Lectura adolescente

La experiencia inmersiva

Mientras persiste la idea de que los adolescentes leen cada vez menos, las librerías, las ferias y las redes sociales cuentan otra historia. TikTok, Instagram, Youtube y las comunidades de lectores se convirtieron en nuevas puertas de entrada a la literatura, capaces de convertir una recomendación en un fenómeno colectivo. Romance, fantasía, terror, misterio y novela gráfica conviven con Harry Potter, los clásicos y autores contemporáneos, en un universo donde leer ya no es necesariamente un acto solitario. Para una generación atravesada por las pantallas, los libros aparecen como una forma de desconexión, refugio e imaginación, pero también como una manera de encontrarse con otros.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

“Los chicos no leen” es una frase que suelen repetir los adultos preocupados por las próximas generaciones. Pero mientras se habla de una juventud cada vez más alejada del papel, en las librerías aparecen mesas dedicadas exclusivamente a este público, autores que convocan multitudes en las ferias y proliferan los lectores que recomiendan títulos en comunidades virtuales.

Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA señala que el 55% de los adolescentes de 13 a 17 años no suele leer textos impresos. Pero otro relevamiento, Aprender 2024, encuentra que más de la mitad de los estudiantes realiza actividades de lectura en formato digital y que esta práctica es algo más frecuente que la lectura en papel. Entre ambos datos aparece una generación que no necesariamente abandonó la lectura, sino que la practica en un ecosistema diferente: más fragmentado, atravesado por las pantallas y también por nuevas formas de recomendación y descubrimiento.

En Argentina, según el informe de la Cámara Argentina del Libro sobre la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, las obras juveniles fueron las más comercializadas junto con las infantiles.

Para Cris Alemany, curadora de la Tribuna Joven en la Feria del Libro, el problema está planteado de manera equivocada. “No es que los chicos no leen, los chicos no leen lo que no les interesa, no leen lo que les impone la escuela o lo que a los padres les gustaría que leyeran”, sostiene Alemany, quien se dedica a la literatura juvenil desde hace 15 años. “Las recomendaciones vienen de sus pares a través de las redes sociales”, explica.

Melina Corbetto, editora de VRYA, el sello juvenil de VR Editoras, es todavía más contundente: “Los adolescentes leen muchísimo. Se llevaron puesto ese prejuicio de que los chicos no leen hace rato”. No habla, sin embargo, de un crecimiento constante. “No diría que leen más que hace unos años, son olas”, aclara. La literatura para adolescentes, sostiene, “se convirtió en uno de los pilares actuales de la industria editorial”.

Según Corbetto, el boom de la literatura juvenil de las últimas décadas no modificó solamente la cantidad de libros publicados, sino también la relación entre autores, editoriales y lectores. La literatura dejó de pensarse para un intermediario —padres, docentes o bibliotecarios— y comenzó a dirigirse directamente al adolescente.

De Tik Tok a la mesa de luz. Durante décadas, el camino hacia un libro podía ser bastante previsible: la recomendación de un padre, docente, bibliotecario, un amigo o el librero. Hoy ese recorrido se multiplicó. Un adolescente puede descubrir una novela porque alguien la recomendó en TikTok, verla después en Instagram y llegar finalmente a una librería con una lista de títulos anotada en el teléfono.

La lectura dejó de ser necesariamente una experiencia solitaria. Para Alemany, esta transformación resulta fundamental: “Sería muy difícil entender el panorama de la literatura juvenil sin las redes sociales”, afirma. Es allí, explica, donde muchos jóvenes que leen descubren a otros lectores con quienes compartir esa experiencia.

BookTokers, bookstagrammers y booktubers se convirtieron en nuevos mediadores de lectura y construyen comunidades alrededor de los libros. Alemany habla de un fenómeno de “socialización de la literatura juvenil”: jóvenes que primero se conocen virtualmente terminan encontrándose cara a cara en clubes de lectura, ferias, presentaciones y firmas de libros. “Miles de chicos y chicas se juntan a leer, a debatir, llevan autores invitados. El circuito de la literatura juvenil está vivo”.

Desde la industria editorial también observan ese cambio. “Las redes sociales cumplen un rol fundamental y por varios motivos: es la forma en que los chicos se enteran de cuáles son las novedades, pero también hay un sentido de comunidad”, señala Corbetto. No se trata solamente de descubrir un título: también de pertenecer, sumarse a una tendencia, recomendar entre pares y sentirse parte de una conversación.

Para la editora de VRYA, la última gran ola de la literatura juvenil llegó en 2020, durante la pandemia. “Cuando fue el boom de TikTok fue el boom de la literatura. Aunque parezca mentira, la cantidad de lectores que ha creado TikTok es impresionante”.

¿Qué leen los adolescentes? Hay algunas constantes. El romance, la fantasía, el misterio y el terror aparecen con fuerza. Las sagas siguen funcionando como puertas de entrada y mecanismos de fidelización: Harry Potter, Percy Jackson y otras series que acompañaron a generaciones anteriores siguen encontrando nuevos lectores.

