La mancha siempre estuvo ahí. Como un corazón delator alertando lo inevitable, un despertador del cuento de la familia. Más que un signo, interpreta la Sofía de La forma del derrumbe de Laura Cukierman, una cosa que abría el dolor soterrado de estar en el mundo. Dolor de cumplir los mandatos de la maternidad, dolor de ser mujer e hija. Esta novela debut narra las veinticuatro horas iniciales, con ventanas hacia atrás y delante, de un mujer que por primera vez se experimenta a sí misma y deja entrar el sol.
“¿Y las madres? ¿Qué es lo que deben hacer? ¿Tienen que estar siempre con sus hijos? ¿Siempre en cualquier circunstancia? ¿El contrato de por vida dice algo al respecto?” son las preguntas finales de la narradora, a la cual se astilla la realidad al enterarse que su hijo adolescente lideraba una banda que desvalijaba a sus propios amigos y vecinos. Un pibe, con ojos “de furia” a sus progenitores, que había sido criado en los comodidades clasemedieras y que engañaba a una abuela con Alzheimer para utilizar la cochera de aguantadero. Cukierman evita prejuicios y análisis de manual, “es un chorro común y corriente. Bueno, con la diferencia de que este lo criamos nosotros”, asevera sin filtro el padre, a punto de pasar a ser parte del pasado, y apenas audible entre los párrafos afectados de la lapidada madre del chorro bien. Aunque el agregado de la manipulación al hijo de la cuidadora de la madre de Sofía, “Lo hacen siempre, señora. Se aprovechan”, desdibuja un poco esa primera intención por estereotipar aquella inocencia celestial de las clases populares. Una tentación que La mujer de la fila, un film de 2025 de Benjamín Ávila con varios puntos en común, sortea de mejores formas.
Donde la narración sale mejor parada en este por momentos meandroso soliloquio es al cuestionar ciertas expectativas adosadas a las mujeres, “la familia es una trampa”, y la maternidad, “Los hijos siempre tienen que estar con sus madres. Esa es la regla, repito”, ya que en ese agujero negro que se chupa las memorias de los que debió haber sido, y no fue, Sofía empieza imaginar el día después. “Difícil vivir así pero necesario” se repite antes de entrar en la comisaría a ver a ese niño, el de la mancha de nacimiento, convertido en un desconocido. Ante ese todavía incierto, arranca la novela con “No sé cuándo fue la última vez que vi a mi hijo, al mío de verdad”, el cierre vislumbra una vida solitaria en mudanza y aceptación. Vida posible, al fin.
En el ensayo “La duración del infierno”, Jorge Luis Borges medita al romper las apariencias de un estado de ensueño, acabando un mundo de quimeras, explorando las posibilidades de la nueva mañana, “Pensé con miedo ¿dónde estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo crecía en mí. Pensé: esta vigilia desconsolada ya es el infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras: temblando”. Sofía por fin tiembla.
La forma del derrumbe
Autora: Laura Cukierman
Género: novela
Otras obras de la autora: Las chicas malas no transpiran
Editorial: Fondo de Cultura Económica;
$ 11.000