Martes 17 de febrero de 2026, 11.30, conferencia de prensa en la Biblioteca Nacional Central de Florencia, Italia. Elisabetta Sciarra, directora de la institución, junto a Michaelangiola Marchiaro (jefa del Departamento de Manuscritos, Colecciones Raras y Antiguas de la biblioteca), acompañados por los profesores Franco Giudice (Universidad Católica del Sagrado Corazón, Milán) y Michele Camerota (Universidad de Cagliari), más el investigador Ivan Malara (Universidad de Milán), anunciaron el hallazgo, por parte de este último, de un ejemplar del Almagesto de Claudio Ptolomeo (Alejandría, Egipto, c.100-c.170 D.C.), anotado por Galileo Galilei (Toscana, Italia, 1564-1642).
El pie de imprenta de la edición al latín del Almagesto descubierta corresponde a Basilea, año 1551, y se encontraba en la colección procedente del legado de Antonio Magliabechi al Ayuntamiento de Florencia, que junto a la Colección Galileo –compuesta por 347 manuscritos y que pertenecía a la Biblioteca Palatina– se fusionaron allí en 1861. El análisis y contenido de las notas manuscritas corresponden a la caligrafía juvenil de Galileo, coincidentes con pasajes de obras suyas anteriores y posteriores al Sidereus Nuncius (1610).
La investigación de Ivan Malara trata sobre cómo el tratado astronómico de Ptolomeo (esencial para la astronomía durante más de un milenio) influyó en Galileo para la lectura del De revolutionibus orbium coelestium (1543) de Nicolás Copérnico (Reino de Polonia, 1473-1543). En sí, sobre el salto del conocimiento humano hacia la comprobación científica; también a la especialización del saber, materializada en el tránsito de polímata a especialista.
Luego, cómo este estudio de las demostraciones matemáticas de Ptolomeo ofició en Galileo como una gramática para sus experimentos y conclusiones, así como en la defensa del heliocentrismo propuesto por Copérnico, provocando una revolución científica junto a los contemporáneos Johannes Kepler y Francis Bacon. De hecho, y para comprobar que en el nombre está la clave, el Almagesto original fue titulado en griego y traducido al latín como Syntaxis Mathematica, es decir, una herramienta para comprender el comportamiento de los astros. De allí que fuera referencia para la navegación nocturna de la humanidad durante mil años, más allá de las primeras brújulas.
Pero la aventura del saber no se detiene, y lo que para Galileo era un desafío para la comprensión del universo por conocer se convertirá en una condena por parte del poder constituido, es decir, la Iglesia católica posmedieval. En términos actuales, fue condenado por la Santa Inquisición tanto a censura como a lo que podemos calificar de “prisión domiciliaria” (todo un precursor), no sin antes retractarse del heliocentrismo que defendía, por contradecir lo sagrado en las escrituras bíblicas.
Y he aquí el ingreso del astrónomo, padre de la ciencia, en la memoria humana; hasta la fecha, al menos antes de que modelos matemáticos de lenguaje contemporáneos impongan una malversación definitiva de la historia, se le adjudica una frase pronunciada al salir sentenciado por los clérigos: “Eppur si muove”, o “Y sin embargo, se mueve”. Tal atribución parece exagerada, incluso cuestionada por historiadores de la ciencia, pero la situación fantástica no deja de ser clave. Como el “Pienso, luego existo”, o el “Ser o no ser, esa es la cuestión”, por dar ejemplos evidentes, el “sin embargo” es el verdadero pasaje del geocentrismo al reconocimiento de la pequeñez fragmentaria de lo humano en el universo.
Como desafío a la filosofía, también implica el nacimiento de un poder en ciernes: el paso de la comprensión a la materialización experimental. De la comprobación del átomo hasta la fisión controlada (armas atómicas), de la revolución de los astros a los viajes espaciales (con el inminente regreso del hombre a la Luna). Pero este descubrimiento de las notas galileanas implica eso mismo, la reafirmación de la nota lateral, del margen como ámbito del pensamiento. Es cuando el hombre, consciente de su saber, arriesga en la elaboración de lo otro, de lo futuro.
Entonces, compelidos por la velocidad contemporánea para la lectura y el conocimiento, con la imposición relativa de supuestas verdades a través de la IA (indigencia artificial más que inteligencia), podemos buscar a Galileo en otros ámbitos, como en la música, más allá de sus experimentos al respecto.
“Thunderbolt and lightning, very, very frightening me/ (Galileo) Galileo, (Galileo) Galileo, Galileo Figaro, magnífico”, enuncia Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, canción del grupo de rock británico Queen, estrenada en 1975. El fraseo es homenaje a lo operístico dentro del tema musical, algo que Mercury apoya en su registro vocal cercano al legendario castrati. Este Galileo coral también forma parte de la cultura humana porque, a partir de septiembre de 2025, Bohemian Rhapsody fue la canción más reproducida del siglo XX en Spotify, superando 2.800 millones de escuchas netas. La evidencia resulta insoslayable: el nombre del padre de la ciencia está globalizado.
Ahora: ¿cómo aparece Galileo allí? Vamos, a modo de homenaje, a una hipótesis marginal. El tema musical aludido surgió en una granja donde Queen se refugió a grabar los temas del disco A Night at the Opera (Una noche en la ópera). “Estaba en la cabeza de Freddie”, recuerda Sir Brian Harold May (n. 1947), guitarrista de la banda, doctor en Astrofísica, quien, podemos suponer, sugirió el nombre de Galileo durante el ensayo de los coros. Todo esto queda entre pares, mientras la verdad perdura y, sin embargo, seguimos leyendo.