El costo de la imprevisibilidad

Sin inversión ni empleo

Mientras la inversión extranjera se desploma en la Argentina y queda muy por debajo de la recibida por otros países de la región, la revolución tecnológica acelera un proceso de automatización que amenaza millones de empleos en todo el mundo. El país necesita abandonar la confrontación ideológica, construir reglas previsibles y convocar a un acuerdo amplio entre empresarios, sindicatos, partidos políticos y otros actores sociales para atraer capitales, generar trabajo y prepararse para una transformación productiva que ya está en marcha y que modificará de raíz la economía, el empleo y la vida cotidiana.

Fuera de servicio. Foto: Pablo Temes

Se equivocaron quienes creían que con aprobar ciertas leyes y alinearse con Trump bastaba para atraer inversiones y generar empleo en la Argentina.

El informe de la Cepal sobre la inversión extranjera directa en América Latina en 2025 ordenó a los países de la región según el volumen de nuevas inversiones privadas realizadas ese año. Brasil encabeza la lista con 77.676 millones de dólares, seguido por México, con 43.221 millones. Ambos países concentraron el 62 % de la inversión en la región. Después aparecen el Chile de Boric, con 14.152 millones, Perú y la Colombia de Petro, con 11.700 millones cada uno.

Argentina ocupa el último lugar, con 3.134 millones de dólares, por debajo de países como Guyana, con 9.700 millones, y Costa Rica y República Dominicana, con 5.800 millones. Lo peor es que en 2024 Argentina había recibido 11.644 millones de dólares: la inversión cayó un 73 % en este año.

Los países que atrajeron más inversión privada están gobernados por la izquierda, pero tienen una política menos estridente que la nuestra.

En vez de dedicarnos a una lucha ideológica inútil, necesitamos líderes capaces de convocar a un diálogo nacional muy amplio que siente las bases de un nuevo sistema pragmático. La tradicional polarización del país, acrecentada por el estilo agresivo de Milei, aleja las inversiones, que no tienen ideología, pero buscan estabilidad. Los inversionistas pueden divertirse con un gobierno que participa en espectáculos organizados por la extrema derecha en el mundo, pero invierten en países previsibles, que respetan las leyes.

Ese diálogo amplio también es urgente por otra razón: el mundo vive una crisis brutal de empleo como consecuencia de la revolución del conocimiento y nuestros países no son inmunes al problema.

Yangshan, en Shanghái, es el puerto de carga más grande del mundo, mueve 50 millones de contenedores al año. Funciona las 24 horas, todos los días del año, en completo silencio y sin iluminación, porque lo operan robots que no necesitan ver. Todo se mueve en vehículos autónomos que se manejan y recargan solos. Las personas que manejan el puerto trabajan en una planta tecnológica situada a 50 kilómetros, conectada mediante una red 5G. El puerto de Chancay, construido por China en Perú, es bastante semejante. No se ve a personas caminando por sus instalaciones: todo se maneja desde un centro de control. Las grúas están automatizadas, al igual que más del 50 % del trabajo. Es el segundo puerto del Perú y su construcción costó casi 4.000 millones de dólares, más que toda la inversión privada recibida por Argentina en 2025.

La automatización avanza. El metro de Riad, en Arabia Saudita, tiene 176 kilómetros de recorrido, seis líneas y 85 estaciones. Se maneja a distancia desde centros computarizados, con trenes autónomos, sin personal humano. En Australia, la minera Río Tinto tiene una red ferroviaria de 1.700 kilómetros, con 200 trenes que transportan mineral desde 16 minas hasta cuatro puertos. Los convoyes pueden medir hasta 2,5 kilómetros y transportar cerca de 28.000 toneladas. Ninguna persona los conduce.

Mercedes-Benz instaló en Pekín la planta de Shunyi, que ocupa 106 hectáreas y produce 150.000 unidades al año de su automóvil eléctrico, el Xiaomi SU7, con un 95 % de robotización. La intervención humana se limita a una sala desde la que los ingenieros supervisan la operación y a la inspección final del acabado. En Alemania, los sindicatos ven con recelo el avance de la robotización: Volkswagen anunció la reducción de 100.000 puestos de trabajo. El desempleo ronda la industria automotriz europea.

La revolución tecnológica lleva a una drástica reducción de personal en el trabajo administrativo, las operaciones comerciales y la producción industrial. También alcanza tareas que parecían protegidas en la gestión de oficinas, la atención al cliente, el comercio, la banca, la contabilidad y la producción gráfica.

En nuestro nuevo libro, Qué diablos nos pasó, que apareció esta semana en la Argentina, analizamos el tema de manera sencilla pero sistemática. La transformación incluye a la inteligencia artificial, la computación cuántica, el internet de las cosas, la impresión 4D y otras tecnologías.

Es inútil intentar detener una revolución impulsada por empresas privadas que compiten e invierten miles de millones de dólares en su carrera. Inevitablemente se acelerará y cambiará tanto la realidad como a nosotros mismos. Lo necio es seguir dedicados a discusiones políticas chatas mientras ocurre un terremoto que acabará con el mundo como lo entendemos.

Es indispensable que los sindicatos, los empresarios, los partidos y otros actores dialoguen para lograr que esta transformación mejore nuestra vida en vez de generar un caos social.

Si las grandes industrias del mundo entraron en crisis por la revolución tecnológica, es absurdo creer que basta con resucitar nuestras viejas fábricas tal como eran. Necesitamos un liderazgo que, en vez de dividir, convoque a un diálogo amplio para evitar una hecatombe.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.