Leyes

Una preocupación solidaria

Congreso Manifestación por la ley de tierras Foto: Pablo Cuarterolo

El cuerpo todavía existe, y lo humano es posible. 

Esto no es una constatación postapocalíptica, solo la alegría de una evidencia. Me refiero al hecho que nos permite reencontrar la punta del ovillo de nuestra realidad: la gente salió a la calle para frenar la Ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Los cuerpos se hicieron presentes. Los argentinos se manifestaron defendiendo a la Argentina de la ambición extranjerizante, ahuyentando a las polillas que agujerean nuestra trama. Estábamos aletargados sin saber cómo detener la brutalidad de algunos gobernantes, con sus senadores títeres, repartiendo el país al mejor postor. Las prioridades del gobierno ya no parecen ser las de sus votantes. Contradicción flagrante. Si las políticas implementadas por Milei no son representativas de la gente, ¿a quiénes está representando? La ley de tierras es complejísima, tiene muchos capítulos; se echaron atrás con el porcentaje, pero siguen vigentes por lo menos cuatro temas fundamentales. Parece ser una de las estrategias del gobierno, leyes ómnibus; una forma de conceder lo aparentemente primordial, para que pasen otros asuntos menos evidentes, no menos preocupantes. 

El fuego, la tierra y el agua. 

En todo caso, hubo un parate.

En un grupo de WhatsApp de amigas, alguien escribió “¡una buena!”, enseguida nos preguntamos ¿”de quién?” No del gobierno, sin duda. El freno a la ley provino de la gente. Los días previos a la manifestación del jueves ya anunciaron el cambio. Las banderas volvieron a flamear, no por una pelota. En las redes, en las calles, en los ascensores, en los bares. Al fin, a viva voz y por múltiples vías, se manifestaba una preocupación solidaria. Estar juntos defendiendo lo de todos.

La propiedad no necesariamente es lo propio. 

Así como individualismo no equivale a individualidad. 

La individualidad es un derecho y lo propio es un rasgo compartible. 

Los rebeldes de derecha –propensos a las interjecciones, desprovistos de bibliografía histórica– suelen confundirlos. Pero el individualismo los va dejando solos, polillas grises horadando agujeros que ellos mismos labran en el tejido social. El hombre puede ser un animal solitario que se devora a sí mismo, parafraseando Eisejuaz, de Sara Gallardo. Mejor re-unirnos. Como dijo Juana Molina, muy presente en este combate por lo propio -no por la propiedad-, “Esto que quieren hacer es más grande que nuestras diferencias.”

En cenita inolvidable en lo de Luisa Valenzuela, repasando historias de vida y su obra prolífica, me topé con un cuadrito nuevo que recién había colgado en la pared. Palabritas que le regalaron y ella quiso enmarcar: “Mucha vida /Alta lucha”.  ¡Tan Luisa! Vitalidad audaz. 

Mucha vida, la real, la del cuerpo, la humana y poshumana. Mucha lucha, una historia, un futuro. 

Su amigo, Cortázar ya lo había advertido: “Los libros de Luisa Valenzuela son nuestro presente, pero contienen también mucho de nuestro futuro; leerla es participar en una búsqueda de identidad latinoamericana que contiene por adelantado su enriquecimiento, leerla es tocar de lleno nuestra realidad.” 

La comida mereció un brindis, obviamente caña con ruda, mes de la Pachamama, infaltable en lo de Luisa. El primer motivo, la marcha atrás del gobierno, el retiro del capítulo sobre la extranjerización de tierras del proyecto de ley oficial ante la falta de votos en el Senado. El segundo, la reedición del libro de cuentos “Cambio de armas” (Marea), a cincuenta años del Golpe militar. El título es una apuesta provocativa, un desafío al dolor; de lo mejor que se ha escrito rasgando el velo de una época silenciada. Una historia feroz e íntima, víctima y victimario. Para muestra basta un botón, un párrafo del cuento: “Esta mujer es mía y me la quedo y si quiero la salvo y salvarla no quiero, solo tenerla para mí hasta sus últimas consecuencias. Por ella dejo las condecoraciones y entorchados en la puerta, me desgarro las vestiduras, me desnudo y disuelvo, y solo yo puedo apretarla. Y disolverla”. Sumo un comentario de Carlos Fuentes: “El origen de las ficciones de Valenzuela es la realidad más inmediata y palpable de la Argentina durante su época más oscura.”

La noche se prolongó entre perros, loros parlanchines que se mataban de risa, los payasos sagrados de su fabulosa colección de máscaras, libros, viajes, siempre con humor y preocupación por el presente. Actual y comprometida. 

La despedida fue musical, nos hizo escuchar otra de sus noches, cuando Carina Carriqueo cantó a capela en su jardín un tema dedicado a las araucarias. 

¡Qué distancia hay a veces entre lo físico y lo virtual, entre lo cotidiano y la política!

Mucha vida, mucha lucha.