La voz interior
Entre ecos que regresan del pasado y una lengua que respira monte y río, Una casa sola (Random House) despliega un universo donde la memoria, la violencia y la poesía se entrelazan en una narración de múltiples capas. Selva Almada construye una casa habitada por presencias —humanas y espectrales— que arrastran historias de explotación, desapariciones y luchas silenciadas en el litoral argentino. En esta entrevista, la autora recorre el origen fragmentario de la novela, su vínculo con la poesía y la tradición gauchesca, su paso por el taller de Laiseca y la forma de entender la escritura como un organismo vivo antes que una técnica. También reflexiona sobre la literatura “de provincias”, el trabajo colectivo, la memoria de la infancia y el compromiso político de narrar en un presente atravesado por la violencia y la desigualdad.
Los gurises fantasmales revuelven la casa que regresa al monte, cansada de hachazos y desapariciones. Iaiii, iaiiii, iaaaiiii, ya van ver cuando cuente de los fantasmas de los caudillos, los patrones, los milicos y los mensús, hijos de hijos de los luceros que se apagan sin que nadie importe en sus cuitas salvo las vistas y oídas por la lengua federal de Selva Almada, que las pesca antes que las cubra la marea de oscuridad y silencios que hicieron una Nación. O al menos el litoral de montes y cuchillas, de casas de adobe, ramas y luchas, amores y pesares, que tiñó Almada de gótico rioplatense en las brumas del Gualeguay y Serodino. Y, como siembra en la reciente novela Una casa sola, que son todas las casas de provincias que a pesar de las marchas y contramarchas siguen en pie, pedazos de presencias reales que nunca sacian su rabia, muestra Selva un camino para salir de esta lluvia necrogrotesca, hacia “ese despelote de estrellas que, en aquellos tiempos, se veían más cerca, moviéndose de un lado a otro como consumiéndose en sí mismas. La luna… ¡ah, la luna! Poniendo a retozar y a parir a las hembras del monte; preñando de lluvias al pobre Mosca, desvelándonos: un farol demasiado intenso en el que podíamos arder como polillas”. En el aura y el sonido del río y el monte.
La cuarta novela de la entrerriana, que se mueve en una escritura que más que significar arrastra varias voces, una cresta y rompiente de poesía que ya fluía en la Trilogía del Litoral o más conocida de los Varones, El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río, relatos arborescentes que suman elogiosas reseñas en el mundo y traducciones que van del inglés al chino. “De cierta manera la lírica figuraba en las ficciones anteriores, porque a mí me gusta mucho la poesía aunque no escribo poesía y mi primer libro, escrito recién pasados los veinte, fue en verdad el poemario Mal de muñecas (2003). Soy de los escritores que se hacen leyendo, ávida de poesía desde siempre, y realicé durante dieciséis años, con cientos de poetas participantes, el ciclo Carne Argentina junto a Alejandra Zina y Julián López. Para mí es inconcebible el narrador que no lea poesía, y al revés; algo que me enseñó una docente, Claudia Rosa, cuando me mudé a Paraná a estudiar primero Comunicación para periodismo, y luego, profesorado en Literatura. Y entre mis preferidas poetas se encuentra Estela Figueroa, de quien es el epígrafe de Una casa sola. Es del poema suyo “Construcciones”. Viendo la novela impresa –que nunca sé mientras escribo hacia dónde irán ni cómo terminarán–, lo que parecía más atenuado en No es un río, aquellos arrebatos líricos, acá toman mayor protagonismo. Incluso de La piel de caballo del poeta Ricardo Zelarayán robé alguna interjección para mis fantasmas del monte”, reconoce la autora que avanza página a página, a ritmo de enredadera, en el registro de la voz de esta casa que atestigua la podrida mano del hombre, esa que pelea contra la naturaleza y contra la suya propia.
—Me contabas que empezaste a escribir la novela en una residencia de escritores en Saint Nazaire, Francia, y que luego la dejaste un tiempo, algo que solés hacer. ¿Qué sucede en ese lapso?
