El lado B de los escritores
Nancy Giampaolo y Daniel Guebel reúnen en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a preguntar relatos, recuerdos, indiscreciones, juicios y desvíos en los que escritores argentinos hablan de otros escritores. Borges, Aira, Puig, Wilcock, Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo, Pezzoni, Viñas, Chitarroni, Caparrós, Pauls y muchas otras figuras aparecen bajo la luz cambiante de la memoria ajena, donde la admiración puede confundirse con la malicia, el homenaje con el ajuste de cuentas y el recuerdo con la invención. El resultado es una peculiar historia oral y lateral de la literatura argentina, construida con encuentros, gestos, frases, rivalidades y pequeñas escenas que sobreviven a quienes las protagonizaron.
Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a preguntar. Volumen 1 (Interzona, agosto 2026), cuenta con la compilación y prólogo de Nancy Giampaolo y Daniel Guebel, columnistas de Perfil Diario.
Estamos ante un libro de escritores sobre escritores que, según los mencionados, instala la noción de inmortalidad provisoria porque “cada libro de cada autor va cargando en la memoria de los colegas-lectores y de los lectores no escritores un peso a la vez específico y variable bajo la figura de un relato, cualquiera sea: el nombre de un escritor, al ser dicho, ya es un relato por sí mismo, porque arrastra lo que se viene, un sistema de relaciones. La serie de nombradías determina a la corta o a la larga su fama, y en algún momento los escritores, que viven pensando en lo que escriben, dándose cuenta o no están trabajando para convertirse en objeto de esa narración ajena, y esa (incluida la que proporciona su obra, siempre dudosa) es la única inmortalidad a la que pueden aspirar. Donde ya no hay cuerpo, hay epitafio, que es lo que dura. El epitafio en vida es el relato. Y el relato ajeno es la segunda obra que los escritores escriben, deliberada o involuntariamente, ofreciéndose para que otros se ocupen de esa construcción que ellos mismos iniciaron.”
El anecdotario cuenta con narraciones de (por orden de aparición, para no herir reflejos fotográficos): Paula Pérez Alonso, Ariel Magnus, Matias Alinovi, Esther Cross, Rodrigo Fresán, Luis Gusmán, Luisa Valenzuela, Alejandra Laurencich, Guillermo Saavedra, Claudia Melnik, Ana María Shua, Guillermo Piro, Angel Faretta, Gonzalo Garcés, Sergio Bizzio, Daniel Link, Damián Tabarovsky, Mariano Quirós, Luis Sagasti, Elsa Drucaroff. Daniel Molina, Alejandra Zina y María Gainza.
Con varios aportes de algunos, textos extensos de otros, se generan tensiones verosímiles (e imaginarias) en torno a figuras como Tomás Abraham, Enrique Pezzoni, César Aira, Héctor Bianciotti, Juan Rodolfo Wilcock, Adolfo Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, David Viñas, Luis Chitarroni, Martín Caparrós, Alan Pauls, Manuel Puig, Arturo Carrera, y muchas otras sombras haciendo su juego de evasión. Para conocer la lista completa se debe leer el libro, algo muy simple, agradable y pertinente.
Pero a este pequeño universo de relaciones, del que a continuación reproducimos algunas instancias, podemos adjudicar cierta apreciación crítica: cada uno de los que narra a su vez se describe a sí mismo, multiplicando el efecto de resonancia. A su vez, cabe la mención de la inaudita anécdota de cuando a Eduard Limónov le consultan respecto al libro sobre su vida, el de Emmanuel Carrère publicado en 2011. Limónov, el peligroso escritor ruso –al menos para Putin, que ya de por sí siempre fue más que peligroso– contesta: “Ah, Carrère, ese francés que escribió un libro sobre mí para hablar de él”.
