El fin de la historia “ya” ha sido superado por la propia historia. Pocas cosas quedaron tan viejas como la idea de “fin de la historia”, en el momento en que la historia viró hacia un neo-fascismo, que no es más que el neoliberalismo en su despliegue total, sin límites. Hay que pensar, entonces, a lo neoliberal como el totalitarismo de nuestra época. El antiguo imperio romano conquistaba pueblos a los que no les imponía ni su religión, ni su moneda, ni sus ropas, sólo les imponía su lengua. ¿Poseemos las palabras para describir lo que pasa? ¿Es posible pensar en un lenguaje que irrumpa como acontecimiento? ¿Es este un tiempo propicio para la literatura? Hay algo en la frase sobre la repetición del 18 Brumario que parece haber perdido sentido. Pero la fuerza de ese “ya” es destructiva, es el berrinche de la filosofía. La afirmación del decreto temporal: antes, ahora. Antes, así. Ahora, ya no. La historia se repite dos veces, una vez como tragedia, la otra como farsa. El sobrino por el tío, escribe Marx, como un semiólogo que sospecha que el lenguaje es asunto de familias de palabras, y la familia, asunto de herencias. Benjamin, analizando “El hombre de la multitud” de Poe, escribe: “el sobrino en la ventana es paralítico: no podría seguir a la corriente aún cuando la sintiese sobre su propia persona”. En la época de los flujos ya no es posible el intercambio, ni siquiera el intercambio de roles; la sociedad como gran teatro, la puesta en escena del yo, la personalidad desviada, las máscaras, el sobrino por el tío. Los hombres hacen la historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias que existen y transmite el pasado. En otro lado, en las Tesis, Benjamin recurre a Flaubert para hablar de la tristeza. “Peu de gens devineront combien il a fallu etre triste pour ressusciter Carthague”. Murena en su traducción al castellano deja la cita en francés. Corre el año 1967, y el idioma todavía se llamaba castellano y no español. Todavía no había ocurrido el “ya”.
En El muladar de Job, leído por Hannah Arendt, Bernard Lazare distingue al judío paria del judío parvenu (mi abuela Clara también distinguía entre dos tipos de judíos, el judío pobre y el judío banquero). Atrapado en esa contradicción, el judío (y todas sus sinonimias que me vienen a la cabeza, a lo que significa “judío” para mí: literatura, revolución, deseo, anarquismo) parece un cuerpo extraño a ese otro judío, el judío realmente existente, que además del judío banquero -el hombre de negocios- encarna un tipo de judío hegemónico: el militar genocida. O el judío que, sin ser militar, apoya las matanzas. A veces, incluso son intelectuales. El que apoya no solo lo que pasa allá, sino también lo que padecemos aquí, nosotros. Eso no son mis judíos. Escribe Lazare: “soy judío e ignoro todo lo que se refiere a los judíos. Y no obstante soy un paria y no sé con qué elementos rehacerme una dignidad y una personalidad; es menester que sepa (…) porqué soy odiado, y lo que puedo ser”.