Aniversario

Jean Moulin o la victoria del silencio

Funcionario, dibujante, conspirador y artífice de la unidad de la Resistencia francesa, Jean Moulin soportó la tortura sin entregar a sus compañeros. Entre el heroísmo, la traición y las zonas grises de la ocupación nazi, su historia revela cómo, incluso en el corazón del horror, el silencio puede convertirse en el acto político más decisivo.

Jean Moulin (Béziers, 20 de junio de 1899 - Metz, 8 de julio de 1943). Foto: Imagen Web

El 8 de julio se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Jean Moulin, recordado como el máximo héroe de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. Algunas personas demuestran que los ideales y el honor no son, siempre, palabras vacías ni luces contaminadas de hipocresía y falsedad. Algunas personas encarnan la resistencia épica al mal. Ese es Jean Moulin.

Capturado por la Gestapo, soportó 21 días de feroz tortura. El sufrimiento inexpresable cesaría con solo decir lo que sus torturadores querían: los nombres de otros miembros y líderes de la resistencia. Pero Moulin no se quebró. Nunca.

La narración de su vida nos dice, primero, que antes de la invasión de las fuerzas de Hitler (que tomaron París el 14 de junio de 1940), Moulin era un funcionario modelo. Nació en el sur de Francia en 1899, estudió abogacía y se convirtió en el Prefecto más joven (una suerte de gobernador) en Aveyron (1937-1939) y Eure-et-Loir (1939-1940). Moulin gustaba del arte y del dibujo, y publicó caricaturas bajo un nombre falso.

Y su historia parece que vuelve a repetirse: los alemanes ocupan Francia. La parte sur se convierte en la República de Vichy, liderada por Pétain, el general victorioso francés de la Primera Guerra Mundial. Los invasores acusaban a los soldados negros del ejército francés de horribles crímenes. La imputación oculta una propaganda nazi y racista para justificar el exterminio de esos soldados. Los fanáticos de la supuesta superioridad de la pureza aria no toleran haber recibido bajas de manos de combatientes que estiman “inferiores”. Las tropas alemanas de la Wehrmacht y las Waffen-SS ejecutan entre 1.500 y 3.000 soldados coloniales negros luego de rendirse en el frente de batalla en 1940. Para justificar la masacre, le exigen a Moulin firmar un documento falso que inculpe y demonice a los combatientes senegaleses. Moulin se niega. Antes que esa ignominia, prefiere suicidarse en su celda con el filo de un vidrio. Pero sobrevive. Le queda una cicatriz. Usa desde entonces una bufanda para tapar la herida. En esta ocasión es liberado. Destituido de su cargo de prefecto en noviembre de 1940, decide pasar a la clandestinidad. Desde las sombras, luchará contra la brutalidad nazi.

En Marsella adopta una identidad falsa. Consigue un pasaporte a nombre de Joseph Jean Mercier. Por sus propios medios escapa a España. Llega a Portugal. Desde Lisboa, vuela a Londres en 1941. En la capital inglesa lo recibe el General Charles de Gaulle, líder de la Francia Libre. Desde los micrófonos de la BBC en Londres, De Gaulle ya había pronunciado su histórico discurso radial convocando a resistir hasta el final.

Los aliados (Estados Unidos y Gran Bretaña) dudan al principio de su liderazgo en la Francia ocupada. De Gaulle sabe que Moulin no solo es de fiar, también es un líder predestinado. Escribe de él: "Un gran hombre. Grande en todos los sentidos". Le ordena regresar en secreto a Francia para coordinar las fuerzas rebeldes, una misión que más tarde daría frutos bajo el alero del Consejo Nacional de la Resistencia (CNR). 

Moulin cobra vuelo en otro avión. Se arroja, abre su paracaídas. Con un golpe brusco siente, de nuevo, el amado suelo francés. Trabaja en las sombras. Sus negociaciones en la clandestinidad consiguen lo que parece imposible: unir grupos altamente heterogéneos. Une así a los Maquis (el movimiento de guerrillas) con miembros de sindicatos de trabajadores y personajes tan dispares como comunistas y conservadores de derecha.

El 27 de mayo de 1943, en un departamento oculto en París, Moulin —quien en sus comunicaciones secretas usa nombres clave como Rex o Max— funda y preside la primera reunión del Consejo Nacional de la Resistencia.