En las conversaciones con libreros aparece, además, una diferencia según la edad y el género. Entre los más chicos y los adolescentes varones tienen buena recepción las aventuras, el misterio, el terror, la ciencia ficción y las sagas. Entre muchas adolescentes aparecen con fuerza el romance y las historias de vínculos.

Alemany advierte que el mapa de géneros se amplió. “El romance está siempre. A su alrededor aparecen el dark romance, con historias más intensas y atrevidas, y el romantasy, que combina fantasía y romance. La fantasía sigue teniendo un público fuerte y, más recientemente, también ganaron espacio el thriller, el misterio y las novelas de intriga”. En VRYA también ven un crecimiento del llamado “sport romance”, historias de amor ambientadas en el mundo del deporte y del horror destinado a los adolescentes. Otro género que crece es la llamada “healing fiction”, originada en Corea del Sur y Japón, con historias cálidas, cotidianas y reconfortantes.

El crecimiento de la fantasía vuelve más porosa la frontera entre literatura juvenil y adulta. No todos los libros del género están destinados a adolescentes: algunos incluyen escenas explícitas de violencia o sexo y quedan dentro de catálogos adultos. La clasificación, explica Corbetto, también forma parte de la responsabilidad del editor.

La novela gráfica también encuentra su público entre los adolescentes. En Argentina, Heartstopper, de Alice Oseman, volvió a ubicarse entre los libros más vendidos. Corbetto conoce el fenómeno desde adentro: VRYA es la editorial de la saga, cuya publicación lleva seis años. “Vende mejor que el primer día”, cuenta. Para ella, la novela gráfica funciona además como una puerta de entrada para los lectores más jóvenes.

El fenómeno que empezó en Privet Drive. Para entender lo que sucede hoy hay que retroceder algunas décadas. Sagas como Harry Potter y Crepúsculo demostraron que una novela podía transformarse en un fenómeno cultural capaz de trascender ampliamente la lectura.

“Tenemos dos etapas en la literatura juvenil: una que empieza en 2010 aproximadamente con los grandes tanques, acompañados de películas, como Harry Potter, Crepúsculo, Percy Jackson, Los juegos del hambre, que perduran hasta hoy”, explica Alemany.

En aquel momento, buena parte del público tenía entre 14 y 20 años. Esos lectores crecieron: “Hoy tenemos un público que tiene 30 años pero sigue leyendo, que tiene que ver con la movida juvenil”, señala. 

Martina Zaldarriaga tiene 14 años y este año ya leyó 19 libros. Le gustan el misterio, el romance y el terror. Su autora favorita es Lynn Painter y también lee a Stephen King. Explica que lee porque puede “desconectar por un rato” y que sus próximas lecturas las encuentra sobre todo en TikTok y en los comentarios de otros lectores.

Sofía Scian prefiere los romances tranquilos, las historias de amistad y los vínculos. Lee en papel y también en digital, sobre todo por una cuestión de costos. Este año lleva leídos diez libros. “Me encanta poder concentrarme solamente en eso”, dice. Para ella, leer significa desconectarse del colegio, de las pantallas y de la rutina. Lo define como “un momento para mí”.

Leer para salir del mundo. Ninguno de los adolescentes consultados mencionó las lecturas escolares como motivo principal para leer. Tampoco dijeron que leen para mejorar su interpretación de textos ni hablaron de los beneficios cognitivos del hábito. Leer es, para ellos, una forma de relajarse, imaginar, entrar en mundos diferentes y escapar de la rutina.

Para Julieta Maldonado, esa posibilidad de entrar en otro universo es justamente una de las razones para leer. Tiene entre sus géneros preferidos el horror psicológico, el terror y el romance. Sus autores favoritos son Edgar Allan Poe, Agustina Bazterrica y Marina Yuszczuk. “Me gusta la sensación de transportarme a otro mundo con cada libro que agarro. Disfruto conocer a cada personaje, ser parte de sus procesos durante los libros y emocionarme junto con ellos”, cuenta. Leer, dice, también le produce paz. 

Martina Aust tiene 16 años y describe la lectura como algo que siempre estuvo presente en su vida. De chica pasaba los recreos en la biblioteca de su colegio. “En esos cortos minutos, dentro de un mundo tan ruidoso, los libros me hacían sentir acompañada”, recuerda. “Me reconfortaba mucho encontrarme reflejada en los personajes, y darme cuenta de que al final siempre hay algo de uno en las páginas”. Para Martina, leer sigue siendo una manera de detenerse frente a la velocidad de la vida cotidiana: “A veces solo necesito frenar y refugiarme por un rato”.

Sol Herbin tiene 17 años, lee novelas de diferentes géneros y sintetiza lo que le provoca la lectura así: “Para mí leer es escaparse de la realidad y encontrarte con un mundo de infinitas posibilidades”.

Thiago Tibaldi tiene 15 años y leyó alrededor de diez libros en lo que va del año. Prefiere las novelas largas, las sagas y la fantasía épica y oscura. Sus autores favoritos son Frank Herbert, George R. R. Martin y Brandon Sanderson. Busca historias inmersivas, con mundos complejos e intrigas políticas. Su puerta de entrada fue familiar: su abuelo, lector apasionado, le prestó algunos libros y después apareció algo más importante: la conversación sobre lo leído.