—A veces entre una primera escena que aparece, que es mi manera de arrancar, y la escritura del libro, suele pasar un tiempo largo, a veces años, como en este caso. Mientras tanto no suelto la historia, estoy pensando cosas, pensando los personajes o los escenarios, o sumando nuevas lecturas. Entonces no escribo todo de un tirón sentada pero sigo persistente en contacto con eso que será novela o cuento, tampoco lo sé, pero que brota en el transcurso de la escritura.
—¿Cambió mucho Una casa sola desde los primeros borradores?
—Mi primera idea era hablar de una casa donde había pasado algo y que estaba abandonada. Pero me pareció demasiado experimental. Entonces iba escribiendo y aparece –no casualmente– esta familia de peones, perdidos en medio del monte y con un patrón oscuro, que no queda claro qué les pasa, junto a voces que vienen de otros lados y tiempos, humanas y no humanas. Supe enseguida que la novela estaría fuertemente atravesada por una idea de lucha de clases, o de los cuerpos humanos puestos al servicio de un patrón o caudillo. Esos gauchos y trabajadores rurales que viven el limbo inacabable de no importar a nadie parece, como sus hijos que terminan en guerras de otros sin pedirles mucha opinión porque son marginales, porque son pobres, simplemente arrebatados porque están ahí.
—Otras de las novedades para los lectores es que cambia la voz narrativa de la habitual tercera a la primera. ¿Sos de pensar la técnica antes de escribir?
—A mí la técnica no me interesa para nada. O sea, sí soy de trabajar, de reescribir mucho, sobre todo la primera escena, por lo general, o esas primeras escenas, hasta que aparece algo que me gusta, y que aparece un tono, que aparece una voz, la voz de la novela, pero no reparo demasiado en la técnica. Corrijo mucho, me encanta corregir, no me pesa para nada, pero la técnica es algo medio ajeno.
—¿Como los géneros?
—También los géneros, tampoco me interesan. Anteponer las cuestiones técnicas de la escritura me parece como separar los órganos de un cuerpo, y decir, ¿por qué esto funciona así en realidad? Así dudo que funcione un buen relato. Me gusta pensar los textos como sistemas orgánicos, imbricados lenguajes y perspectivas, con la posibilidad infinita del decir.
—Preguntaba por la técnica debido a que dentro de la literatura nacional es una problemática que se antepone a cualquier disputa estética, incluso sobre los argumentos.
—Es curioso eso. Hay muchos autores que trabajan a partir de la técnica, que hablan mucho de la técnica, que enseñan técnica. Yo no, soy un poco más orejona, je, para usar palabras regionales de la novela. Voy tocando de oído. Cuando daba los talleres, o dicto alguna charla para escritores, me piden que hable del personaje. Y no puedo hablar de eso, de la construcción narrativa del personaje, sin hablar de la trama, de la voz. Me cuesta mucho pensarlas separadas. Crecí leyendo libros de tramas fuertes tipo Wilbur Smith, las primeras publicaciones que compraba en el bazar de Echeverría –justo como Esteban, que con El matadero creo inaugura la literatura argentina– en Villa Elisa, y desde ahí me interesa que se haga algo, que se esté contando algo. Por supuesto me importa bastante cómo eso se cuenta, porque tampoco, digo como lectora, me enganchan con una buena historia pero mal contada. De todos modos, la trama, el argumento, importa.
