A Eurípides, autor de obras imperecederas como Medea y Las Troyanas, entre otras, y uno de los tres grandes poetas trágicos de la antigua Grecia (junto a Sófocles y Esquilo), se le atribuye esta sentencia: “Cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo enloquecen”. El poder no enloquece. Simplemente expone de manera inocultable lo que ya estaba ahí. Lo mismo ocurre con el poder y la corrupción. Siguiendo a Eurípides, el desquicio mental que manifiesta un gobernante ya estaba en él antes de llegar al poder. Por lo tanto, quienes lo eligen no pueden fingir demencia. Son responsables del lugar que le dieron. Y resultan doblemente responsables al ratificarlo.
El eminente neurólogo inglés David Owen estudio el fenómeno en un libro titulado En el poder y en la enfermedad, publicado en 2008 y convertido ya en un clásico ineludible sobre el tema. Owen, que fue rector de la Universidad de Liverpool, ministro de Sanidad (1974-1976), ministro de Asuntos Exteriores (1977-1979) y fundador en 1981 del Partido Socialdemócrata, conoce íntimamente la cuestión, como político y como científico. En su libro inauguró la categoría Síndrome de Hubris para diagnosticar a los gobernantes que se creen destinados mesiánicamente a grandes misiones y caen en la omnipotencia, incapaces de escuchar consejos e impenetrables a las críticas, convirtiendo en enemigos a quienes las emiten. Ese síndrome los priva del contacto con la realidad y los lleva a un progresivo aislamiento. Desatienden aspectos fundamentales de la política y exhiben imprudencia, impulsividad y desenfreno.
Owen y su colega estadounidense Jonathan Davidson, de la universidad de Duke, propusieron en 2009 que el Síndrome de Hubris se reconociera como trastorno psiquiátrico a partir de catorce de sus síntomas, varios de los cuales lo emparientan con el trastorno de personalidad narcisista. Explicaron que se trata de una patología que se profundiza cuando más tiempo quien la padece permanece en el poder, y que para manifestarse requiere de ciertos trastornos de personalidad previos. La Hubris, que en la mitología griega se concibe como pecado de soberbia y desmesura por el cual un humano pretende ir más allá de los dioses, suele ser castigada por estos con la Némesis, venganza divina que puede tomar formas diversas e inesperadas. La locura a la que se habría referido Eurípides bien puede ser una de ellas.
En su libro David Owen advierte que lo que en un principio se manifiesta como megalomanía en quienes padecen este Síndrome, generalmente termina por derivar en paranoia. Y alerta sobre el peligroso rol de asesores, ministros, círculo íntimo y médicos personales que, ante la presencia de los síntomas, eligen el silencio, la complacencia o la adulación, sea por cobardía, por conveniencia o por especulaciones egoístas. La historia es pródiga en los costos trágicos y masivos que las sociedades pagaron por esos silencios.
El mundo parece afectado hoy por una epidemia de Hubris entre sus líderes, sean estos de grandes potencias o de países menos influyentes. Trump, Putin, Netanyahu, Erdogan, hasta hace poco Maduro y Orban, son nombres que saltan de inmediato a la consideración en cuanto se describe este trastorno psíquico. Todos ellos en el plano internacional. Pero en el escenario local no estamos a salvo de este fenómeno y sus consecuencias. Acaso cuando Javier Milei se atribuye roles y misiones divinas, estas son muy ajenas a las intenciones que los dioses tienen hacia él. En Medea, obra cumbre de Eurípides, se escuchan estas palabras: “Sé, en efecto, qué mal pretendo hacer, pero más fuerte que todas mis reflexiones es mi furia, furia que trae sobre los mortales los mayores males”.
* Escritor y periodista.