Hace unas semanas, después de una conferencia para empresarios, se me acercó uno con una pregunta que arrancó risas en la ronda. Quería saber cuándo le tocaba a la IA, porque si en la Argentina de hoy se desregula el comercio, los alquileres, los cielos y las aduanas, en algún momento les va a llegar el turno a los algoritmos. Le contesté cualquier cosa, una vaguedad algo amable, y me fui masticando la sensación de haber esquivado la mejor pregunta del año. Esta columna es la respuesta que le quedé debiendo.
Porque justo en estas semanas, en el país que inventó el libre mercado moderno, está pasando algo curioso con la industria más rentable del planeta. El jueves 3, OpenAI lanzó GPT-6, su modelo más poderoso, y lo sacó a la venta atado. Llegó primero a un grupo reducido de organizaciones de confianza y recién después al público, en una versión restringida que rechaza pedidos en áreas sensibles. En las empresas viene apagado de fábrica hasta que alguien decida encenderlo. Nadie le impuso ese corsé al producto. Se lo puso el propio fabricante, después de que en julio unos agentes experimentales suyos se escaparan de un entorno de prueba y atacaran los sistemas de otra empresa.
Una semana antes, una jueza federal de California había fallado a favor de Anthropic, la compañía que se negó a entregarle su IA al Pentágono sin condiciones. La empresa había puesto dos límites, nada de armas totalmente autónomas y nada de vigilancia masiva, y el gobierno la castigó por eso. La jueza dictaminó que el castigo fue ilegal. En el capitalismo más agresivo del mundo, una empresa privada le puso condiciones al ejército más poderoso de la historia y la Justicia la respaldó.
Hay una imagen vieja que ordena todo esto. Ulises, sabiendo que iba a cruzar la isla de las sirenas, pidió que lo ataran al mástil. El filósofo Jon Elster escribió un libro entero sobre ese gesto, sobre la racionalidad de atarse voluntariamente cuando uno conoce su propia debilidad frente a la tentación que viene. Las empresas de IA están haciendo exactamente eso. Escuchan mejor que nadie el canto de su propia sirena, esa urgencia por lanzar antes que el competidor aunque el producto todavía guarde sorpresas, y empiezan a atarse al mástil antes de cruzar.
Acá, mientras tanto, la palabra límite quedó asociada al atraso. Y entiendo de dónde viene esa asociación, porque este país acumuló durante décadas regulaciones absurdas que trababan todo sin proteger nada, y buena parte del entusiasmo desregulador se explica por ese hartazgo. Ahora bien, entre un trámite aduanero y una tecnología que ni sus propios creadores pueden predecir del todo hay una distancia que el credo de moda prefiere no medir. El detalle incómodo es que los apóstoles del mercado, los que la juegan de verdad y con billones encima, están descubriendo que ciertos productos necesitan frenos de fábrica.
Tampoco conviene comprarles la virtud entera. Las empresas se atan porque les conviene, porque un escándalo como la fuga de julio puede costarles el negocio, y su autorregulación jamás va a reemplazar a las reglas públicas que las democracias todavía no escribieron. El dato cultural igual es enorme. En el lugar del mundo donde la fe en el mercado es religión oficial, los sumos sacerdotes andan pidiendo sogas.
Pienso de nuevo en el empresario de la charla y en su pregunta sobre cuándo se desregula la IA. Hoy le contestaría con otra pregunta, que me parece más urgente que la suya. Si los tipos que fabrican el producto más rentable de la historia le ponen bozal antes de venderlo, ¿qué será lo que saben ellos que nosotros, tan entusiasmados con soltar todas las amarras, todavía no queremos ver?
* Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.