libro

El lente planetario

Decisiones que altera el equilibrio global.

Foto: juan salatino

Jorge Argüello nos ofrece en esta oportunidad un libro que podríamos definir como urgente. Urgente por dos motivos. Por un lado, por el hecho de que el mundo está atravesando una coyuntura crítica en la que los principales rasgos y dinámicas que han caracterizado por muchas décadas el sistema internacional están resquebrajándose y se reconfiguran de modo vertiginoso y de manera decisiva. Estamos asistiendo, muy posiblemente, a lo que con agudeza vislumbraron los autores del libro The Shock of the Global: The 70s in Perspective (editado por Niall Ferguson, Charles Maier, Erez Manella y Daniel Sargent)  que identificaron un conjunto múltiple, complejo y superpuesto de transformaciones singulares que derivaron, a partir de los años setenta, en un viraje notable de la política mundial. Ese turning point de hace medio siglo hoy parece cristalizarse mediante mutaciones elocuentes que estamos intentando descifrar. 

Por otro lado, la urgencia radica en la importancia que tienen miradas alternativas, novedosas, incluso arriesgadas sobre el estado de situación y sus tendencias. Ya no es patrimonio de los estudiosos del Norte la interpretación acerca de lo que sucede, qué es lo primordial y hacia dónde nos dirigimos. Nunca lo fue totalmente, pero el lente occidental dominó por décadas el estudio y el entendimiento de las relaciones internacionales. Actualmente, voces del Sur exploran enfoques, proponen argumentos, sugieren escenarios que, en parte, reflejan que el corazón de la crisis global que vivimos proviene del centro de Occidente; una crisis de instituciones, prácticas, reglas, preferencias e ideas. En esa intersección de fenómenos perentorios hay que localizar las reflexiones de Argüello en este libro; una obra que registra en detalle la envergadura de los grandes cambios en curso. Un dato valioso: elude analogías fáciles, al tiempo que intenta discernir los factores y fuerzas que marcan estos tiempos.   

Asimismo, el autor recurre a un acervo bibliográfico formidable y a un conjunto de evidencias fecundas que le permiten conjugar conceptos y casos que fortalecen sus razonamientos y corolarios. Recorre la historia y el momento, logrando consistencia en su síntesis. Analiza el mundo y la región con un lente planetario que capta las especificidades culturales y civilizacionales, así como los impactos transnacionales que atraviesan sociedades y Estados. Aborda temas, retos y dilemas que están a la orden del día y cuyos desenlaces son más imprevisibles que certeros. Comprende que los actores gubernamentales ya no son –y, en realidad, desde hace tiempo– los protagonistas exclusivos de las relaciones internacionales; actores no estatales (lícitos e ilegales) con enormes atributos y capacidades son cada vez más poderosos e influyentes. Comprende y explica, con lucidez, que estamos en medio de un proceso turbulento que dejó de ser incierto para tornarse peligroso. No deja de lado factores normativos y valorativos esenciales, hoy crecientemente debilitados por la acción, en especial, de las potencias. No es un texto con prescripciones: es un escrito que apunta a evaluar y sopesar, algunas veces con un microscopio, otras con un telescopio, lo que sucede en el mundo presente. 

Elijo algunos asuntos y encrucijadas tratadas en el libro para introducir preguntas y perplejidades personales con un espíritu de diálogo con el autor. Con razón, Argüello coloca el acento en la fragmentación como una característica predominante en distintos ámbitos y en diferentes latitudes, tanto en el plano interno como en el de las relaciones entre países. Una cuestión trascendental, emparentada a la fragmentación, mas no idéntica, es el estado de la integración. Integrar ha sido usualmente considerado esencial, provechoso, deseable. Por ejemplo, la integración latinoamericana, muchas veces comparada con la experiencia de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando se ha estancado o retrocedido, se ha invocado la necesidad de “más integración” como si ello fuera un acto exclusivamente de la voluntad y de la política. Llevamos en la región décadas haciendo recurrentes llamados a “más integración” ante el debilitamiento notorio del proyecto integrador: el Mercosur. Quizás sea la actual circunstancia una buena oportunidad para estudiar las fuentes y motivaciones de la desintegración. El problema es que en la literatura de las relaciones internacionales la desintegración resulta escasamente investigada; la desintegración es concebida como algo inadmisible, anómalo e indeseable. Por supuesto que no hay nada que festejar cuando se desintegran las relaciones entre países. El punto es que las loas a “más integración”, cuando no avanza, conllevan a una frustración. En consecuencia, pienso que podría ser interesante interrogarnos sobre cómo afrontar el desafío evidente de nuestra parálisis, y hasta regresión, en la materia. Algo que ya no parece patrimonio de Latinoamérica, sino que se manifiesta en otras regiones, como en Europa que, en parte, vivió un “momento” desintegrador con el Brexit y que podría padecer el empuje de dinámicas centrífugas que desencadenen fuerzas pro-desintegración. ¿Será entonces el momento de examinar más y mejor cuáles son las causas reales de la desintegración con el propósito de revertir ese proceso?  

