A 30 años de la muerte de Tato Bores, el humorista que explicó la crisis argentina antes que nadie
La ausencia de su teléfono negro todavía resuena, a tres décadas de su adiós, en una Argentina atrapada en sus propios guiones. A través de su mirada, el humor se volvió espejo de una ruina que aprendimos a reír mientras el mundo miraba sin entender.
El domingo por la noche en la Argentina solía tener un sonido de ametralladora. No era violencia, era el no tan conocido como Mauricio Borensztein frente a una cámara, desafiando las leyes de la física y de la política con una verborragia que parecía querer ganarle de mano a la próxima crisis. Hoy, a 30 años de aquel 11 de enero en que el "Actor Cómico de la Nación" decidió hacer silencio, sus palabras no suenan a nostalgia; suenan a una profecía que no deja de cumplirse.
Sin embargo, Tato no era un humorista de chistes; era un coreógrafo del caos. La puesta en escena era siempre la misma y, a la vez, siempre nueva: el frac, el habano, el peluquín levemente torcido y ese teléfono que conectaba directamente con la quinta de Olivos o con el despacho de algún ministro de economía de turno.
Allí, en sus crónicas televisivas, el país no era una nación, sino un "laboratorio de pruebas" donde se ensayaban todas las formas posibles de la decepción. Tato lograba que el espectador se sintiera un cómplice inteligente. Al llamarnos "boludos" nos otorgaba una ciudadanía compartida en un territorio donde el sentido común era el bien más escaso.
Construyó un personaje inconfundible: frac, peluca, anteojos de marco grueso y habano
El episodio Servini
Si hay una imagen que define la potencia de Bores es la del 10 de mayo de 1992. No fue un monólogo tradicional, fue una rebelión cultural. Ante el intento de la jueza Servini de Cubría de aplicar la censura previa, Tato no respondió con un editorial solemne, sino con el absurdo. Esa noche, la televisión argentina alcanzó su mayoría de edad.
Ver a las mentes más brillantes del país —desde músicos hasta periodistas— cantando una canción infantil para ridiculizar un bozal legal, fue la prueba de que el humor de Tato era el último dique de contención contra el autoritarismo. Fue el momento en que entendimos que, si nos quitaban la risa, ya no nos quedaba nada.
El "loop" infinito de la economía
Lo más escalofriante de revisar sus cintas tres décadas después es la vigencia de sus cifras. El dólar, la deuda externa, la inflación y la "bicicleta financiera" eran sus villanos recurrentes. Tato explicaba la macroeconomía con una servilleta y una copa de champán, logrando que el ciudadano entendiera por qué su sueldo se evaporaba antes de llegar al bolsillo.
Hoy, sus guiones —escritos por plumas brillantes como las de Santiago Varela o sus propios hijos— podrían ser leídos en cualquier noticiero actual. Esa es la tragedia de Bores: su genio consistió en retratar un país que, en treinta años, solo ha cambiado la marca de los teléfonos y el color de los billetes, pero no la esencia de sus dramas.
El silencio del domingo
Cuando Tato murió en 1996, se llevó consigo una forma de hacer televisión que requería tiempo, lectura y una acidez que hoy parece diluida en el griterío de las redes sociales. Ya no hay nadie que nos explique el abismo con esa elegancia.
Las cinco recomendaciones culturales de la semana: inauguraciones, teatro, poesía y cine
El "vermut con papas fritas" ya no es una invitación al cierre del programa, sino el recuerdo de una Argentina que, al menos por una hora a la semana, podía reírse de sus propias desgracias para no tener que llorarlas. A 30 años de su partida, Tato Bores sigue siendo el único periodista que nos dice la verdad, aunque lo haga desde el archivo.
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