Opinión

Un nuevo sentido de la novela

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La Naturaleza no tiene contornos, pero la Imaginación sí.

William Blake, El fantasma de Abel

La imaginación es el núcleo del deseo; actúa en el corazón de la metáfora; resulta esencial para la actividad de la lectura y de la escritura. En la poesía lírica arcaica de Grecia, estas tres trayectorias se intersecaron, quizá de manera fortuita, y la imaginación transcribió en el deseo humano unos contornos más hermosos (según piensan algunos) que ningún otro, anterior o posterior. Hemos visto qué forma tomaron esos contornos: cuando escribían sobre el deseo, los poetas arcaicos hacían triángulos con las palabras. O, para decirlo con menos brusquedad, representaban situaciones que debían incluir dos factores (amante, amado) con tres términos (amante, amado y la distancia entre ellos, bajo la forma que fuere). ¿Son estos contornos tan solo un fetiche de la imaginación lírica? No: hemos observado la preocupación de autores de tragedias y poetas cómicos y epigramistas por la amargura y la dulzura simultáneas del deseo; hemos descubierto las raíces de esta idea en la Afrodita de Homero; hemos visto a Platón darle la vuelta al problema. Hay algo esencial a Eros en todo esto.

Los poetas líricos captaron los contornos de Eros con una agudeza súbita y lo dejaron por escrito. “¿Qué desea el amante del amor?” es la pregunta a la que nos condujo la evidencia lírica. Pero ahora tendríamos que considerar el problema desde otro lado, ya que la naturaleza de la evidencia lírica no puede separarse del hecho de su transcripción, y ese hecho sigue siendo un misterio. Quiero decir con esto que los poetas líricos constituyen un caso límite, viviendo como vivieron en el primer arrebato de actividad literaria que siguió al alfabeto, encargados como estaban de componer poemas líricos para que se representaran de forma oral o pública, aunque de alguna forma también se ocuparon del registro escrito de esos poemas. Son poetas que exploran el límite entre el procedimiento oral y letrado, que sondean con atrevimiento para averiguar qué clase de cosas son escribir, leer, qué puede llegar a ser la poesía. El planteamiento no es fácil. Quizá sea esa la razón por la que sus poemas son tan buenos. En todo caso, el planteamiento se fue volviendo gradualmente más fácil a medida que se extendió la alfabetización por todo el mundo griego y se desarrollaron nuevos géneros de expresión para cubrir sus exigencias. Echemos un vistazo al más influyente de esos géneros, que evolucionó expresamente para deleite de escritores y lectores. Superpongamos a la pregunta “¿qué desea el amante del amor?” las preguntas “¿qué desea el lector de la lectura?” y “¿cuál es el deseo del escritor?”. Las novelas son la respuesta.

“Voy a contar una historia de amor”, dice el autor griego Caritón al comienzo de su Quéreas y Calírroe, el primer ejemplo existente del género que llamamos novela o novela romántica. La novela fue desde el principio una literatura escrita, que floreció en el mundo grecorromano a partir del siglo III d.C. aproximadamente, cuando la propagación de la alfabetización y el comercio pujante del libro crearon una amplia audiencia popular. Nuestros términos novela y novela romántica no son un reflejo del nombre antiguo del género: Caritón se refiere a su trabajo como erotika pathemata o “sufrimientos eróticos o amorosos”. Son historias de amor que, por lo general, requieren que el amor sea doloroso. Las historias se cuentan en prosa y su objetivo aparente es entretener a los lectores.

 * Fragmento de Eros, dulce y amargo,  Lumen. Traducción de Inmaculada Concepción Pérez Parra.