Una metáfora comienza haciendo algo que en cualquier interrogatorio serio la dejaría en pésima posición: afirma una falsedad. El tiempo no roba, la noche no cae, los edificios no miran, una ciudad no duerme, un hombre no es un lobo. Sin embargo, nadie llama a la policía lingüística. La metáfora obtiene una indulgencia que la mentira envidia: puede decir lo que no es verdad porque todos sabemos que está diciendo otra cosa.
La diferencia parece sencilla. El mentiroso necesita que le crean. La metáfora necesita que la entiendan. Uno borra las huellas que separan las palabras de los hechos; la otra las deja a la vista. Cuando alguien dice “tengo un elefante en el pecho”, cualquiera entiende lo que está diciendo. La frase funciona porque fracasa literalmente.
La mentira, en cambio, aspira a pasar por descripción. No quiere interpretación: quiere obediencia. Dice “esto ocurrió”. Por eso la metáfora y la mentira son parientes, pero de esos parientes que se reconocen en una fotografía familiar y después procuran sentarse en mesas separadas. Las dos deforman lo real. Una la exhibe; la otra la disimula.
El problema empieza cuando la metáfora aprende modales de mentiroso. La política, la publicidad y la administración pública conocen bien esa técnica. “Daños colaterales”, “sinceramiento”, “flexibilización”, “limpieza”, “tormenta financiera”: cada época inventa expresiones como un hotel que cambia las sábanas después de un crimen. Se toma algo áspero o intolerable y se lo traslada a un territorio verbal donde parece menos grave. La metáfora, que debía abrir sentidos, empieza a cerrar la puerta.
Entonces aparece Nietzsche. En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral llamó a las verdades una “hueste en movimiento de metáforas”. La fórmula conserva su insolencia: buena parte de aquello que tratamos como natural alguna vez fue una imagen gastada de tanto circular. La pata de la mesa, la boca del río, el cuello de la botella. Nadie ve ya el animal, el cuerpo, la anatomía. La metáfora murió de éxito y pasó a integrar el mobiliario.
A lo mejor la lengua entera está construida sobre esos cadáveres. Una palabra empieza pareciéndose a algo y termina fingiendo que siempre estuvo ahí. El hábito borra la operación. Lo que ayer parecía una imagen, hoy parece una definición. En ese punto metáfora y mentira vuelven a rozarse: ambas dependen de nuestra capacidad para olvidar cómo fueron hechas.
La literatura conoce perfectamente esa zona. Una novela puede contar durante trescientas páginas acontecimientos que jamás ocurrieron y nadie se siente estafado. El lector paga incluso por participar del engaño. Acepta muertos que hablan, ciudades inventadas, recuerdos de personas inexistentes. El novelista miente en cada página, y sin embargo, sería absurdo acusarlo de mentiroso, porque su mentira viene declarada desde la tapa. La ficción es quizá la forma más cortés de falsedad: avisa.
Lo inquietante es lo contrario, cuando el discurso que asegura hablar en nombre de los hechos adopta las libertades de la ficción sin reconocerlas. Ahí la metáfora deja de ser una figura retórica y se transforma en una coartada. Puede convertir un despido en una “reestructuración”, una derrota en una “transición”, una prohibición en un “ordenamiento”. Las palabras barren entonces los restos debajo de la alfombra.
Por eso conviene desconfiar menos de las metáforas extravagantes que de las administrativas. Las primeras muestran las costuras; las segundas ya llegan planchadas. Una comparación delirante obliga a pensar; una expresión demasiado correcta suele querer evitarnos ese trabajo.
La mentira pretende que una falsedad sea tomada por verdad. La metáfora propone algo más raro: que una falsedad produzca una verdad que antes no estaba disponible. Entre una cosa y otra queda apenas una diferencia de intención, de contexto y de buena fe.