Ahora el CNR no es un proyecto: es una realidad escondida, una suerte de parlamento en las sombras que decide sabotajes diversos, volar trenes, ajusticiar nazis y cortar líneas de comunicación mediante ataques coordinados, ya no aislados.

Sobre la construcción de la arquitectura política del CNR por Moulin, Jean-Pierre Azéma, historiador francés especialista en la Segunda Guerra Mundial y la resistencia francesa, afirma: "Jean Moulin fue el hombre clave que permitió que la Resistencia pasara de ser un archipiélago de movimientos dispersos a una fuerza unificada, otorgándole así al general De Gaulle la legitimidad política que necesitaba ante los Aliados."

Por la gestión de Moulin, todos reconocen a De Gaulle como único líder de la Francia Libre. Los aliados mitigan sus dudas. El general francés, desproporcionadamente alto, es el líder reconocido de la Francia futura.

Y en el futuro también piensa la resistencia organizada. Se redacta un programa de gobierno para cuando terminen las danzas oscuras de la muerte. Se prepara la Francia moderna, aquella que celebrará el voto femenino, la seguridad social y la salud pública gratuita.

 

Caída y silencio heroico

A la ciudad de Lyon llega  Klaus Barbie, jefe de la Gestapo, la policía secreta nazi. Barbie será el bárbaro torturador en esta ciudad; el “Carnicero de Lyon”.

A muchos tortura, hombres y mujeres; cree fanáticamente en el veneno de su doctrina y en su misión imperial. Desconoce la compasión y la duda. Los miembros de la Resistencia que caen en sus telarañas son solo criaturas de las que extraer el elixir de la información secreta, los datos estratégicos para atrapar, torturar, y eventualmente matar a los resistentes que odian y combaten a las SS.

En junio de 1943, el Consejo de la Resistencia se reúnen en Caluire, Lyon. Alguien revela el lugar de reunión. Entre la niebla de la historia que se escribe, al refugio clandestino llegan puñales, sonidos de botas, uniformes negros aferrados a ametralladoras; vienen las hienas que quieren descubrir lo que todavía escapa a su control. Capturan a todos los asistentes a la reunión salvo a uno, René Hardy. Él escapa; a él luego volveremos.

Los capturados son arrojados a las celdas con las hienas. Empiezan los interrogatorios. Comienza la tortura de Jean Moulin.

Un infierno de dolor extremo de 21 días consecutivos en la sede de la Gestapo en Lyon. Barbie en persona somete a Moulin al repertorio de la barbarie: lesiones en las extremidades, remoción de uñas, fracturas de manos y muñecas; golpes salvajes con objetos contundentes con su secuela de fracturas óseas y heridas internas. Desfiguración facial irreversible. Cuando aún puede hablar, con tranquilidad, Moulin les dice a sus torturadores: "Ustedes van a perder". Y sufre baños a temperaturas extremas. El líder de la Resistencia es mantenido en condiciones de insalubridad extrema, aislado, privado de sueño y de cualquier tipo de asistencia médica para sus terribles lesiones.

Ya totalmente desfigurado, cubierto de sangre y con los huesos partidos, es obligado a arrastrarse ante los otros detenidos. Barbie dirige entonces su atención a otro prisionero francés, Christian Pineau —quien lograría sobrevivir y se convertiría en Ministro de Asuntos Exteriores de Francia entre 1956 y 1958—. Le ordena afeitar a Moulin cuando este ya es casi un cadáver irreconocible. Una nueva humillación para el deleite sádico de los oficiales de las SS. Sabiendo que Moulin ya no puede hablar, le ponen papeles y lápices enfrente para que escriba los nombres de sus cómplices. Entonces, Moulin dibuja una caricatura humorística del propio Barbie. Se lo arrastra luego, muchas veces, por los pasillos del cuartel; se lo insulta y se lo deja tirado en el suelo. Sus torturadores fuman y ríen mientras pasan a su lado.

Lo bestial e inenarrable se desatan sobre Moulin. Pero este nunca habla. No entrega ningún nombre. Su silencio es una victoria absoluta.

Barbie decide enviarlo a Alemania. La cabeza del prisionero es completamente vendada. El 8 de julio de 1943, en un tren cerca de la estación de Metz, toda su desventura termina. El Consejo Nacional de la Resistencia sobrevive. Tiempo después, en Normandía, codo a codo con las tropas aliadas que desembarcaron en las playas francesas, los partisanos ayudan a cortar la grotesca cabeza de la hiena nazi.

