Qué es el poder? La respuesta es dificultosa. Según se opina, Michel Foucault fue quien mejor lidió con el tema. Sin embargo, investigar su obra nos trae más dudas que certezas, ya que parece quedarse solo en la superficie. Si bien ha tratado ampliamente el problema, este solo es aplicado a ámbitos humanos: al saber, a la escuela, a la medicina o a la prisión. Se nota a simple vista que no logra desarrollar una metafísica del poder, sino apenas una microfísica, hasta llegar a una instancia más abarcadora a través de la biopolítica. En otras palabras, lo analiza en el orbe de lo puramente profano, social y gubernamental. Es aquí que quedamos en el mismo lugar por donde empezamos.
¿Debemos dejar entonces el asunto en el terreno de lo conocido? Sí. De otro modo sería traspasar las fronteras de la filosofía y caer en el campo teológico. Lo que abre la posibilidad de que quizás el tema nos imponga un riesgo. Me refiero a dar –como diría Karl Jaspers– “un salto de fe”. Implica ir más allá del campo antropológico y su búsqueda de dominación por fines puramente ambiciosos y profanos, de la sociología y de la justificación de la razón que se comprende meramente con el pensamiento. Cuando la lógica ya no puede explicar a profundidad algo que evidentemente existe, es ahí que hay que dar ese tranco. Lanzarse sobre un abismo sin red. Traspasar los límites para lo cual no hay conexión dialéctica. ¿No será por ello que solo se han aventurado a abordar el tema esoteristas como Julius Evola o literatos como J.R.R. Tolkien? Es que construir una metafísica del poder requiere un giro de los habituales ejercicios humanos hasta pensarlo desde el terreno de las catástrofes naturales y, más aún, de las elucubraciones preternaturales que nos arrojan al seno de las creencias espiritualistas –de hecho, el “Dios todopoderoso” es su símbolo máximo– o desde los mitos, como la inmensa saga del escritor británico de origen sudafricano.
Schopenhauer nos hablaba de una “voluntad”, de una intensidad, un “conatus”, un impulso que no pudo soslayar de las tradiciones ocultas orientales en cuanto a una realidad absoluta; pero en su caso la interpretó no como divinidad, sino como una sustancia suprema sin sentido ni significado. Razón que retomará Nietzsche en La voluntad de poder entendiéndola como un vigor vaporoso, sutil, que decantará luego en la temible interpretación del nacionalsocialismo en querer “aumentar el espacio vital”. El nazismo veía el poder como algo “dado” por la tradición ancestral. Como investido originariamente por lo celestial, proveniente de una suprema civilización polar anterior. El Führer –según Carl G. Jung– sería aquel “Cristo” que con su emergencia encarnaría algo así como el arquetipo de Wotan y lograría lo que el cristianismo medieval no pudo: integrar las fuerzas oscuras de las núminas nórdicas arias en estado inconsciente con las huestes de Cristo como nueva consciencia, alcanzando un equilibrio entre la técnica y la naturaleza. Un delirio que costó demasiado caro.
El poder desvela las bajezas más crasas. Pareciera que es en principio una condición neutra pero que alcanza a despertar la esencia del mal. Es ante Mefistófeles que recurre el Doctor Fausto para saciar su apetito. Es el pathos shakespeareano, son los celos de Otelo, la pasión de Hamlet, los crímenes de Ricardo III o la ambición de Lady Macbeth. El poder es un empuje irreductible, una búsqueda inútil de lo supranormal, un pacto fallido con las tinieblas, un espectro que se encuentra inseparablemente atado a la guerra y a la devastación. Una pulsión que en el fondo es espirituosa, como una contienda irresistible por su posesión, alimentada por el élan vital de la historia que se epifaniza en principio como “demasiado humana”, pero que enmascara la hybris de lo divino. Lo que muestra que el poder lo atraviesa todo. Desde ángeles a demonios hasta acabar en la pequeñez de los hombres. Es el “yo puedo”. Es la voluntad de participar en un hacer. Es una batalla hegemónica de potestades invisibles, de espíritus que se autosuperan y no sin una cuota importante de violencia, terquedad, maldad, ruina, envidia y crimen.
La supremacía en tecnología, en armamento, en inteligencia, en posesiones materiales y mentales engendran las sangrientas luchas por él. El pez grande tiene más recursos que el pez chico, por lo cual este sucumbe presa de su mismísima impotencia. Pero el botín es una energía que pudre las entrañas de los vencedores. Tener la bomba nuclear, por poner un caso, es una prueba de tener un horroroso plus que el otro no tiene. Esto es evidente. Ahora, entre dos actores que la poseen se enfrentan a una contingencia semejante. Pero justamente por poseerla, por la propiedad de esa majestad, es que no deberían utilizarla. La inmensidad de su obtención da además como resultado su imposibilidad. Es el castigo por el anatema. Es robarle la antorcha al Olimpo. Es despertar al monstruo que peleó con San Jorge. Es abrir la caja de Pandora. Es pagar el precio que pagó el sabio Abraham van Helsing por bajar al mundo de los muertos vivientes. Porque ejercer dicha capacidad atómica, emplearla, generaría el permiso a la facultad del otro, lo que llevaría a la “extinción mutua asegurada”. En cierto punto el mundo parecería dirigirse ciegamente hacia esa dirección. En este caso, funciona como un súcubo atrapado en un frasco, como una penumbra solapada, reprimida, pero que, como el anillo de Sauron, su sola presencia degenera y consume a quienes lo ostenten. Es la pretensión del hechicero que exhibe los dones de las sombras obtenidos por extorsión que, a su vez, es portador de una oscuridad que lo seca, que destruye todos los valores. Tal vez sea aquel egregor nihilista de una nada progresiva que lo carcome todo.
Ninguno de nosotros está exento de su tenebrosidad. Todos tenemos o nos fue legado una cuota de él. Somos entidades con un cerebro más evolucionado que el resto de las especies. Tenemos potestad sobre los sentimientos de nuestros seres queridos, sobre nuestros animales y sobre la naturaleza en general. El hilo que divide el bien del mal es muy delgado. El poder nos habilita a ejercerlo, pero la manera de hacerlo es la clave para no ser devorados por él, para lo cual la ética puede servir como escudo. El poder como dinámica es incontrolable y seductor. Se nos ha dado. Se vive como un regalo sagrado, potencialmente terrible. El hacer, el realizar, sirve para construir, del mismo modo que para destruir. En la medida en que lo ejerzamos debe ser equilibrado con el amor, la paz, la justicia, la mesura y la libertad, de otra manera caeremos dentro de sus fauces aniquilándolo todo, reservando para nosotros el mismo destino que tuvo aquel “aprendiz de brujo” que inmortalizó la música de Paul Dukas.