Juan Ignacio Borghetti disfruta tanto de la ficción como de la no ficción: lee sobre política, filosofía, sociología, relaciones internacionales, ciencias sociales y ensayos. También lee ficción histórica y autores tan diversos como Orwell, Stephen King, Dostoievski y Neruda. Su primer gran recuerdo lector es Harry Potter, que empezó a leer por influencia de su madre. “De lo que quieras leer, vas a encontrar libros”, sostiene.

La literatura y el encuentro. Las librerías, por su parte, recuperan un papel que parecía amenazado por la compra online: el de espacio de encuentro. En Estación Libro cuentan que algunos adolescentes llegan no solamente a comprar. También encuentran allí un lugar para estar. La experiencia alrededor del libro es parte del fenómeno.

Y ese encuentro ya no ocurre solamente en las librerías. La propia Feria del Libro se transformó en un espacio central para esa comunidad. Alemany participa desde hace años de esa transformación y señala que el fenómeno juvenil creció: “Hace dos años hubo que crear la Tribuna Joven, un espacio cerrado especialmente para gente joven”, cuenta.

Allí conviven públicos de edades muy diferentes: adolescentes de 13 o 14 años que llegan acompañados por sus padres, jóvenes de veinte y adultos de treinta años o más. “Son adultos que se sienten seguros leyendo estos libros para jóvenes, se sienten cómodos, que no son juzgados”, explica. 

Los clásicos también vuelven. La literatura juvenil contemporánea convive, además, con un movimiento inesperado: el regreso de los clásicos. En Estación Libro cuentan que algunos adolescentes comienzan a acercarse a las hermanas Brontë, Mujercitas y otros títulos que durante años fueron considerados demasiado difíciles o “pesados”. Una película o una serie puede funcionar como puerta de entrada. Una adaptación recupera un título, las redes lo vuelven visible y el libro vuelve a circular. La literatura juvenil, entonces, no es necesariamente un compartimento cerrado. Los lectores pueden pasar de una saga fantástica a Jane Austen, de un thriller a Alejandra Pizarnik, de Harry Potter a Orwell. Los adolescentes lectores, a medida que crecen, empiezan a leer contemporáneos como Selva Almada, Mariana Enríquez y Camila Sosa Villada, además de clásicos como Orgullo y prejuicio. 

Así, la frontera entre literatura para adolescentes y literatura para adultos se volvió cada vez más permeable. Alemany distingue dos grandes categorías: “Hoy tenemos dos tendencias: el Young Adult, que va de los 13 hasta los 20, y a partir de esa edad New Adult, libros con otras temáticas, más fuertes, que muchos adultos también leen”. Una novela puede tener protagonistas jóvenes y ser leída masivamente por adultos. Un romance pensado para adolescentes puede terminar entre los libros más vendidos de lectores de treinta o cuarenta años.

En la Argentina, además, las autoras de literatura juvenil ocupan un lugar central en ese circuito. Mercedes Ron, Joana Marcús, Alice Kellen y otras escritoras construyeron comunidades de lectores que exceden ampliamente las edades originalmente asociadas al género. En el ámbito local, Flor Núñez Graiño y Agus Cámara aparecen entre los nombres vinculados al crecimiento del romantasy argentino.

Pero las redes no solamente modificaron la manera de vender libros. También cambiaron quiénes son visibles para los lectores. “Algo que leen mucho los adolescentes es a otros jóvenes, y sobre todo a otros jóvenes nacionales, que los consideran pares y tienen muchas cosas en común”, explica Corbetto.

Alemany también señala que el crecimiento de las redes fue acompañado por una expansión del propio ecosistema editorial. “A medida que creció el fenómeno empezaron a aparecer autores argentinos”, explica. También destaca el fenómeno de los bookfluencers que pasaron de recomendar libros a escribirlos. “Tienen muchos seguidores y tienen mucho éxito también”, señala.

Las redes sociales pueden ser una amenaza a la salud mental de adolescentes pero también pueden ser un puente hacia la lectura. La pantalla no necesariamente compite con la lectura: a veces funciona como su puerta de entrada.

“Los adolescentes siempre logran derribar el prejuicio: los chicos leen, los chicos leen un montón”, afirma Corbetto y agrega: “La literatura juvenil es la puerta de entrada a la literatura para todos y, aún si se quedan ahí, están leyendo”.

Martina cuenta con entusiasmo que su abuela le va a regalar unos libros. Julieta pide para su cumple Rayuela, de Julio Cortázar. Thiago pidió un libro para el Día de la Niñez. Juani empezó con Harry Potter y ahora nombra, con total naturalidad, que está leyendo a Gramsci. 

Entre un video de TikTok, una recomendación de un amigo, una fila en una feria y una novela abierta en la cama, el viejo hábito de leer sigue encontrando nuevas formas de sobrevivir.