Como poeta, Alberto Girri fue inasible. Una especie de barroco del hueso, escribió Basilio Uribe sobre su labor de años, para señalar ese luga r tan particular que Girri ocupó como nadie. En ese particular barroco liso y blanco de hueso, aparecía algo del puente entre el objetivismo y el barroco que el poeta pudo levantar para eludir todas las parcelas de la tradición argentina. En su obra, lo visual queda sin anécdota y la lírica se despoja de lo superficial. Esto la vuelve singular y casi única.
Borges, sin corresponder la admiración que le profesaba Girri, le habría dicho en una conversación telefónica a Bioy: Su poesía es una poesía que uno olvida, a medida que lee. De ahí su complejidad, pero también su verdad: Girri era un poeta que limpiaba todo hasta hacer de la poesía un hacerse a sí mismo, al precio de que se la olvidara. Acá se puede ubicar la reciente compilación de sus notas periodísticas y ensayos recogidas en El motivo es el ensayo. El poeta que se hace a sí mismo a través de la poesía, despojándola de todo lo superfluo, tiene muy en claro su labor de lector.
¿Cómo lee Girri, entonces? Al pasar por los diversos textos recogidos, se podría decir que el poeta encuentra en cada autor y sus textos algo así como una piedra. Lo que hace es levantarla del piso e indagar a fondo qué hay debajo de ella. Cuál es el mundo, personal e impersonal, que vive bajo ese nombre. Por esto, al escribir sobre Nicanor Parra, avisa que acaso lo que importa es dar con ese punto o centro, columna vertebral desde la cual se irradia la poesía del poeta que leemos.
De esa manera, Girri encuentra en H. A. Murena las marcas esenciales de la altanería y el sentimentalismo que forjaron la literatura argentina. En Silvina Ocampo, una dosis de impersonalidad que hace al misterio de su persona y obra. En Ricardo Molinari, el amor. Y en su tan admirado Carlos Gardel, la superioridad moral de su propia existencia como artista.
Girri como lector se preocupa por lo que hay en los nombres y las obras. Su método pertenece al empirismo de origen británico. De ahí su afinidad con la poesía inglesa y norteamericana. Pero sus ataques a la generación beatnik son precisos. Todos esos ruidos y morisquetas que caracterizaron a Ginsberg, Kerouac, Ferlinghetti y Corso, en la mirada implacable de Girri, no fueron lo suficientemente irrespetuosos. En el fondo, allí no había más que el exhibicionismo más pedestre. Frente a estos, además de su predilección por Stevens y Eliot, Girri recupera otros poetas estadounidenses menos conocidos en aquellos años como Philip Lamantia, Yvor Winters y Marianne Moore.
El motivo es el ensayo toma su nombre de la tercera parte del Lo propio, lo de todos (1981), donde el autor había escrito una serie de meditaciones poéticas en prosa, algunas incluidas en esta compilación. Esa metapoesía precisaba, por ejemplo, mal síntoma. Que el poema se deje ver en una ojeada. Lo cual ya es toda una posición de lectura: solo los malos poemas se recuerdan en una ojeada.
El motivo es el ensayo
Autor: Alberto Girri
Género: ensayo
Otras obras del autor: Trama de conflictos; Lírica de percepciones; Recluso platónico Editorial: Seré breve, $ 28.000