Lai, el camino de los iniciados. En talleres o en su casa, Alberto Laiseca tenía un ritual de iniciación con los nuevos. Una consigna y que escriban lo que quieran. “No corregimos a los demás ni somos hipercríticos” escuchaba a diario Selva Almada –cita de su libro colectivo Laiseca, el Maestro. Un retrato íntimo (2025) publicado como “Chanchín”, el mote preferido del narrador y docente homenajeado, en colaboración con Rusi Millán Pastori, Guillermo Naveira, Sebastián Pandolfelli y Natalia Rodríguez Simón–. Recuerdos de los quince años que Almada compartió de alumna a mano amiga del autor de Los Sorias, en el otro gran salto que daría decidida a escribir viviendo en Buenos Aires al filo del milenio. Una bocanada de otros horizontes y la guía sin convenciones que “me abrió la puerta de contar cualquier cosa. Laiseca daba sus consignas absolutamente delirantes, puntas que no se me hubiesen ocurrido escribir, y sin embargo salieron a la par de los años de mis primeros cuentos y novelas. Lai llegó a leer los borradores de mis tres novelas anteriores, incluso un bosquejo de No es un río. Me sentí un poco rara que me faltaron sus observaciones y humoradas en la última, copitaza en mano, a diez años de su fallecimiento. Fue una práctica muy intensa con la escritura con Lai, de total hibridez, y con mundos que no eran los mundos que yo había transitado de lectora y de escritora”, refiere Almada que en 2005 debutaría en ficción con Niños, editado por la pública Universidad de La Plata.
—¿En qué más influyó esa experiencia?
—Entender que uno no escribe solo. Hay un mito alrededor de que la escritura es un oficio solitario. Ya en Paraná nos juntábamos con otros amigos que escribían y me acostumbré a mostrar mientras estoy escribiendo y a escuchar lo que opinan los otros. Después eso se fue afianzando con la experiencia de taller con Laiseca, y ahora comparto opiniones con mi editora Ana Laura Pérez de Random House y mi agente literaria. En la nueva novela, como repito veía que tenía más lírica que las previas, convoqué a Sonia Scarabelli, una gran poeta y amiga de Rosario, y le dije, “Sonia, ayúdame. Necesito que conversemos”, ja. También decidí traer una escena espectral de gauchos errantes en el espinal que habíamos escrito con Maximiliano Schoenfeld para su película Jesús López (2021), y que había quedado afuera por una cuestión de presupuesto. Me gusta compartir el proceso de escritura. Nadie escribe solo.
Historia y Prejuicio. Las aventuras indómitas de Selva Almada tienen algo nuevo para contar del paisaje y de la lengua desde un escritura que desestabiliza al lector, en el umbral de lo que se espera de literaturas de provincias. Puede ser entre camisas transpiradas, reverendos ruteros y vidas destempladas del meteorito que cayó en la literatura local en 2012, El viento que arrasa –First Book Award Festival Internacional del Libro de Edimburgo–, o la reversión sapucai y homoerótica de Montescos y Capuletos de Ladrilleros (2013), tan influyentes que tuvieron versiones desde óperas a teatro y cine, “contar historias de varones, que fue azaroso en todas las novelas, me sirvió para develar ciertos mecanismos de violencia, represión y dominio en la sociedad, junto a curiosear el honor o la traición entre los hombres, muy distinto en las mujeres”, enfatiza Almada. “Cuando empecé a escribir, todavía vivía en Paraná y organizaba ciclos de lecturas alrededor de la revista autogestiva Caelum Blue –NdR una constelación austral–, Héctor Tizón era un autor muy leído. Una vez, en una nota, él se autodenominó “escritor de provincias”. En plural. Siempre me gustó ese concepto, y cuando empecé a escribir, lo empecé a usar. Creo que es como algo muy de quienes somos provincianos, querer una reivindicación y separarnos un poco de los porteños”, señala la narradora de Una chica de provincia (2007), cuyos algunos cuentos luego serían republicados en la muy recomendable antología de ingreso al mundo almadiano, El desapego es una manera de querernos (2015), con la estela palpable de su original reinvención del imaginario rural.
—¿Qué sería la literatura de provincias?
—(Pausa) No sé si existe una literatura de provincias. Tampoco me imagino cómo reducirla a una estantería de librería. Más ahora que conozco mucho más de lo que conocía hace unos años. Y es que es una literatura súper diversa y a veces muy urbana, y a veces de género, y a veces no. Y no es que sale solamente porque se escriba fuera de Buenos Aires. Claro que por haber crecido en un lugar, o incluso estar trabajando en un paisaje durante mucho tiempo, la mirada que tenés está también atravesada por ese origen o por esa experiencia, esas voces, aquellos colores. Pero no necesariamente. Conozco muchos autores y autoras provincianos en que no hay marcas en su escritura que digas que es de Tucumán o de La Rioja. Y otros que se les nota más y me parecen muy folclóricos, muy regionalistas, y que no me interesan.
