues y esquives: está ahí, ahí nomás, perfectamente al alcance, pero no se lo puede tocar. Martillo Roldán derriba a Marvin Hagler: será efímero, no durará, pero sucede, existe y existió.
El boxeo, o los boxeadores, han aportado no pocas hazañas a la galería de exaltaciones de la épica nacional, aun si el asunto terminó en derrota, y tanto más si terminó en victoria. En el ring (y, en el caso de Firpo, hacia afuera del ring) consuman una proeza que perdura en la memoria argentina. Pero hay una escena argentina, diría incluso que especialmente argentina, ligada también al boxeo, pero esta vez fuera del ring. Es diciembre de 1970: en el Madison Square Garden de Nueva York, van a enfrentarse Muhammad Ali y Oscar Bonavena. El título mundial no está en juego, pero es casi como si lo estuviera, pues Ali es de esos campeones que lo son aun cuando no lo son. Y Bonavena es de esos ídolos populares (otro es Firpo, otro es Suárez, otro es Gatica) que alcanzan esa idolatría sin precisar un título mundial (como si esa vacancia ecuménica fortaleciera un arraigo local: hay tuercas para los que los hermanos Gálvez tienen algo que Fangio no podría tener; hay devotos de Pascutti o Garrafa Sánchez, del Trinche Carlovich o de Banana Galbán, que no siguen mayormente la Champions).
En un ritual algo circense que, con el tiempo, se extenderá y acentuará, los dos púgiles se presentan ante la prensa, poco antes de enfrentarse en el ring, para ofrecer a las cámaras y a los flashes el show del desafío mutuo: se miran mal, se miran de cerca, aprietan en las mandíbulas el rencor que luego traspasarán a los puños, montan la escena de las ganas de pelear que sirve de preludio a la pelea, aunque después, cuando peleen, lo harán porque les pagan, más que por las ganas de hacerlo (puede que tengan ganas de hacerlo, pero no lo harían si nos les pagaran). La cosa en verdad se parece más al duelo de muecas que narró Witold Gombrowicz, que a una lucha más verdadera, una como las que llevaron a Cortázar a escribir el cuento Torito, una como la que hizo que Norman Mailer viajara a Kinshasa y tomara notas.
Ahí están entonces Ali y Bonavena. Ali ya es todo un experto en el género del show de la previa, puede hacerlo incluso solo. Pero aquí están todos: el rival, los respectivos séquitos, la prensa, los allegados, las autoridades. Ali se pone en acción: acerca la zurda en jab al rostro de Bonavena, como midiendo la posibilidad de pegarle; Ringo impasible le hace notar que la mano va floja, que de esa forma no le mueve un pelo, que no es así como se golpea; Ali insiste, insiste, insiste. Y entonces ocurre. Ocurre: Bonavena suelta de pronto un movimiento de torso entero hacia adelante, uno de empinarse y acometer, y ante eso es Ali, por puro reflejo, quien se echa para atrás.
Bonavena logra el efecto, ahora lo atesora y lo goza: lo apunta a Ali estirando un dedo irónico, y se ríe de manera irresistible. Ocurre eso y aun algo más: que Muhammad Ali también se tienta, que Muhammad Ali también se ríe. Y se da vuelta para que no se vea, que no se note que Bonavena lo ha hecho reír. Y en eso Bonavena parece haber vencido, porque desarmó la farsa del miedo entre recios y la suplió con el duelo del puro dar gracia. Ali se da vuelta y se aleja, para que su risa no quede a la vista. A esta altura ya advirtió que esta vez el que viene de la Argentina no viene de las consabidas pampas, como aquel Toro de las Pampas que guapeó, aunque perdió, en Nueva York, casi medio siglo antes, sino uno que viene de La Gran Llanura de los Chistes (de la Argentina de Osvaldo Lamborghini, no de la de Ezequiel Martínez Estrada).
La pelea sobre el ring la ganará Muhammad Ali, por nocaut técnico en el último round. Pero antes hubo algo así como una victoria argentina que es posible evocar y resaltar. La historia de Oscar Bonavena terminó, como es sabido, horriblemente mal. Lo asesinaron con un disparo en el pecho en la entrada del burdel Mustang Ranch, en Reno, Nevada, el 22 de mayo de 1976. Ese disparo, el que lo mató, provino claramente de otro orden: ni fintas, ni coraje, ni lealtad para dar pelea; apenas la violencia siniestra de un ignoto y oscuro matón.