Una oposición que necesita ser más papista que el Papa para crecer
En un contexto de hiperideologización libertaria, recuperar la acción humana como productora de consecuencias sobre toda la sociedad resulta una necesidad que puede perderse entre peleas menores de dirigentes.
“Lo que sucede entre dos, entre todos los ‘dos’ que se quiera, como entre vida y muerte, siempre precisa, para mantenerse, de la intervención de algún fantasma.”
Jacques Derrida, Espectros de Marx
“Nadie se atreva a tocar a mi vieja/ Porque mi vieja es lo más grande que hay”
Pappo, “Mi vieja”
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1. En abril de 2017, Francisco les pidió a los miembros de la Acción Católica que “no sean más papistas que el Papa”. Su mensaje era claro: no transformarse en la “aduana” de la institución e intentar popularizarse más, abrirse a nuevas alternativas.
Casi diez años más tarde, la discusión religiosa adquiere otro formato: en un contexto de empobrecimiento de la política –desde la posibilidad que tienen las ideas de afectar los discursos de los dirigentes al particularismo de la personalidad de los candidatos– y de la preocupación por el apocalipsis y la despreocupación por cuestiones como la justicia social, en un contexto en el que la Iglesia se transformó en un eje para pensar la evolución tecnológica, quizás a la oposición le quepa pensar las cosas de manera distinta. Quizás la misión sea tomar aquellas críticas esenciales y transformarlas en discusión pública. En estrategia. En respuestas. Quizás las nuevas canciones tengan algo de canto gregoriano.
2. Un estudio publicado en conjunto entre el Programa Sociedad, Cultura y Religión del CEIL-Conicet y la consultora Management & Fit combina por primera vez la identidad religiosa con las herramientas clásicas de la opinión pública como aprobación presidencial, imagen de dirigentes, expectativas económicas y emociones colectivas. El estudio revela que, en las elecciones generales de octubre, Javier Milei obtuvo su mayor caudal entre los evangélicos (30,9%), mientras que Patricia Bullrich tuvo mejor desempeño entre los católicos (26,7% contra un 18% entre los evangélicos). Sergio Massa fue, en cambio, el candidato más votado entre las personas sin religión (31,3%), aunque también lideró en términos absolutos entre los católicos. El presidente que consulta con un pastor evangélico y con un coach ontológico judío, el que recibió una reprimenda esta semana del obispo Jorge García Cuerva, el que no ha negado un misticismo particular –alejado de las tradiciones y reflexiones habituales de la religión, cuya percepción al respecto es un menjunje de ideas un tanto extravagantes– tiene en la fe una explicación de su voto. Sí, tal como sucede en varios países, especialmente en Brasil, el vínculo entre ultraderechas y sectores del evangelismo genera adhesiones más pasionales que racionales. Sabido es que la pasión es un contenido de lo humano y, por tanto, de lo político. Sin embargo, esa fe que se pide y proclama tiene algo de superstición: el sacrificio de muchos es, según esta concepción, algo de la índole del amuleto, más que una explicación. O una expiación.
3. En su homilía del 9 de Julio, el jefe de la Iglesia argentina, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, brindó algunas claves interpretativas para entender este vínculo. Una de sus lapidarias frases fue: “Los asaltantes también han recorrido los caminos de nuestra historia, robando sueños a los jóvenes, robando posibilidades de progreso a las familias trabajadoras y sustrayendo dignidad a los más frágiles”.
4. Más allá o más acá de las creencias de los candidatos, el progresismo en el mundo tiene hoy a candidatos que no niegan su vínculo con la fe. James Talarico, un candidato demócrata de Texas que puede convertirse en el primer demócrata en ser senador por ese estado en cuarenta años, es actualmente seminarista para convertirse en pastor. Dijo alguna vez que “puede parecer un movimiento de carrera extraño para un político, los consultores de campaña generalmente no les dicen a sus clientes que se conviertan en ministros presbiterianos, pero mi fe es la razón por la que estoy en política. Mientras crecía, mi iglesia me enseñó que el amor debe convertirse en justicia. Mi iglesia me enseñó que la fe debe movernos del santuario a las calles. Mi fe es lo que me llevó a enseñar en el lado oeste de San Antonio, dirigir una organización educativa sin fines de lucro, y postularse para un cargo hace cinco años”. La hipótesis del hagan lío de Francisco, de otra manera.
5. ¿Se trata de religión? Sí y no. En el indispensable stream Los Osos de Grafton, Juan Luis González y Diego Sztulwark entrevistaron a Eduardo Rinesi. Toda la revista es imprescindible y seguramente estas líneas sean un eco lateral de lo conversado en aquel programa (https://bit.ly/4pe7bVv). Más bien, de lo que se trata es de entender que las acciones humanas, las de los políticos, las pasiones, tienen consecuencias.
6. Si el gobierno de los Milei puede entenderse en clave familiar, en la sombra de Hamlet y de Edipo, lo que no puede la oposición de ninguna manera es convertirse en lo mismo. Quienes se enojan ante las particularidades del vínculo entre Javier y Karina y sus efectos anárquicos sobre la gestión deberían tener la misma mirada sobre las peleas entre Cristina Kirchner y su hijo biológico, Máximo, y su hijo político, Axel Kicillof. La riqueza interpretativa que surge de estos vínculos tiene un riesgo: la pobreza conceptual de las propuestas que emergen.
7. El peronismo parece deambular entre dos obras griegas: la Orestíada, la historia del hijo que mata a la madre para cumplir el mandato de la tradición, y Medea, la mujer que mata a su propia progenie sin mandato alguno que la redima. Una vez más, la política debe elegir entre dos palabras también griegas: templanza antes que pasión desmedida. Sophrosyne antes que hubris. Nuevamente la discusión se da en un contexto en el que lo sagrado se cuela por todas partes, pide permiso para opinar. Y los debates deben incluirlo.
8. La tecnóloga Jasmine Sun dice que las próximas discusiones políticas necesitan pensar el rol de la IA. Dijo, en una entrevista en Le Grand Continent: “El populismo de la IA es una visión del mundo en la que la inteligencia artificial ya no se percibe únicamente como una tecnología más, sino como un proyecto político impulsado por una élite y contra el que hay que luchar mediante una amplia alianza popular”. Y agregó: “El populista de la IA no se pregunta realmente si ChatGPT le resulta útil a él personalmente, o si los coches autónomos de Waymo son más seguros que los conductores humanos. La utilidad de la herramienta pasa a un segundo plano ante la disrupción social que representa, y una nueva tecnología se convierte en el germen de una nueva politización”.
9. Nuevamente: ser más papista que el Papa: leer las encíclicas sobre el planeta, la IA. Y recuperar la filosofía, la justicia social y la ética. La del buen samaritano, de la que habló Jorge García Cuerva en su homilía.
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