Vivir en un huevo
Siempre hubo un atractivo extra en la figura del intelectual o el artista que, además de hacer su trabajo, vivió. Pero ya no corre batirse a duelo como Mansilla, boxear a puño limpio como Hemingway, reventar por una venérea como Maupassant, casarse ocho veces como Liz Taylor, matar a un tipo por una deuda de juego como Caravaggio ni terminar muerto en una playa tras una paliza como Pasolini. En la era digital, a los intelectuales y artistas más bien les toca ser tachados de no pisar la calle, de no embarrarse, de vivir en un huevo. Omitiendo que las condiciones ofrecidas por la coyuntura son equivalentes en algunos sentidos para todos, porque la percepción de lo real se hiperfragmentó se toque o no la vereda, se los condena por hablar, haciendo más blanco en el lugar de enunciación que en el enunciado, cuyo aporte concreto es lo único que debería analizarse.
Cuando éramos adolescentes, mi primo pasaba de cosas como teñirse de platinado e ir a fiestas electrónicas a dejarse la barba y usar remeras del Che. Después se convirtió en lo que se espera en una familia como la nuestra, un profesional en pareja con una profesional. Es defensor del darwinismo tecnológico: los daños tanto en términos ecológicos, como cognitivos, sociales etc, deben ser aceptados por su inevitabilidad. La clave es formarse (en su esquema no entran los que no tienen posibilidades de hacerlo) para someter a la tecnología no mediante regulaciones retrógradas sino por capacidad de supervivencia. Si alguien la queda, problema de él. De haber nacido en el siglo XVIII, sería fan de Jeremy Bentham. A su manera de ver, en el fondo todos estamos o estaremos de acuerdo con sus ideas. Frente a mis objeciones hace caso omiso debilitando mi voluntad de argumentar. Compenso la renuncia tratando de sentirme secretamente superior, con más conexión con lo social, más ojo para captar al prójimo, más calle y más barro.
Pero hace un tiempo en Pilates tuve que admitir la verdad. Una compañera con la que solo había hablado de estiramientos a quien, a simple vista, juzgué como una mujer con la que podría entenderme muy bien, soltó en medio de la clase que su novio tiene nueve hermanos. “¿Es del Opus Day?”, pregunté. “No, cerca, de Paraguay”, respondió, abriendo un abismo en nuestra comunicación.
Al igual que a varios intelectuales de redes, tecnócratas tipo mi primo, adolescentes sin principios y quizás al igual que a casi todo el mundo –porque hay huevos para pobres, casi pobres, ricos, viejos y jóvenes– cada vez me cuesta más precisar qué hay detrás de la cáscara.
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