Queda al lector encontrar esas gemas en estos textos compilados con delicada estrategia; quién dice de quién, con qué intención, también la forma en los detalles, cuál es el eje temático, si es una exageración o una falla de la memoria. Al fin y al cabo, nadie piensa que la posteridad sea perfecta, algo razonable, porque la misma no contará con nuestra presencia…
Cockwill y Bianco viajan en crucero
Matías Alinovi
Héctor Bianciotti nos contó en París la anécdota siguiente. Cuando vino de Córdoba a Buenos Aires, a finales de los años cuarenta, llegó a formar parte de la cohorte de escritores homosexuales en torno a Silvina Ocampo. No lo dijo así, desde luego, pero dijo que odiaba el pueblo en el que había nacido; que había huido y se había refugiado en el seminario de Moreno, donde se le había permitido introducir libros franceses con la condición expresa de que no los hiciera circular; que había huido también del seminario y que había logrado que lo aceptaran en el teatro de la mejor sociedad; que dos o tres veces por semana cenaba entonces en casa de Bioy y de Silvina, que era loca, loca y divertida; que el departamento estaba tan venido a menos que ella cerraba las puertas de las habitaciones y las declaraba clausuradas para siempre; y dijo, sobre todo, que después de cenar Silvina les daba dulce de leche en la boca, con una cuchara. Y cuando actuó para nosotros el gesto de los ojos entrecerrados, los párpados trémulos y el rostro como una máscara hacia arriba, en la oquedad perturbadora de una boca tan en falta, tan abierta y anhelante hacia la cuchara que Silvina seguía sosteniendo muy visiblemente por encima del nivel promedio de los ojos generales, brillantes de risa por la sumisión festiva de los turnos, en esa subversión de los valores de los ingentes padres putativos que es el norte magnético de las acciones grupales desviadas, cuando, en definitiva, en vez de decir actuó –y cerró la evocación del episodio con la interjección am, que señalaba el cierre paralelo de la boca–, nosotros entendimos. Entendimos la cohorte. Y él pudo seguir adelante con el aspecto más formal de la anécdota, y decirnos, en primer lugar, que en esas tertulias había conocido a Juan Rodolfo Wilcock. Y que una noche en la que él, Héctor Bianciotti, estaba particularmente desesperado, salió a caminar sin rumbo y se sentó en un banco de la plaza San Martín en el que muy pronto vino a sentarse Wilcock. Unas horas antes habían compartido la velada en casa de Silvina, pero no evocaron la coincidencia, ni hablaron de la desesperación. Operó, más bien, un implícito cortesano, y Wilcock le preguntó qué hacía todavía ahí, en Buenos Aires. ¿Qué hace usted acá, hombre?, insistió. Usted tiene que viajar a Europa. Siguieron noticias que, en su precisión, parecían inapelables. Wilcock le dijo que en un mes, exactamente, un transatlántico partiría hacia el puerto de Ostia. Que la travesía duraba veintisiete días, que los camarotes eran individuales, que los pasajes se compraban en una agencia de la galería Güemes. Cuando se separaron, hacia las tres de la mañana, Bianciotti no pensaba más que en viajar. Y como si se estableciera un tácito acuerdo general que quisiera confirmarlo en la rigurosa necesidad cósmica del viaje, desde entonces, según él, el mundo se organizó para que viajara: algunos conocidos que representaban una obra de Molière acordaron que se le consignaran las dos mejores recaudaciones del mes, alguien más ayudó a agilizar el trámite del pasaporte y Silvina aportó unos francos que guardaba desde la época de su estadía artística en Europa. Un mes más tarde, efectivamente, Héctor Bianciotti abordó el transatlántico, pero el primer día de navegación le deparaba una sorpresa: Juan Rodolfo Wilcock estaba entre los pasajeros. Los dos contertulios fingieron no reconocerse, y los días que siguieron quedaron teñidos de una intriga molesta y rumiadora para Bianciotti. ¿Por qué Wilcock no le había dicho que él también viajaría? ¿Por qué lo evitaba? ¿Por qué fingía no conocerlo? La intriga se volvió ridícula.
