La promesa rota detrás del título universitario
El diploma sigue abriendo puertas, pero ya no puede garantizar estabilidad futura. El último relevamiento de FEPUC expone cómo cambió la vida de los profesionales cordobeses: pluriempleo, jornadas extensas, menor capacidad de ahorro y problemas para sostener la independencia. En dos años se duplicó la proporción de quienes perdieron al menos una fuente de ingresos.
Durante décadas, estudiar una carrera en la Argentina fue algo más que elegir una profesión. Para amplios sectores medios funcionó, al menos en el imaginario social, como una promesa concreta: bancarse años de cursado, apuntes y finales tenía su recompensa en un trabajo estable, un ingreso que alcanzara para armar la vida propia y, con el tiempo, cierto reparo frente a la intemperie y chances de progresar.
Esa promesa no se extinguió, pero muestra fisuras difíciles de disimular. El décimo Estudio Anual sobre Condiciones Laborales de Profesionales de Córdoba —que el Observatorio de la Federación de Entidades Profesionales Universitarias de Córdoba (FEPUC) hizo sobre 3.336 profesionales de toda la provincia y publicó el lunes pasado— deja una foto incómoda. El 91,7% trabaja y apenas el 2,7% está desocupado y buscando empleo. Hasta ahí, todo bien. El detalle asoma más abajo: el 18,6% perdió en el último año al menos un trabajo o una fuente de ingresos. Dos años atrás ese porcentaje era del 9,4%: se duplicó.
El dato obliga a mirar más allá de la vieja frontera entre tener trabajo y no tenerlo. Hoy la fragilidad no siempre tiene la cara de quien pierde el puesto y queda afuera del mercado. También puede ser el profesional que conserva actividad, pero se quedó sin clientes; el que combina un empleo formal con trabajo por cuenta propia; o el que suma una segunda ocupación para que los números cierren.
Cristian Canziani, consultor del Observatorio de FEPUC y coautor del estudio, advierte que la precarización profesional no se limita al trabajo informal: también es inestabilidad, ingresos insuficientes, pluriempleo y dificultades para acceder a derechos laborales. Señala, además, un rasgo menos visible: muchas de esas situaciones se procesan como experiencias individuales de esfuerzo, adaptación o “derecho de piso”, cuando los datos revelan una transformación estructural.
Hay ahí también una cuestión de identidad, según Canziani. La autonomía y la formación especializada ubicaron al profesional en un lugar simbólicamente distinto al del resto de los trabajadores, una representación que persiste, aunque conviva con monotributos que encubren dependencia, jornadas extendidas e ingresos inestables. “Las trayectorias profesionales son cada vez más fragmentadas e inestables”, resume. Lo excepcional empieza a parecerse demasiado a la regla.
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El relevamiento de FEPUC pone números a ese diagnóstico. El 44% tiene más de un empleo y casi cuatro de cada diez trabajan diez horas diarias o más (en 2019, esa proporción era del 27%). El 47% ejerce exclusivamente por cuenta propia y otro 20% mezcla esa modalidad con una relación de dependencia. Sólo el 19% trabaja únicamente como asalariado, cuando en 2017 ese grupo llegaba al 36%. Y un 11% factura como monotributista aunque, en los hechos, sostenga una relación de dependencia encubierta.
Los ingresos tampoco explican todo. La mediana declarada —el valor que parte al conjunto en dos mitades— fue de $2.000.300 mensuales y el promedio trepó a $2.683.317. Ambos crecieron por encima de la inflación interanual que toma el estudio. Sin embargo, el 55% no logró ahorrar durante el último año y el 36% reconoció que le cuesta llegar a fin de mes. Entre quienes cobran hasta $1,5 millones —el 30% de la muestra— casi la mitad tiene menos de 40 años.
Vida propia
El cuadro se entiende mejor cruzando esos números con lo que cuesta vivir solo en Córdoba. En septiembre, un departamento de un dormitorio tiene una mediana de alquiler de $650.000 en la ciudad, según un relevamiento de Proppies.app sobre más de 15 mil avisos. Un monoambiente ronda los $475.000: casi un cuarto de la mediana de ingresos declarada por FEPUC, antes de sumar expensas, servicios, transporte y comida.
Tampoco es que falten propiedades. El último monitor del Colegio Profesional de Inmobiliarios de Córdoba registró una oferta de viviendas en alquiler 96,5% superior al promedio de fines de 2023, y la vacancia habitacional subió del 3,7% al 5,5% en un año. Aun así, independizarse sigue exigiendo una tajada enorme del ingreso.
La cuenta no termina en la vivienda. El Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE) del Centro de Almaceneros de Córdoba calculó para agosto una Canasta Básica Total de $2.034.194 para una familia tipo. Esa cifra es casi idéntica a la mediana de ingresos relevada por FEPUC. Es cierto que no son magnitudes equivalentes —una mide lo que necesita un hogar completo; la otra, lo que gana una sola persona—, pero la cercanía golpea. Por eso no sorprende que casi nueve de cada diez hogares recurrieran a algún financiamiento para comprar alimentos y que el 28% pidiera plata prestada el último mes.
En definitiva, para sostener cierto nivel de vida ya no alcanza con tener trabajo. Hay que sumar horas, clientes o changas. Tampoco alcanza con mejorar los ingresos si la caída de una fuente desarma el presupuesto en semanas.
Dudas
Hay otras señales, aunque menos medibles, de cómo se vive esa transformación. En los foros virtuales donde los cordobeses hablan sin filtro se repiten preguntas como cuánto hay que ganar para independizarse, qué carrera ofrece todavía una salida razonable, si vale la pena mudarse a Capital para conseguir empleo, o si tiene sentido invertir cinco o seis años en una formación expuesta a cambios tecnológicos acelerados.
La búsqueda de respuestas quedó plasmada a comienzos de este mes, cuando más de 180 mil personas —en su enorme mayoría jóvenes y adolescentes— pasaron durante tres jornadas por la Muestra de Carreras de la UNC. Fueron 60 mil más que en la edición anterior, lo que habla de un interés que está lejos de apagarse. Eso sí: la pregunta vocacional ya no se agota en qué carrera elegir, sino que también incluye qué trabajo habrá después, cómo será ejercerlo y cuánto puede cambiar durante los años que separan el ingreso de la graduación.
El interés por hacerse de las herramientas para sobrevivir a un mercado que cambia todo el tiempo también persiste entre los egresados universitarios. El propio estudio de FEPUC muestra que ocho de cada diez hicieron cursos o posgrados y que el 46% alcanzó especialización, maestría o doctorado.
Lo que sí cambió es la relación entre formación y seguridad económica. El título sigue abriendo puertas, pero ya no funciona con la misma fuerza como garantía de estabilidad. Y, para una provincia como Córdoba, atravesada por universidades y con una larga tradición de movilidad social ligada a la formación, la discusión no pasa únicamente por cuánto gana un arquitecto, una psicóloga, un abogado o una médica, sino por algo más profundo: qué queda de aquella promesa, según la cual estudiar no solo servía para ejercer una profesión, sino también para ordenar un proyecto de vida.
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