Reina absoluta
Otra versión de La condesa sangrienta, esta vez basada en un texto de la Nobel austríaca Elfriede Jelinek, se presentó en la última edición de la Berlinale. “A Isabelle se la suele asociar con papeles psicológicos y cuidadosamente construidos. Aquí, la condesa es icónica”, dijo su directora, Ulrike Ottinger, sobre Huppert, físicamente perfecta para el rol por varias razones, como el envejecimiento lento, el pelo rojo y la estampa nobiliaria. Sin fecha de llegada a las salas locales por ahora, promete, gracias a esta suma de talentos, rendir mejores honores a la hematofilia que las últimas películas del género y es una buena excusa para hablar de Ottinger. Parte del Nuevo Cine Alemán junto a Reiner Fassbinder, Werner Herzog y Win Wenders, comenzó a ser reconocida en círculos cinéfilos con Madame X, una reina absoluta, de 1977, en la que la performer y diseñadora Tabea Blumenschein personifica a una pirata lesbiana y despótica. “En los 70, cuando tantas mujeres se reconocían parte del movimiento, me decían que yo no era feminista por dirigir films como Madame X”, recordó Ottinger después, cuando esas críticas habían revertido, consolidándola como referente queer. Fassbinder tiene su trilogía alemana y ella tiene la de Berlín. Empieza al año siguiente de Madame X con Retrato de una alcohólica, billete sin retorno, en la que Tabea se calza un vestido diferente en cada escena, como hacía Mae West, mientras se emborracha hasta morir. “En el Berlín bastante empobrecido y nada glamuroso de ese entonces –contó en 2022 a propósito del vestuario de estas producciones– los almacenes todavía estaban llenos de artículos de la época anterior a la guerra: valiosos bordados de perlas para cinturones, cuellos, bolsos, arreglos de plumas, algunos de los cuales estaban hechos con aves enteras, en todos los colores imaginables”. La trilogía sigue con Freak Orlando, de 1981, que muestra a una mutante Magdalena Montezuma en un periplo que va del Barroco hasta al siglo XX, y la última, de 1984, es Dorian Grey en el espejo de la prensa amarilla, con Veruschka von Lehndorff en la piel de un Dorian transformado en commodity de los medios de comunicación.
Durante una entrevista de 2009, Ottinger fue apresuradamente calificada como una artista de lo irreal. Replicó con una definición sintética de su manera de trabajar: “Es cierto que mis películas suelen estar ambientadas en paisajes futuristas y crean un imaginario surrealista, pero mis inspiraciones suelen provenir de la realidad, de la observación del mundo, de las personas, de sus diferentes culturas y de los roles tradicionales. Sin embargo, en el cine no se pueden mostrar las cosas tal y como son, hay que hacer algo con ellas, hay que condensar la realidad”.
Sus incursiones en el documental son geniales, como se confirma en Countdown, de 1990, donde registra los cambios de Berlín inmediatamente después de la caída del Muro, o en Prater, de 2007, dedicado a uno de los parques de diversiones más antiguos del mundo. Su trayectoria en este rubro tiene, por su ambición y exotismo, algo de Leni Riefenstahl al tiempo que está muy marcada por Asia: arrancó con Las artes, la vida cotidiana, de 1985, y abarcó aventuras en Mongolia (donde también hizo ficción con La Juana de Arco de Mongolia, de 1989) como acompañar a los nómades del norte en sus migraciones, para terminar en Taiga, de 1992. Y ni hablar de sus capacidades apoteóticas registradas sobre todo en Chamissos Schatten, de 2016, donde trabaja con apuntes del poeta y botánico del romanticismo Adelbert von Chamisso durante 12 horas, divididas en cuatro capítulos, que van desde Alaska a la isla de Bering. De jovencita, en los 60, vivió en París, donde asistía a las conferencias de Claude Lévi-Strauss y Louis Althusser en el Collège de France. Fueron años dedicados a la pintura, el vestuario, la literatura, el grabado, la escenografía, el dibujo, la puesta teatral, la actuación, la fotografía y la etnología. Todo esto cruza su cine haciendo difícil cualquier encasillamiento.
En 2020, mientras el mundo se confinaba, siguió activa y presentó Caligramas de París, sobre sus años formativos en esa ciudad. Este es el segundo texto que escribo sobre ella en un par de semanas. Para justificar repeticiones, nuestra vampira por antonomasia, Mirtha Legrand, dice algo así como que el público se renueva. En su honor y, más que nada en el de Ulrike, reciclaré mis palabras. Haré que un peso valga dos, me parafrasearé: si el vampirismo fuese realidad, debería incluir a la octogenaria directora alemana entre sus beneficiarias más legítimas. Tendría toda la eternidad como la condesa, pero no para vivir por vivir, sino para abonar a la noble causa de seguir filmando así.
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