Llegó a ocurrir que los dos hombres se observaran de una mesa a otra del comedor durante el almuerzo y la cena impostando indiferencia. Unos quince años después, cuando Bianciotti ya estaba instalado en París y trabajaba como editor de Gallimard, debió escribirle a Wilcock, a instancias de la editorial, para traducir y publicar algunos libros suyos. No hubo acuerdo, pero lo cierto es que durante el intercambio epistolar la farsa volvió a repetirse: se trataba de desconocerse para siempre. Hasta allí la anécdota que nos contó Héctor Bianciotti en París. Con el tiempo pensé que lo mejor del relato era el encuentro en la Plaza San Martín: en ese momento Wilcock parece conocer mejor a Bianciotti de lo que él mismo se conocía por entonces. Pensé también en escribir un cuento que aprovechara ese aparente desdoblamiento partiendo de la misma escena: un escritor se encuentra con otro, al que le recomienda viajar. Viajan ambos. Durante el viaje fingen no reconocerse. Finalmente, uno de los dos muere en alta mar, pero hay un solo cadáver, porque siempre hubo un solo escritor. No sólo pensé en escribir el cuento: lo escribí, lo imprimí y se lo di a Bianciotti. Un mes más tarde me llamó por teléfono para decirme que lo había leído. Por entonces ya había empezado a olvidarse de las cosas. Me dijo que se reconocía en el personaje de Bianco, desde luego, pero que no sabía quién era el otro personaje, Cockwill. Con la incomodidad de revelarle algo evidente le dije que era Juan Rodolfo Wilcock, el escritor argentino que había viajado con él desde Buenos Aires. Me dijo que no lo conocía.
A la altura de Bioy
Rodrigo Fresán
Era un gran anfitrión. Sobre todo si llegabas bien acompañado. Y era un gran conversador. No sólo sobre literatura. Ahora que lo pienso y lo recuerdo, no hablaba mucho de lo suyo. Eso sí, parecía saberlo todo sobre los demás y lo de los demás; pero lo manifestaba con elegancia. En lo personal, y para mí fue un gran elogio, fue el único entre mis lectores que se dio cuenta de que él mismo era el narrador del primer relato de La velocidad de las cosas. Una vez fui a entrevistarlo junto con Fito Páez y la conversación tuvo tramos antológicos, como cuando Bioy se demoró en preguntarse y responderse acerca de si los fantasmas se cepillaban los dientes. Lo visité más seguido en sus últimos tiempos y me acuerdo mucho de una vez en la que, temblando, me dijo que le daba mucho miedo morirse porque “es algo que nunca estuvo en mis planes”. Lo vi por última vez –fui a visitarlo luego al hospital donde falleció, pero no admitían visitas– poco antes de morirse. Tuve la previsión de ir acompañado de Ana, con quien me casaría a la brevedad en México (y quien no dudó en comentarme que si Bioy tuviese unos pocos años menos se fugaba a donde fuera con él y sin pensarlo demasiado) y el hombre estaba exultante (le preguntó por Elena Garro) y hasta jugueteó con la idea de viajar a Guadalajara y ser nuestro padrino de boda. Pero no pudo ser, está claro. Bioy –y Stanley Kubrick– murieron durante mi luna de miel. Dos de mis ídolos máximos. Mal signo, pensé. Pero aquí estamos todavía, con Ana, juntos, toco madera. Meses antes, durante mi última visita a su departamento de la calle Posadas, Bioy ya estaba en silla de ruedas. Y, en el momento de la despedida, insistió, como caballero que era, en acompañarnos hasta la puerta. Ana se ofreció a empujársela; pero yo le dije en voz baja que, como había una enfermera, tal vez no convenía entrometerse en el protocolo establecido para estas cosas. A lo que Bioy, que tenía un oído privilegiado, volteándose en la silla, lanzándome una mirada fulminante a mí y una sonrisa encandiladora a Ana, comentó: “Fresán, a esta altura de mi vida lo único que puede concederme su futura esposa es el empujarme la silla de ruedas. No me prive también de eso”.
Dar la espalda
Luis Gusmán
Fui a la casa de Borges en Adrogué, invitado por Cristian Batista a presentar su libro. Llevé, casi como un exvoto, una foto donde estamos con Borges conversando sobre literatura, los dos riéndonos. Alguna vez en una entrevista me preguntaron de qué estaríamos hablando que nos reíamos tanto. En el jardín de la casa de Adrogué hay una escultura de Borges. El chiste me lo hizo una persona que trabaja en ese lugar, que me dijo con tono irónico: “¿Sabe a quién le está dando la espalda?”. No, le respondí. Entonces, agregó la moraleja: “A una sede de la Unidad Básica Justicialista”. Le contesté: “¿Y si a la noche prueban dar vuelta la escultura?”. El hombre, cual sombra borgeana, respondió: “¿Y si se vuelve a dar vuelta solo?”. Es posible que hasta el mismo Borges se hubiese reído de la respuesta.