—Desde 2020 en compañía de las escritoras Natalia Peroni y Raquel Tejerina dirigís Salvaje Federal, que promueve el diálogo entre autores y autoras de distintas regiones de Argentina a través de la librería y acciones culturales. ¿En qué tuvo que ver tu mayor conocimiento de la literatura nacional a la hora de escribir?
—El concepto de la librería se lo di por mi relación con las ferias y los distintos lugares del país que voy visitando. Siempre traía libros y autores que me gustaban, y me daba cuenta de que era muy difícil conseguirlos acá. Ese fue el perfil inicial de la librería, al principio online en la pandemia, y que se fue ampliando a proyectos culturales más grandes como el Festival Salvaje desde 2022. Yendo a mi experiencia lectora, que insisto no elido de mi trabajo de narradora, me doy cuenta que conocía un 25% de todo lo que había en las rutas, y lo fui conociendo gracias a la librería. Estas realidades que empezás a conectar, las experiencias compartidas, vuelven a la escritura.
—Mencionamos a las gauchos errantes, que abren la nueva novela que estás presentando desde Buenos Aires a Atenas, y creo que esos discursos zombies de la gauchesca a la filtrada historia del Litoral hacen una interpretación histórico-poética del territorio, a la manera de Juan L. Ortiz o Juan José Saer. ¿Te documentaste con material sobre la historia entrerriana o los poemas de Hilario Ascasubi o José Hernández?
—De la gauchesca más que nada para armar las voces de los personajes. Volví a releer los clásicos y, en simultáneo, me puse a indagar cómo habían matado a (Justo José de) Urquiza: un detalle tonto, pero que a mí me atrapó, y a partir de ahí armé la escena, que fue que lo habían asesinado al atardecer mientras tomaba mate y conversaba con el administrador. Además leí ¡También en la Argentina hay esclavos blancos!, la imprescindible investigación de Alfredo Varela de 1941, que habla del camino de la yerba y la concreta situación en la que pueden desaparecer los trabajadores rurales, y recordé un caso en el que desapareció una familia entera de campesinos en los dos mil, de mis pagos, sin que nadie dé explicaciones o se sepa algo de ellos.
—Acá aparece La Tata, la madre de Lorena Lucero, esposa del mensú Damián y madre de cuatro hijos, quien busca a su hija enfrentándose a los milicos panza llena de asados del patrón.
—La Tata está directamente inspirada en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Y un poco más recientemente en las Madres Víctimas de Trata, ejemplos como la madre de Marita Verón, mujeres que tal vez sin recursos, muchas veces, empiezan a hurgar, a reclamar, a exigir, y mueven, de vez en cuando, un poquito la maquinaria en la búsqueda de las personas que no están. Me sorprende mucho cuando viajo por el país, por las pantallas de las terminales, la cantidad de personas desaparecidas en democracia.
—¿Qué retorna de la infancia pueblerina en sus ficciones?
—Hace 25 años que vivo en Buenos Aires y de algún modo siempre estoy volviendo ahí. En esos primeros diez o doce años, donde mi abuela me enseñó los nombres de las plantas, o donde tenía algún tipo de relación sin interferencias con los animales. Sí, es extraño, pero siempre estoy volviendo. Tengo muy buena memoria para lo que oí. Por eso cuando empiezo a armar el lenguaje de la novela, empiezan aparecer palabras que quizá no escuché nunca más desde que era chica, pero que siguen resonando en mi cabeza. O alguna que escuché una sola vez a alguien, y sin embargo me llamó la atención, y también quedó almacenada.
Mi abuelo paterno, paisano muy humilde de campo, era un excelente contador de historias. Íbamos con mis hermanos y mi primo en los veranos a su casa, sin luz eléctrica, sin televisión, sin nadie alrededor, y nos contaba pipa en la diestra cuentos de aparecidos, de ánimas, de basiliscos y de leyendas indígenas y criollas.