 

La traición

Alguien delató el lugar de la reunión de los líderes de la Resistencia en Lyon. La trama de la traición aún se discute. Con la fuerza de un aluvión, las sospechas de la entrega se volcaron sobre el mencionado René Hardy, encarnación de la ambigüedad: en el debate histórico, para algunos fue un genio de los sabotajes para descarrilar trenes y detener el avance de las tropas alemanas; para otros, alguien siempre marcado por el estigma de ser el probable traidor de Moulin. Ya estallada la guerra, Hardy era un ingeniero de ferrocarriles, respetado por su eficacia y valentía, y líder del grupo secreto llamado "Resistencia de Hierro" (Résistance-Fer).

El día de la captura, Hardy tenía órdenes de sus superiores de no acudir a la reunión. Lo hizo de todos modos. Luego de la redada, mientras los alemanes agrupaban a los jefes de la Resistencia con esposas, a Hardy le ataron las manos solo con una soga floja. Corrió y escapó bajo una retahíla de balas de ametralladora, resultando herido únicamente en un brazo.

Cuando la guerra dejó de rugir, la atención de la opinión pública y de la Justicia se fijó en él. Fue sometido a dos juicios por alta traición (en 1947 y 1950). En ambas ocasiones, sus abogados instalaron las dudas suficientes como para disuadir a los jurados y terminó absuelto por falta de pruebas. Hardy defendió, apasionadamente, su inocencia. Luego inició una carrera como escritor y publicó la novela Amarga victoria (1955), ambientada en la dualidad de lo heroico y lo cobarde de la guerra, la cual Hollywood adaptó al cine en 1957. Sin embargo, nunca escapó de las sospechas y el desprecio. En 1987, la muerte lo encontró en un hospicio: pobre, solo y sin visitas. Días antes de su entierro, se publicaron sus memorias tituladas Últimas palabras. Entre sus líneas, insistía: "Yo no traicioné a Jean Moulin". Quizá, más que un traidor nazi, Hardy fue un irresponsable y desesperado enamorado…

A comienzos de 1943, el ingeniero resistente había conocido a la hermosa Lydie Bastien, de entonces 20 años, de quien se enamoró locamente. Pero ella ya era la amante y espía del oficial de la Gestapo Harry Stengritt, colaborador directo del siniestro Klaus Barbie. En la noche del 9 al 10 de junio de 1943, Hardy cayó en una trampa preparada por Lydie y fue arrestado en un tren. Tras pasar unos días detenido, lo liberaron. Se sospecha que la Gestapo lo torturó. Le anunciaron que si no colaboraba, matarían a su novia Lydie. Así lo convirtieron en un doble agente. Mientras tanto, la vida de Bastien tras la guerra fue novelesca. Las mujeres que habían colaborado con los nazis eran rapadas, exhibidas públicamente, humilladas y, a veces, fusiladas. Se sabía que Lydie había sido amante de un oficial alemán, pero ella, hábilmente, cuando fue investigada, convenció a todos de que actuaba así para sonsacar información para la causa francesa. En el juicio de Hardy declaró a su favor, una jugada perfecta para defenderse a sí misma y escapar de la justicia penal. De lo contrario, no habría evitado el pelotón de fusilamiento.

En la posguerra, disfrutó de la gran fortuna que consiguió mediante sus servicios de delación para Alemania. Barbie premió sus servicios con valiosas joyas. Además, Bastien vendió las cartas de amor privadas de Hardy a periódicos sensacionalistas y, de forma muy astuta, usó documentos secretos de líderes de la Resistencia que había guardado durante la ocupación para extorsionarlos a cambio de su silencio.

Lydie siempre usó su belleza e inteligencia para manipular a hombres ricos e influyentes para que financiaran su lujoso estilo de vida. Viajó por el mundo, se estableció en la India con el nombre de Ananda Devi; allí estudió ocultismo, se interesó por la filosofía oriental, y fue amante de un multimillonario maharajá. En Estados Unidos, era próxima a Aldous Huxley, el escritor de Un mundo feliz. Al regresar a París, se instaló en un suntuoso piso como reina de la alta sociedad y coleccionista de arte. Le gustaba oficiar de tarotista.

