Entrevista a Alberto Fuguet

Los silencios que hacen de la vida una tragedia

En “Ushuaia (un destino melodramático)”, su nueva novela, el escritor chileno Alberto Fuguet construye una historia atravesada por el suicidio, los secretos familiares y el peso de las palabras que nunca llegan a pronunciarse. A través de múltiples voces, documentos y relatos, reconstruye los vínculos entre una madre argentina, su hijo adolescente y un tercer personaje que también enfrenta el costo de revelar su identidad. En diálogo con PERFIL, Fuguet reflexiona sobre la escritura como forma de construir una identidad y las consecuencias de vivir bajo la mirada de los otros. Además, reivindica el melodrama y la cultura pop como territorios literarios capaces de explorar el dolor, la pérdida y las emociones que la sociedad obliga a callar, y defiende una literatura que no busque agradar, sino poner en palabras aquello que incomoda.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Callar o no callar, esa es la cuestión. Sobre todo para Leticia y Bruno, los personajes de Ushuaia (un destino melodramático), del autor chileno Alberto Fuguet, quien estuvo de visita en la Argentina para promocionar su nueva novela (TusQuets). La historia, en parte inspirada en un hecho real, se centra en aquellos dos –madre soltera y argentina; hijo adolescente chileno con una gran pasión por la escritura– y sus modos de vincularse en los que habrá menos luces que sombras. La más oscura de ellas está en el comienzo de la obra: el suicidio de Bruno. No obstante, a través de una multiplicidad de perspectivas –Fuguet no trabaja con un narrador tradicional, sino que integra distintas voces mediante cuentos, entrevistas, notas periodísticas, blogs y más–, la novela construye retrospectivamente la vida de ambos: ¿quién era Leticia para Bruno? ¿Por qué abandonó la Argentina para vivir y parir en Chile? ¿Quién era Bruno para Leticia? ¿Qué posibilidades encontró en las palabras para crear y comprender su lugar en el mundo?

Con más preguntas que respuestas, el texto se convierte en una investigación policial acerca de la muerte de Bruno. Sin embargo va más allá del género y revela una potencia que, ciertamente, aparece entre líneas. “Como en la realidad, al final todos saben o todo se sabe, pero en este caso no todos están preparados. No me cabe duda de que poner las cosas en palabras es clave. Libera, pero requiere de valentía”, comentó el autor en diálogo con PERFIL. Y agregó: “Ahora bien, una cosa es que los personajes no digan aquello que es clave (a pesar de hablar mucho) y otra es que el lector no sepa. El lector sabe y eso, creo, transforma todo en una tragedia, porque no articular es una opción, pero eso viene con un costo”. En ese sentido, hay otra figura que también interviene en la trama para generar más dudas y especulaciones: Facundo. Para él, como Leticia y Bruno, no será fácil vivir con frontalidad. “Esto de ‘no se puede decir’ es quizá una de las grandes falacias. No es que no se puede hablar de ciertos temas, lo que sucede es que hay consecuencias. Algo malo puede suceder o cambiar tu rol en la familia o en la sociedad. Facundo va a pasar de ser el príncipe puntano al trolo del pueblo. Debe elegir. El tema no es tanto decir las cosas (‘mamá, soy gay’), sino cómo esas palabras son usadas o procesadas por los otros. Cada uno sabe lo que es, lo que le ha sucedido, pero no todos están dispuestos a que el resto lo sepa. Es feroz que algunos tengan que callar o sientan que deben callar”, reflexionó Fuguet acerca de los vínculos entre estos tres personajes, y el peso de las miradas y relatos que los demás fabrican sobre ellos. 

Por su parte, Bruno intenta encontrarse a través de sus escritos, y aunque no logra salvarse, tal vez haya dejado la posibilidad de que alguien lo haga por él. El autor señala que Bruno, cuando no narra, tiende a mostrarse perdido. Es justamente en la escritura donde se construye no solo una subjetividad, sino una existencia, aunque en el arte –dice el chileno– nunca faltan tensiones: “Bien usada, la literatura es peligrosa. Por eso hay tantas obras que llenan páginas, sin decir cosas duras o reales. Muchos escriben para ser queridos y, en el proceso, no cuentan todo lo que podrían. Existe la autocensura woke, la autocensura para querer vender o ser premiado o ser considerado un chico bueno. Yo no soy un chico bueno. Espero ser, humildemente, peligroso”. En las palabras de Bruno el lector puede acercarse un poco más a todo aquello que lo atraviesa: sus deseos, frustraciones y, acaso, los peligros de no hallar sentidos. Fuguet, en comparación, afirmó: “Es una manera de existir. Yo, sin dudas, he pasado todo por la escritura, porque fue y es una forma de conocerme, de armarme, de entender y crear una identidad que se pareciera a lo que tenía por dentro”. 

La libertad de ser y elegir, sin dudas, es uno de los grandes temas que aparecen en la obra. Jean-Paul Sartre ya decía que “lo importante no es lo que hacen de nosotros, sino lo que nosotros mismos hacemos de lo que han hecho de nosotros”. Es decir, a pesar del pasado, somos libres y responsables para decidir qué hacer con las circunstancias que nos tocaron vivir. Por supuesto, las oportunidades no siempre son las mismas, y las condiciones históricas, materiales y culturales también introducen sus complejidades. En este aspecto, la mirada de Leticia hacia el futuro y la de Bruno hacia el pasado pueden ser ejemplos para repensar, al menos, en qué medida podemos acercarnos a cierta libertad. “Lo bueno de Chile es que es un país al que no le interesa el pasado. El pasado lo borran, lo demuelen, lo desaparecen”, dice Leticia, quien abandonó su casa familiar en Argentina donde sí parecen recordar. Con todo, hay un norte en su vida que resulta ser el sur: Ushuaia, el fin del mundo, un horizonte donde todo se desvanece, pero a la vez da paso a una promesa de reinvención, de nuevos comienzos, “de no tenerle miedo al corazón ni a los sentimientos”, como dijo Fuguet. De allí su particular atención al melodrama, en tanto forma de mostrar las emociones que los protagonistas no consiguen expresar sin un determinado tamiz personal. Apoyado en el legado de Manuel Puig, que hizo del melodrama y de la cultura popular materiales legítimos de la literatura, el chileno subvierte el género para configurar un archivo polifónico sentimental, lejos de toda polaridad moral: “Me interesa usar el género o el término ‘melodrama’, a veces entendido como algo despectivo, para darlo vuelta y empoderarlo. ¿Cómo se puede hablar de dolor si no está ligado a las emociones? ¿Qué es la pérdida si no está en relación con lo que se siente? Este libro no es intelectual, es pop, porque el pop enfrenta todo. Por eso esta novela desea ser experimental, melodramática, de personajes, pero sobre todo, de vocación popular. Mi meta es que la puedan leer las Leticias, los Brunos, los Facundos del mundo”.