COLUMNISTAS
Aniversarios

Lejanías y cercanías

Nos han dado letra para seguir siendo argentinos por varios siglos. Me refiero a dos escritores que poblaron de personajes nuestro imaginario, y renovaron las formas de contar una historia. Sus libros están plagados de palabritas nuestras, el lunfardo es una fiesta, reconocemos costumbres, urbanas, rurales, del arrabal, toda una mitología. Y resulta que ninguno de los dos está enterrado en la Argentina.

Borges y Cortázar, uno en Ginebra, el otro en París. Cortázar en Montparnasse, su sueño eterno interceptado por los trenes; Borges en el cementerio des Rois, rodeado de margaritas y frutillas silvestres.

Hace unos años (creó que en el 2006), a este último, le llegó una nueva vecina de tumba, Grisélidis Réal, “escritora y prostituta” (así dice su lápida), unos tres metros detrás del autor de El Aleph. Si trazamos una línea diagonal entre los dos y seguimos cuatro metros hacia la derecha, hallamos la tumba del teólogo del siglo XVI, Jean Calvin. Triángulo dispuesto por la imaginación del azar: fe, razón y lujuria. Contemplé la extraña cercanía sentada en un césped bastante crecido .

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En este cementerio –verdadero parque situado en el medio de la ciudad– los niños corretean, unos cuantos vienen con sus viandas a almorzar, otros se recuestan a leer sobre los bancos; prácticamente no hay cruces, más bien piedras labradas.

Me entristece pensar que tan pocos argentinos conozcan la tumba de Borges cuya lápida es un mensaje cifrado de amor e intrepidez. De un lado, “Y no temerán”, del poema épico, en inglés antiguo, “La balada de Maldon”; del otro, abajo, casi escondida, la dedicatoria, “De Ulrica a Javier Otárola”.

¿No es maravilloso? Ulrica es el nombre de un cuento de Borges, Ulrica es la muchacha protagonista del cuento. Conoce a un hombre llamado Javier Otárola, y se establece una complicidad literaria, pasional, de una noche y para siempre.

Leo los nombres de los personajes, pensando obviamente en Borges y María Kodama, pero también en la fuerza de una literatura que permanece tallada en la piedra. Me apoyo como si fuera el respaldo de la eternidad. Sigo lamentando la lejanía de esta lápida, pequeño monumento que podría albergar a unos cuantos meditabundos argentinos. Me quedo un rato entre las margaritas y aprovecho para escribir algunas líneas; en pocos días se celebra en Ginebra la conmemoración del 40º Aniversario de su muerte, precisamente en la ciudad donde Borges vivió de joven y volvió a morir.

De repente, como si fuera un fantasma, se me apareció “La otra”: yo misma mucho tiempo atrás. No sabía si prestar atención a esa chiquilla que andaba descalza recogiendo algunas frutillas, o desentenderme de ella por el temor al parecido. Recordé entonces el relato que probablemente causó dicho encuentro: “El otro”, un cuento de Borges en el que siendo adulto, se topa azarosamente con el Borges adolescente que vivió en Ginebra durante la Primera Guerra Mundial. Los separa la Segunda Guerra Mundial, unos cuantos acontecimientos y libros. El joven Borges, de 18 años, todavía no escribió ninguno, y el mayor renueva la nostalgia por una ciudad en tinieblas (ahora ya es completamente ciego). Se hablan durante un rato, sin tocarse, en un parque atemporal. Hasta que finalmente el menor, desafiando la extrañeza, le pregunta al Borges maduro: “Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de su edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?” Y el otro le contesta con simpleza: “Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo”.

Es un cuento que todas las personas podrían contarse a sí mismas. ¿O acaso no dialogamos con quien alguna vez fuimos sin darnos cuenta?

Más allá de la intimidad del recuerdo y la evocación del cuento, me cuesta imaginar este tipo de encuentros en el futuro.

La estructura de “El otro” me lleva a pensar en la fractura de la humanidad. Salto cuántico de un paradigma olímpico. ¿Cómo se evocará la historia una vez que la era digital abandone las cualidades analógicas del mundo? ¿Será posible enumerar todos los actos, calcular los deseos, desempañar las dudas?

Apoyo las manos en la tierra, la humedad me tranquiliza. También las margaritas. Y entonces viene otro cuento a darme letra para que pueda levantarme del suelo, “Funes, el memorioso”. Precisamente el momento en que Funes le otorga nombre a los números, recuperando algo de lo “nombrable” frente a la acumulación de datos (recuerdos vacíos); al siete mil trece lo llama Máximo Pérez y al siete mil catorce, Ferrocarril.

Las palabras aún están, y siguen determinando extrañas apariciones.

Al salir del cementerio, vi que “la otra” seguía metiéndose frutillas en los bolsillos. Casi la invito al homenaje a Borges, pero me pareció demasiado joven.