Poco antes de morir de cáncer a los 72 años, tras cincuenta años de secreto, Bastien dejó sus confesiones a un albacea, pero a condición de que se difundiera después de su muerte. El periodista elegido para recibir las revelaciones fue Pierre Péan, autor de La Diabolique de Caluire. Bastien reconoció su traición, fue espía de la Gestapo y manipuló a Hardy. Reveló que, como dijimos, los alemanes lo habían amenazado con matarla a ella —sin que el ingeniero supiera que su novia era en realidad una infiltrada nazi— si él no cooperaba. Tras su liberación, ella misma lo incitó a ir a la reunión prohibida para que guiara a la Gestapo hacia la cúpula de la Resistencia. Hardy fue manipulado por su obsesión por Bastien, pero esto no lo exculpa de su traición por no haber sabido anteponer la causa de la Resistencia a su pasión personal y egoísta por la bella espía. Orgullosa de haber engañado a la Justicia, Bastien se llevó a la tumba los nombres de otros colaboradores que nunca fueron descubiertos. La historia de Bastien fue uno de los ejemplos que  demolió el mito sobre la lealtad absoluta en la Resistencia francesa.

El historiador Henri Michel, considerado el fundador de la historia de la Resistencia en Francia, en "Histoire de la Résistance en France" suscribe la ambivalencia de la Resistencia como de toda obra humana:

"La Resistencia tuvo sus héroes, pero también tuvo sus traidores. Conoció la grandeza del sacrificio desinteresado, pero no estuvo exenta de las bajezas de la delación. Fue, a fin de cuentas, una obra humana, con toda la sublime nobleza y todas las trágicas flaquezas que el hombre es capaz de manifestar en los momentos más oscuros de su historia."

 En el caso del innegable heroísmo de Moulin, este quizá pudo sobrevivir la guerra. La traición de Bastien, la manipulación de Hardy, lo impidieron.

 

La ambigua admiración de Barbie

Luego del fin de la guerra, la geopolítica bipolar asomó con claridad. Por un lado, Occidente y, por el otro, el bloque soviético presidido por Stalin desde el Kremlin. Empezaba la Guerra Fría. El mundo occidental temía la expansión roja. En ese contexto de confrontación con el comunismo, las autoridades norteamericanas protegieron a Barbie; creyeron que les sería útil para labores de inteligencia contra los soviéticos. Durante varios años fue su colaborador. Cuando el cerco de la justicia francesa sobre él se volvió intolerable, el propio Cuerpo de Contrainteligencia estadounidense (CIC) organizó y financió su escape hacia Sudamérica a través de las llamadas "Rutas de las Ratas" (Ratlines). Gracias a esa flagrante injusticia, Barbie llegó a Bolivia. Allí permaneció, bajo la identidad falsa de Klaus Altmann, hasta su final extradición a Francia en 1987. En el país del altiplano llegó a ser entrevistado por el periodista argentino Alfredo Serra para la revista Gente en 1973. En ese extraordinario reportaje siempre mantuvo una alta idea de sí mismo, y justificaba todos los actos de sangre por encontrarse en tiempos de guerra. En su juicio, él y su defensor, Jacques Vergès,  negaron descaradamente la tortura de Jean Moulin. Alegaron que Moulin se suicidó en prisión tras ser traicionado por sus propios compañeros. Barbie mantuvo siempre una actitud arrogante, sin remordimiento alguno, y objetando que su extradición había sido ilegal. No reveló lo que todos esperaban: quién había entregado a Moulin. En definitiva, no fue juzgado formalmente por la muerte de Moulin, sino por crímenes contra la humanidad. Fue condenado a cadena perpetua y murió bajo custodia en el sector médico de la prisión de Lyon debido a un cáncer, el 25 de septiembre de 1991, cuando tenía 77 años.

En grabaciones e investigaciones difundidas después de su muerte, se constata que cuando Barbie capturó a Moulin, no sabía que era el jefe máximo de la Resistencia. Al saberlo, entendió que Moulin era el rival más brillante e inquebrantable que había enfrentado. Estaba acostumbrado a que los prisioneros se quebraran tras pocas horas de tormentos; sin embargo, Moulin fue un caso de resistencia extraordinaria que nunca habló. Ese silencio significó una derrota total para la Gestapo.

