“La dictadura de 1976 es el acontecimiento bisagra del siglo XX”
Doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Université Paris 7 Denis Diderot, Marina Franco (1972) es una de las investigadoras más relevantes de la historia de los años 70 y de la última dictadura en Argentina. Autora de obras de referencia como Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y “subversión” 1973-1976 (2012) y El final del silencio. Dictadura, sociedad y derechos humanos en la transición (Argentina, 1979-1983) (2018), entre otros, su último libro da cuenta de la preocupación por volver a contar la historia para los más jóvenes: La última dictadura (Pequeño Editor) está dirigido a chicos y chicas a partir de los 10 años, “para trabajar en la escuela, en familia, y para fortalecer la memoria, la democracia y los derechos humanos”, según la propuesta editorial.
En el Coloquio “La Argentina frente a su pasado”, realizado el 25 de febrero en París, Franco se preguntó por “el futuro del pasado” en relación con el porvenir de las memorias sobre el terrorismo de Estado y la dictadura, y enfatizó la necesidad de retransmitir la historia a las generaciones más jóvenes. En esta entrevista profundiza en la cuestión.
—Cincuenta años después, retornan los argumentos de los militares para justificar el golpe de 1976. ¿Cómo se construye la conciencia histórica para las generaciones más jóvenes?
—Estamos ante un nuevo ciclo político y memorial. El contexto incluye algo que hasta ahora no teníamos de manera central en la política argentina, voces que justifican el terrorismo de Estado y la violencia estatal. Eso nos exige nuevas estrategias a quienes trabajamos en la investigación histórica y sobre todo en el ámbito educativo, y nuevas maneras de pensar y de responder a las generaciones más jóvenes. A esto se suma el tiempo transcurrido: cincuenta años es muy lejano para los más jóvenes, y eso también nos exige pensar nuevas maneras de construir conciencia histórica, una tarea siempre inacabada. La dictadura es una herida abierta y forma parte del presente, en este momento conocemos nombres de víctimas cuyos cuerpos fueron encontrados en el centro clandestino de La Perla. Pero además las maneras en que la dictadura transformó la sociedad argentina deben ser repuestas en la discusión y esto puede ayudar a tender puentes en un ida y vuelta entre el pasado y el presente, que es la manera de crear conciencia histórica
—¿Cómo analizar la interpretación del golpe en el discurso del gobierno nacional? ¿Por qué le interesa?
—Mi primera respuesta es contraintuitiva: no le interesa tanto, es decir, no creo que sea una cuestión central en una agenda de gobierno cuyas prioridades pasan por otras cuestiones, empezando por las transformaciones socioeconómicas. De todas maneras, la relativización del terrorismo de Estado forma parte del universo más amplio de la extrema derecha y como tal está en el Gobierno: es un paquete de miradas sobre el presente, el pasado y el futuro que pone en cuestión la democracia, los derechos sociales, económicos, de género, de las minorías y los derechos humanos. El problema de la discusión política actual sobre la dictadura es que las derechas corrieron el eje sobre cómo entender el terrorismo de Estado. Pusieron la sociedad a discutir la violencia política previa, que merece ser discutida ¡por supuesto! pero que no es la causa ni explica la dictadura. La operación es muy clara: culpar a las izquierdas y a la violencia política de los años 70 como responsables de la violencia sin límites del Estado. Es decir que el Estado, y los grupos que lo habitan en cada momento, tiene derecho a “defenderse” de esa manera y ante cualquier forma de protesta o revuelta social y que las sociedades no pueden cuestionar el orden dado. Esto habla de las formas del presente, de las maneras en que el poder político actual piensa el orden social y su mantenimiento.
—En el Coloquio de París planteaste que “falta encontrar un lugar más contundente para entender la dictadura”. ¿Cuál sería ese lugar?
