Plegarias rotas para un dios ausente
“Leche negra del alba” es una metáfora del poema “Fuga de la muerte” (Todesfuge), escrito entre 1944 y 1945 por Paul Celan, que se considera una imagen pregnante del horror de los campos de concentración nazis. Se alude a ella en uno de los poemas –minimalistas, se diría, acaso– del nuevo libro de poesía de Ricardo Ruiz (1953). También en el mismo poema, en la parte final (la séptima), se evoca el “momento de peligro” que advierte Walter Benjamin en Tesis sobre el concepto de historia (1940). El título de la composición, “Qohélet”, es una palabra hebrea que significa “el que convoca a una asamblea”, traducida como Ekklesiastes (del griego ekklesia, asamblea), de donde deriva el nombre del libro Eclesiastés del Antiguo Testamento, citado en el epígrafe. Del conjunto, solo otro poema lleva título, el que le precede, “Saló/Ostia”, que hace referencia tanto a Saló o los 120 días de Sodoma (1975) de Pasolini –adaptación de la obra de Sade a la República de Saló, el último refugio del fascismo– como al sitio donde Pasolini fue asesinado.
Dicho de otra manera, este segmento cifrado entre las páginas 30 y 41, no solo se destaca porque es el único titulado (el resto flota sin señas de identidad) sino en cuanto se halla más o menos en el centro “físico” del libro y, además, en el corazón “metafísico” de una obra que bien podría catalogarse –tentación de editores, libreros y lectores dogmáticos– como “poesía política” tout court, salvo que hay algo que lo impide. Y eso, a pesar de todas las remisiones políticas, y algunas explicitas, lo constituye un sentimiento de trascendencia de índole –para decirlo según el concepto benjaminiano– “mesiánico”. Sin embargo, hay que evitar las interpretaciones vulgares. Más bien, bajo esa atmósfera, la poesía de Ruiz se teje en la vivencia del “tiempo de la espera” indefinida (y, por igual, de esperanza) de la redención del mundo en “un instante de peligro”. Este, por otra parte, como en un bucle transhistórico, se manifiesta en la forma del retorno sombrío y amenazante del oprobio y la desolación, de la inhumanidad y la injusticia.
En suma, todo sucede, a través del enervamiento de la aliteración y el hipérbaton, sobre la planicie árida de la “acumulación originaria permanente” (p. 15), donde solo sobrevive (y con ello, el poeta) el cielo, la noche, los árboles, las piedras, la arena, el río, el viento, calles, una radio antigua, un viejo mueble, las fuerzas elementales de la tierra. Por esto –es decir, debido a esa depredación por la que transita el “tiempo de la espera”– los poemas de Ruiz se parecen a plegarias rotas dirigidas a un dios ausente, a invocaciones o conjuros de una espiritualidad profana que clama en el desierto y exige (con frecuencia, perentoriamente) la revuelta, impedir el saqueo y la pérdida del sentido. Por supuesto, un poema se escribe con palabras, pero también de silencios, decía Roberto Juarroz. En realidad, en la lírica de Ruiz, esa es la otra parte de la trama escrita, el borde mudo de lo que resuena y no calla.
Parte de la trama
Autor: Ricardo Ruiz
Género: poesía
Otras obras del autor: Racimo; Huesos de otros vientos; Husos del no
Editorial: Barnacle, $ 40.000
También te puede interesar
-
Escribir contra la muerte
-
Páginas marcadas
-
La Argentina como enigma: el legado de Halperin Donghi
-
Los silencios que hacen de la vida una tragedia
-
Anita y los nazis
-
El efecto mariposa: cómo los pequeños gestos pueden cambiar la vida de los demás
-
Un detector de IA vuelve a poner bajo sospecha a otro escritor premiado
-
No hacer escuela
-
Primero las damas