En una ocasión, Barbie le pidió a un amigo que pusiera flores en la tumba de Moulin. Acaso sintió, de alguna manera, que la grandeza de su víctima le atribuía a él la importancia histórica de haber sido quien lo llevó hasta los abismos máximos del dolor.

 

El silencio y el honor

Luego de su muerte, Moulin fue incinerado. Hoy, sus cenizas se hallan en el Panteón de París, el lugar en el que yacen las figuras más ilustres de Francia. Al principio, se presumió que fue enterrado de forma anónima en el Cementerio del Père-Lachaise de París en una urna. Allí se colocó una placa con el texto "Cendres présumées de Jean Moulin" (Cenizas presuntas de Jean Moulin). En 1964, dos décadas después de la liberación francesa de la dominación nazi, Charles de Gaulle ordenó el traslado de los supuestos restos de Moulin al Panteón nacional, en un acto que también buscaba la unificación del país. En la noche, bajo luces de antorchas, el féretro fue escoltado por sus antiguos compañeros de la Resistencia. En la ocasión, André Malraux pronunció un discurso que pasa por ser una de las grandes piezas oratorias del siglo XX, momento clave de la memoria colectiva francesa sobre el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Entonces dijo: "Entre, ici, Jean Moulin, avec ton terrible cortége..." ("Entra aquí, Jean Moulin, con tu terrible cortejo..."). Al "séquito" pertenecen todos los héroes anónimos muertos en los sótanos de la Gestapo, los fusilados en los bosques, los deportados a los campos de concentración, o las mujeres que cosían banderas francesas en secreto para mantener la chispa nacional. Malraux llamó a Moulin jefe del "ejército de las sombras", del "Pueblo de la Noche", todos los hombres y mujeres que en el sigilo de lo clandestino padecieron rabia y humillación. Malraux agregó con acentos épicos: "Míralo, juventud de Francia, cómo habrías alcanzado con tus manos su pobre rostro deformado del último día, sus labios que no habían hablado; ese día, su rostro era el rostro de Francia...". Por un momento al menos, Moulin resucitó como mártir unificador de Francia, que de nuevo barrió con las diferencias entre comunistas, socialistas, derechistas y gaullistas. Era un símbolo de la recuperación del honor de toda una nación. El ejército de las sombras, la película de Jean-Pierre Melville (exmiembro de la Resistencia real), es el retrato, incluidas sus oscuridades y ambigüedad, del "pueblo de la noche".

En la Europa conmocionada por las avalanchas de la guerra, emergieron varios personajes que, como Jean Moulin, encarnaron el valor extremo frente a las torturas, la capacidad para unificar redes clandestinas y las maniobras de alto riesgo de espionaje. Es el caso del polaco Witold Pilecki, quien se dejó capturar voluntariamente para ser enviado a Auschwitz, logrando luego escapar para informar sobre las atrocidades que ocurrían allí. Algo similar hizo Jan Karski al infiltrarse en el Gueto de Varsovia. Pilecki se opuso luego a la ocupación soviética; fue torturado y tampoco reveló nombres de sus compañeros. Hannie Schaft, "la chica del pelo rojo", fue la inquebrantable muchacha de la resistencia neerlandesa que tampoco se quebró ante sus brutales verdugos. Hacía sabotajes, transportaba cargamentos de armas y mataba a oficiales nazis y colaboradores. La Gestapo la capturó casi al fin de la guerra y la torturó también brutalmente, pero ella no delató a nadie antes de ser ejecutada. Asimismo, un personaje de la resistencia con una capacidad de gestión unificadora de guerrillas partisanas semejante a la de Moulin fue Sandro Pertini, quien luego se convirtió en uno de los presidentes más estimados de la República Italiana. Él también fue detenido y, bajo presión, mantuvo sus secretos. La Segunda Guerra Mundial llevó a millones de personas a situaciones límites que incluyeron la muerte violenta. Bajo esas condiciones se revela una capacidad de resistencia acaso inesperada.

Moulin seguramente hubiera querido un destino de paz y normalidad. En sus últimos momentos en el tren hacia Alemania, con su rostro totalmente desfigurado y vendado, quizá imaginó otra suerte: un día cálido, la tersura de la hierba, el amor, una esposa e hijos cerca del sol y un cristalino río. Pero le tocó la locura nazi, la falta de piedad. Y aun entre el infierno y la noche, su última decisión fue el silencio y el honor.