—En la medida en que el hecho se aleja en el tiempo, falta encontrar un lugar más contundente para pensar y para recordar la dictadura en el sentido de que hasta ahora la construcción se hizo desde la dimensión testimonial. Hace falta volver a insistir en que la dictadura cambió la historia argentina, es el acontecimiento bisagra del siglo XX, y por múltiples razones. Primer dato: la democracia de los últimos cuarenta años es consecuencia del impacto brutal de la dictadura sobre la sociedad; los actores autoritarios del pasado –FF.AA. y sectores civiles– aceptaron la vida democrática como resultado de ese impacto, tanto en términos represivos como por la condena social y judicial que tuvo. A la vez, aceptaron el juego democrático porque la dictadura cumplió su cometido y dejó una sociedad disciplinada donde desaparecieron los desafíos al orden social. Segundo dato: la violencia estatal fue un instrumento de gobiernos constitucionales o dictatoriales durante todo el siglo XX y la última dictadura forma parte de eso, pero el impacto de la represión produjo un aprendizaje social que desde entonces impugna la violencia política y la violencia estatal sistemática, aunque esas formas hoy retornan aceleradamente. Tercer dato: después de 1983, las FF.AA. dejaron de ser un actor político central de la vida argentina y con atribuciones para intervenir en conflictos internos. Y un cuarto dato importante: la dictadura transformó la estructura económica argentina y generó las condiciones de un sistema mucho más desigual, con mayor concentración del poder económico y del ingreso. La última dictadura cambió la historia argentina en estos sentidos, e insistir sobre esto nos permite construir desde otro lugar la importancia del tema.
—También en el Cologuio hablaste de un cambio de ciclo. ¿Cuáles son los signos de lo que viene para “el futuro del pasado”?
—Intento preguntarme cómo van a ser los escenarios en los próximos años de la discusión sobre la dictadura y el terrorismo de Estado. Los discursos negacionistas de la represión –los llamaría justificacionistas– llegaron para quedarse y van a formar parte de la escena política. Hasta ahora pensamos que la Argentina, a diferencia de otros países del Cono Sur, tenía un consenso fuertísimo en torno a la condena de la violencia estatal y la reivindicación de los derechos humanos vinculados a la dictadura y que las otras memorias “negacionistas” eran muy marginales. No éramos Chile, donde una buena porción de la población sigue siendo pinochetista. Ese sentimiento antidictatorial sigue existiendo y es fuerte, pero estamos descubriendo que también somos un país con discursos mucho más polarizados de lo que creíamos. Pero esto no significa que los discursos negacionistas lleguen a ser dominantes, y Milei no fue votado por sus ideas sobre el tema. Vamos a tener una escena más heterogénea y polarizada; lo que está cambiando es la manera en que veíamos el escenario memorial anterior. Otra dimensión para pensar el futuro del pasado es que el tema va a perder alguna centralidad, como ya había empezado a suceder después del ciclo de políticas kirchneristas. El tema pierde urgencia porque la agenda social es otra, con otras urgencias, y porque también la demanda de justicia y verdad fue fuertemente respondida desde el Estado; entonces es natural que el tema pierda fuerza como factor de movilización social. Ahora, si volviéramos a un escenario de impunidad habilitado por este gobierno, la discusión va a seguir estando en el centro.
—¿Tenés en cuenta el negacionismo al que contestar o incluir en el análisis?
—En primer lugar, lo que se llama negacionismo en el caso argentino es algo muchísimo más grave, que es la justificación o relativización del terrorismo de Estado. Es la idea de que las víctimas en general, y los militantes políticos en particular, se merecían lo que les pasó y que el Estado solo se defendió y que cualquier método es legítimo. En segundo lugar, tomo en cuenta los discursos llamados negacionistas y me siento obligada a responderlos en la medida en que abogan por una sociedad violenta y autoritaria, y que están fundados en distorsiones y omisiones históricas. Contestar esos discursos es urgente en relación con los más jóvenes. Por eso me puse a escribir una historia de la dictadura para infancias y adolescencias: el desafío es contestar desde el saber histórico, no desde las consignas o las afirmaciones tajantes, demostrando cómo los hechos y los datos del pasado impugnan los argumentos negacionistas por sí solos. Cuando uno mira la violencia de esas organizaciones y el proyecto político que fue la dictadura, se desarma la idea de la guerra, no hay manera de comparar ambas violencias ni pensar que una responde a la otra porque la dictadura fue un proyecto más vasto de refundación de la sociedad argentina. La manera de responder a los discursos negacionistas para las generaciones más jóvenes es volviendo a contar lo que sucedió, con el rigor y las herramientas de la historia, sin omisiones, ni huecos –de la violencia de izquierda, a la responsabilidad del peronismo o el número de desaparecidos–, habilitando el espacio para todas las preguntas y sin dar por sentado lo que los jóvenes deben pensar. Ese es el desafío por delante.