Recuerdos de Borges
Luisa Valenzuela
(…) Eran sus tiempos de Georgie, “un escritor para escritores”, cuando frecuentaba las informales tertulias literarias en mi casa materna. Y debatían con Sábato sobre “el arte por el arte o el arte con mensaje”. En aquel entonces era yo una nena rebelde pero meterete, ávida de conocimiento. Muy temprano me colé en sus conferencias, y aun hoy recuerdo a sus colegas temblando cuando Georgie trastabillaba en busca de una palabra que por fin resultaba la palabra exacta, insustituible. Y había mucho más. Con mi madre, Luisa Mercedes Levinson (Lisa), salían a hacer estrambóticos paseos por los puentes de Constitución que a Georgie le fascinaban, y volvían muertos de risa. Compartían conmigo sus hallazgos “poéticos”. Yo me abochornaba: “En el medio de la plaza/del pueblo de Pehuajó/ hay un letrero que dice/la puta que te parió”. “En el barrio de Belgrano/ pero un poco más abajo/hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo”. Éste último temo que haya sido el aporte de Lisa. A mis sobrios 11 años me parecían de un infantilismo absoluto. Nada menos que el poeta del impecable oído, el que se añadió el Luis para no llamarse simplemente Jorge Borges que suena tan duro… Me lo contó en algún momento cuando decidí renunciar a mi sobrenombre y aceptar mi nombre que me resultaba ajeno. Pero eso fue mucho después. A principios de los años 50. Georgie y Lisa, mi señora madre, se enclaustraban en el comedor de la casa a escribir un cuento en colaboración. Y reían, reían. Quizá por culpa de ellos creí que la risa estaba en el corazón de la escritura, al punto que acabé siendo escritora a pesar de haber sido entonces la voz de la sensatez.
El cuento, de amor desplazado, se solazaba en el mal gusto del narrador, joven arquitecto que incluía la propuesta de un parque inconcebible. Al concluir una sesión de escritura Georgie se jactaba: “Hoy trabajamos mucho, hemos completado una línea”. O, muertos de risa, me consultaban dislates, como la idea de proponer esculturas de bustos ecuestres. Todo me parecía demasiado loco pero ellos no se arredraron. El resultado final resultó ser el cuento en colaboración “La hermana de Eloísa”, y allí se lee: “No juraría que se habló de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay, pero nada era imposible esa tarde”.
El irónico cuento dio título a un libro publicado en 1955, año en que Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Ciego y todo, el nombramiento resultó ser la concreción de un largo sueño: pasearse entre anaqueles y anaqueles colmados de libros al alcance de su mano para acariciarlos, olerlos. Hasta que un día, espantado, contó que en la Biblioteca había ratones. Mi madre no vaciló un instante y le mandó un ejemplar aguerrido de su abundante tropa gatuna. Rebautizado Azurbanipal por eso de la Biblioteca de Alejandría, el cazarratones se sintió a sus anchas hasta que cierta tarde se vio atrapado en un vericueto de la gigantesca claraboya y sus desesperados maullidos retumbaban en todo el salón de lectura. Borges se desesperó a su vez y mi madre no sabía cómo disculparse. Hasta que la fiera fue rescatada y Georgie, feliz, tranquilizó a Lisa confesándole que siempre había soñado con llamar a los bomberos.
La trampa de Macedonio
Guillermo Piro
Esta historia es de procedencia incierta, pero conociendo a Macedonio nada indica que no pueda ser cierta. Adolfo de Obieta vivía con su padre, Macedonio Fernández, ya entrado en años. En determinado momento tuvo que emprender un viaje al exterior y, precavido y temeroso, le pidió a una vecina que cada tanto echara una ojeada al viejo. La mujer bajó un día al departamento de Macedonio y encontró la puerta entornada, pero no entró. Repitió la visita al día siguiente y volvió a encontrar la puerta semiabierta, pero no entró tampoco esta vez. Al tercer día, ya temerosa y precavida, decidió abrirla y ver qué pasaba. Encontró a Macedonio sentado en un sillón, mirando hacia la puerta, que le decía: “Trampa para rubias”.
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