Crónicas de tiempos violentos. Retornando. Retornando al monte. Ese es el tensado arco de Una casa sola que Selva Almada, ganadora del italiano Premio IILA por No es un río en 2023, escuchón desde mediados del siglo XIX al nuevo milenio destruido por la cruenta deforestación propiciadas por los salvajes grandes sojeros. “Pretendía que en el relato de la casa la crisis del litoral y chaqueña se trasluciera: las máquinas que empiezan a reemplazar el trabajo manual en el campo, las personas expulsadas a la ciudad y la llegada arrolladora de la soja”. Selva no esconde el cuerpo ni la palabra, esa que defendió en la última apertura de la Feria del Libro, “si desde el poder se es tan descuidado con el lenguaje, con ese desprecio y esa oscuridad, entonces todo el resto de la sociedad se siente habilitado para hablar con ese desprecio. La lectura es un derecho, pero la educación está desmantelada. Los sueldos de los docentes son miserables y todo eso vulnera el derecho a la lectura de niñas y niños”; ni en los quincenales “Apuntes de viaje” de este suplemento de PERFIL, donde hace unas semana anticipó, con esa esperanza que aún se sueña en los márgenes, en los abrazos en taperas, aulas y calles, “vamos a salir de esta lluvia, vamos a salir de esta lluvia. En el fondo, extraño estar de nuevo en las calles, el subte explotando de pañuelos verdes y naranjas y violetas, el glitter, las amigas, quedar en un bar antes y después, estar juntas y saltar porque la que no salta, los cantitos, las tetas al aire, el puño levantado. En junio se cumplen diez años del primer Ni una menos, hay que ir calentando los motores, pienso, aceitando las rodillas para marchar y saltar y bailar las calles ¿no, amigas? Y así que mueren más hombres que mujeres. Y así que no existe el femicidio. Y así que los gais abusan de sus hijes. Y así que todo culpa del wokismo. Empiecen a correr, fachxs”, cierra la autora de la no ficción Chicas muertas (2014), que expuso los femicidios de Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sara Mundín en los ochenta.
—¿Te pensás parte de una literatura feminista?
—Soy escritora, soy feminista, ambas son parte de mi vida, y para mí Chicas muertas me marcó un antes y un después. No me molesta el título. Mis novelas creo, por otro lado, se pueden leer en esa clave. Totalmente. De todas maneras estoy muy atenta al panfleto. Ahora que se hable de escritura feminista, o escritora feminista, no me molestaría si no me englobaran con gente que primero va a la etiqueta antes que la obra. A veces me ha pasado siendo jurado de concursos que es claro primero la intención de ser una escritora feminista y después viene la escritura. A eso no me interesa pertenecer.
“Ahora estoy elaborando un glosario para los traductores porque en este nuevo libro es un poco más complicado, un lenguaje más de fronteras, pero esas traslaciones me interesan porque puedo sentir la experiencia lectora en otras ciudades extranjeras, y compartir la universalidad que pretendo en mis historias de provincias. Y escuchar las preguntas de cómo sobrevivimos”, ríe Almada, en el mosquitero incrustado ese cuento de Fogwill “Camino, campo, lo que sucede, gente”, y expande en los días que el odio reduce, “todos afuera preguntan sobre la situación argentina, algunos con fascinación, otros con espanto, preguntan cómo pasó, preguntan qué va a pasar. Y no me incomoda responder porque sostengo el compromiso del escritor con la realidad. Me parece que hoy en día tener la atención de un grupo de personas es un privilegio, pararme en la vereda de enfrente, y decir todo lo que pienso de este gobierno”. Palabras justas en la literatura de Selva Almada, en el derrumbe del mito blanco y machista de la Argentina, donde refulgen las palabras salvajes y preciosas de Mary Oliver, “al fin y al cabo, –las palabras, esas palabras– son sino fuegos para el frío, cuerdas tendidas a los perdidos, algo tan necesario como pan en los bolsillos del que tiene hambre”