el gran desembarco

Quedó oficialmente inaugurada la librería Feltrinelli de Montevideo

La histórica peatonal Sarandí de Montevideo sumó un nuevo capítulo a su vida cultural con la llegada de Feltrinelli, la emblemática cadena italiana que abrió en esa ciudad su primera librería fuera de Italia. Con más de 60.000 títulos y sede en el restaurado edificio Pablo Ferrando, el desembarco combina historia editorial, diplomacia cultural y la apuesta de que, incluso en la era de las pantallas, los libros todavía convocan comunidad.

Reunión cumbre. El editor Carlo Feltrinelli saluda a la poeta uruguaya Ida Vitale, de 102 años. Foto: natalia rovira

Montevideo se despertó el viernes 27 con una escena propia de otra geografía. No de la que conocen los que viajan por trabajo o por la playa en enero, sino de una geografía del espíritu: libros. La histórica peatonal Sarandí, esa arteria que fue testigo de marchas, ferias callejeras, multitudes carnavaleras y silencios de domingo, recibió en su corazón al gigante italiano de los libros: Feltrinelli, la emblemática cadena que por primera vez sale de Italia y se instala en América Latina.

No fue un acontecimiento cualquiera. Fue, para los que creemos que los libros no son objetos sino urgencias, una especie de resurrección. No solo porque se abrió una librería donde antes hubo otra –la recordada Puro Verso–, sino porque se recuperó un símbolo: el edificio Pablo Ferrando, construido en 1917 para ser sede del primer instituto óptico del país, el más grande de toda Latinoamérica en su momento, con su art nouveau majestuoso y salones que parecen salidos de otra era, restaurado ahora como templo del papel impreso y del arte de la conversación, seis niveles de 260 metros cuadrados.

Pero antes del corte de cintas y de los brindis públicos, hubo una escena más discreta y más elocuente. Ese viernes por la noche se celebró una recepción que reunió a unas doscientas personas. Fue la antesala diplomática y cultural de la apertura, el momento en que la palabra desembarco dejó de ser una metáfora. Allí estuvieron las máximas autoridades del grupo: Carlo Feltrinelli, presidente de la compañía fundada por su padre –y autor de uno de los libros más importantes para entender a la Italia de los años 70: Senior Service, una pretendida biografía sobre su padre que creció y se expandió hasta convertirse en el libro que mejor retrata los años de plomo–, y Alessandra Carra, directora general. También participó Massimiliano Tarantino, director de la Fundación Giangiacomo Feltrinelli, custodio de una tradición editorial que publicó a autores latinoamericanos cuando todavía eran promesas y no estatuas, el mismo que lanzó al mundo Doctor Zivago, de Boris Pasternak, la novela que el poeta ruso no había podido publicar en su propio país y que le valió la obtención del Premio Nobel en 1958, que se vio obligado a rechazar, y El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, la gran novela italiana, póstuma, que nadie se atrevía a publicar.

El proyecto local tiene nombres propios: Alejandro Lagazeta, de la librería montevideada Escaramuza; Juan Castillo Marianovich, otro de los fundadores de la mítica Puro Verso; y Pablo Braun, editor y librero de la porteña Eterna Cadencia y hoy socio en la capital uruguaya de Escaramuza, socios que apostaron a que Montevideo podía ser algo más que una plaza nostálgica, una Buenos Aires anacrónica. Apostaron a que podía ser un puente. Entre los invitados del viernes figuraron autoridades del gobierno uruguayo: el ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía; el ministro de Turismo, Pablo Menoni; y la presidenta de la Suprema Corte de Justicia, Doris Morales. Desde Italia llegó el diputado Fabio Porta, representante de los italianos en el exterior, Livia Raponi, directora del Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires, y Sandro Capelli, que ostenta el mismo cargo en el Instituto Italiano de Cultura de Montevideo. Hubo además parlamentarios uruguayos, subsecretarios, representantes de la colectividad italiana y figuras de la cultura y la sociedad civil, periodistas, curiosos y los más importantes, los simples lectores. Y la presencia angelical, mágica, de Ida Vitale, la poeta y traductora uruguaya de 102 años, que a su modo bendijo la apertura, y a quien estuvieron dirigidos los aplausos más intensos y auténticos de la velada.

Uno a uno, los responsables fueron tomando el micrófono para decir lo que debían, lo que tenían en el corazón, para saldar una deuda de amor y agradecerse unos a otros la participación en el proyecto. Carlo Feltrinelli, cuando le llegó el turno, leyó un breve discurso en español: la historia de la editorial y la cadena de librerias Feltrinelli (más de 120 en toda la península) alcanza su cima con un acontecimiento de gran valor simbólico, “una nueva aventura que afrontamos con el espíritu que siempre ha caracterizado nuestras actividades: la convicción de que generar utopía depende en gran medida del mundo de los libros. La calidad democrática de este país nos ha contagiado y haremos todo lo posible por estar a la altura, proponiendo no solo una librería sino un espacio que aspira a convertirse en un verdadero nodo cultural, un lugar donde siempre sea un placer encontrarse”.

La escena –copas en alto, discursos medidos, sonrisas diplomáticas– podría parecer un ritual más. Pero había algo distinto: la sensación de que, en tiempos de pantallas ubicuas, abrir una librería es un gesto casi contracultural. Porque no se trata solo de vender libros, sino de afirmar que la conversación lenta todavía tiene sentido.

Cuando hace tres semanas las puertas del edificio Ferrando se abrieron al público, el gesto privado de ese viernes ya había encontrado su traducción popular. Más de 60 mil títulos distribuidos en dos plantas, secciones en español, inglés e italiano, espacios para presentaciones, café y vinilos. Un lugar pensado no como depósito sino como plaza cubierta.

Feltrinelli, que desde 1954 construyó en Italia una red de más de cien librerías y un catálogo que acompañó las transformaciones políticas y literarias del siglo XX, no llega a Montevideo como franquicia anodina. Llega con su historia a cuestas. Y Montevideo, ciudad de cafés interminables y lectores obstinados, parece haber entendido el guiño.

Hay algo casi simbólico en que la primera sucursal fuera de Italia no esté en una megalópolis ruidosa sino en esta capital que vive a su propio ritmo. Como si el grupo editorial hubiera elegido un lugar donde todavía es posible hojear sin apuro, discutir sin estridencias, disentir sin espectáculo.

Esa noche de viernes se tendió un puente cultural que atraviesa el Atlántico. Un puente hecho de papel, tinta y voces. Y en tiempos donde todo parece efímero, la simple obstinación de abrir una librería adquiere un peso específico inesperado. Quizá dentro de algunos años la inauguración sea apenas una anécdota protocolar. Y aunque nadie lo proclame en voz alta, este desembarco tal vez signifique un primer paso que continuará con la apertura de más librerías Feltrinelli en otras ciudades de Latinoamérica. 

Pero el viernes 27, en Montevideo, una cosa fue clara: la confirmación de que los libros, contra todo pronóstico, siguen encontrando una casa donde vivir.