En la noche del 20 de mayo de 1892, el cazatorpedero ARA Rosales, una de las naves más modernas de la escuadra argentina, sucumbió ante un temporal feroz en el Océano Atlántico. La embarcación se dirigía hacia España para participar en los festejos por el cuarto centenario del descubrimiento de América. Sin embargo, una tormenta eléctrica y un oleaje desmedido en la zona del Banco Inglés, cerca de la costa uruguaya, sellaron su destino final.
El Rosales no navegaba solo; formaba parte de una división naval que incluía al crucero Veinticinco de Mayo y al Almirante Brown. La violencia del clima separó a las naves, dejando al cazatorpedero vulnerable ante las filtraciones de agua que comenzaron a inundar las salas de máquinas. A pesar de los esfuerzos desesperados de la tripulación por achicar el agua manualmente, los fuegos de las calderas se extinguieron, dejando al buque sin propulsión.
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El capitán de la nave, Leopoldo Funes, dio la orden de abandonar el barco cuando la inclinación de la cubierta hizo imposible cualquier maniobra de salvataje. En medio de la oscuridad total y el rugido del viento, se procedió al descenso de los botes salvavidas. Este momento daría inicio a una serie de relatos contrapuestos sobre lo que realmente sucedió en las balsas durante las horas de deriva en el mar abierto.
Uno de los episodios más recordados por la historia naval es el sacrificio del oficial de guardia, quien decidió permanecer en su puesto para asegurar que los demás pudieran evacuar. El orden en el abandono fue precario debido a la rotura de varios pescantes por la fuerza de las olas. Solo dos embarcaciones menores lograron alejarse del casco del Rosales antes de que este desapareciera definitivamente bajo la superficie marina.
Relatos de supervivencia y el juicio histórico sobre el naufragio del Rosales
La tragedia cobró la vida de cincuenta personas, incluyendo oficiales, suboficiales y marineros que no lograron alcanzar las balsas. Los pocos sobrevivientes que llegaron a la costa uruguaya días después relataron escenas de angustia extrema y sed persistente. La noticia del hundimiento conmocionó a la sociedad de Buenos Aires, que seguía con desesperación las listas de desaparecidos publicadas en los diarios de la época.
El historiador naval Arguindeguy menciona en sus crónicas que el hundimiento del Rosales puso en tela de juicio los protocolos de seguridad de la joven marina de guerra. Según sus investigaciones, la estructura del buque, diseñado para aguas europeas, no era la más apta para enfrentar las tormentas del Atlántico Sur. Esta falla técnica, sumada a errores en la estiba del carbón, habría acelerado la inestabilidad de la nave.
Tras el rescate de los náufragos, se inició un consejo de guerra para determinar las responsabilidades del comando del buque. El capitán Funes enfrentó acusaciones sobre la prioridad dada a los oficiales en los botes, una controversia que dividió a la opinión pública argentina durante años. Los testimonios de los marineros sobrevivientes fueron cruciales para reconstruir los últimos minutos de la embarcación antes de hundirse.
El heroísmo también tuvo nombre propio en la figura del maquinista que bajó a las zonas inundadas para intentar reactivar las bombas de achique. Aunque su esfuerzo fue en vano frente a la masa de agua, su gesto es recordado en la Escuela Naval como un ejemplo de vocación de servicio. Estos actos de valor individual contrastaron con el caos organizativo que caracterizó la evacuación final bajo la tormenta.
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El impacto cultural de la tragedia fue tal que inspiró obras literarias y poemas que buscaban dar sentido al dolor de las familias de los marinos. El cementerio de la ciudad de Montevideo recibió a los primeros cuerpos recuperados, convirtiéndose en un lugar de peregrinación para los camaradas de armas. La solidaridad entre las armadas de Argentina y Uruguay se fortaleció durante las tareas de búsqueda de restos.
Investigaciones posteriores sugirieron que la falta de comunicación inalámbrica, tecnología aún no disponible en 1892, impidió que el resto de la flota acudiera en auxilio inmediato. El Rosales desapareció en un "punto ciego" del Atlántico, a pocos kilómetros de la seguridad de la costa, pero completamente aislado por el clima. La tragedia impulsó la modernización de los sistemas de señalización y salvamento costero en la región.
Hoy en día, el nombre del ARA Rosales ha sido heredado por otras unidades de la Armada Argentina para honrar la memoria de quienes perecieron en cumplimiento del deber. Los restos del naufragio original permanecen en una zona de difícil acceso arqueológico debido a las corrientes y el sedimento acumulado. El hundimiento sigue siendo un capítulo sombrío pero esencial para comprender la evolución de la navegación en el país.
La memoria colectiva sobre el Rosales oscila entre el reconocimiento a la bravura de su tripulación y el análisis crítico de las decisiones de mando. Cada aniversario del naufragio, se realizan ceremonias en memoria de los caídos, recordando que el mar no perdona errores técnicos ni humanos. La historia del cazatorpedero es un recordatorio permanente de la fragilidad de la tecnología frente a la potencia de la naturaleza.