Adicionalmente, Jorge Argüello dedica una parte relevante de su análisis a un tópico que ha “regresado”: las llamadas esferas de influencia; esto es, el establecimiento y preservación, por parte de una gran potencia, de un área geográfica en la cual ejerce de modo preponderante o exclusivo un control político, cultural, económico y militar. Como bien señala el autor, la administración Trump se muestra inclinada a reinstaurar las esferas de influencia en el marco de la lógica del balance de poder. Lo primero que hay que destacar es que ello es una prueba indudable de que el denominado “momento unipolar” que gozó Estados Unidos por varios años, se terminó. Lo segundo es que, claramente, la reconstrucción de esferas de influencia constituye una aspiración de Washington, pero de eso a la concreción hay un largo trecho. Por ejemplo, China nunca desarrolló un equivalente a la Doctrina Monroe y está en una región en la que difícilmente los vecinos anhelen que Beijing detente un control tan vasto y excluyente. China tampoco está interesada en una especie de duopolio –el llamado G2– que sería la antítesis de su estrategia regional y global de aumento y proyección de poder desplegada desde los años ochenta del siglo pasado. Rusia, cualquiera sea el desenlace de la guerra en Ucrania, encontrará una muralla militar en Europa con lo que no es probable que la vieja Doctrina Brézhnev, según la cual la Unión Soviética tenía el derecho de intervenir en los países de Europa del Este, pueda renacer como Doctrina Putin, así él lo desee. En consecuencia, cabe preguntarse: ¿en un escenario mundial tan cambiante y amenazador, con múltiples centros de poder (estatal y no estatal), es probable que se construyan nuevas y estables esferas de influencia? Sin duda, Trump lo está intentando en América Latina, el Caribe insular y Canadá (lo que Estados Unidos llama Western Hemisphere), pero habrá que ver si lo logra y, también, si su principal contraparte, China, se lo facilita. Habría, adicionalmente, que auscultar qué hace Rusia quien, persistentemente desde la experiencia comunista ha pretendido obstaculizar el despliegue de Estados Unidos en su otrora “patio trasero”, pero que hoy tiene en Putin un mandatario tan transaccional como Trump. No es bueno olvidar el quid pro quo que Washington y Moscú acordaron para superar la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

Argüello indaga además, con rigor analítico y empírico, el desacople entre Estados Unidos y China, reforzado por Washington desde Trump I hasta la fecha. Esto incluye al gobierno de Joe Biden que incrementó la imposición de aranceles a China y buscó limitar el vínculo con Beijing en áreas sensibles en lo tecnológico y militar. Es evidente que el retorno de Trump II coincidió con un reforzamiento del decoupling, a lo cual se han sumado medidas en espejo impuestas por Xi Jinping. No obstante, cabe interrogarse, ¿es realmente factible desconectar a Estados Unidos y China? No parece probable, al menos en el corto plazo, pues ambos se siguen necesitando en diversos frentes. Hay intereses profundos que continúan entrelazando a los dos países. Al decir de Kyle Chan, Washington y Beijing son como “dos amantes prohibidos, desesperados por estar juntos, pero crecientemente separados por fuerzas geopolíticas”. ¿Estamos asistiendo a una peculiar combinación de desacople y reacople, en sucesivas olas, entre Estados Unidos y China?

Jorge Argüello también se aproxima a un fenómeno crucial de esta época: el ascenso de las experiencias más duras de la derecha. Estamos, de hecho, ante el avance de una Internacional Reaccionaria (IR). Ese avance es una realidad y las alianzas políticas que se vienen forjando transnacionalmente entre actores y fuerzas distintas continúan creciendo en medio de sociedades fracturadas y descontentas y de Estados extenuados y frágiles. ¿Asistimos al auge de la IR o apenas nos hallamos ante un encumbramiento temporal? La moneda parece estar en el aire.    

Un dato clave e ineludible: el autor reflexiona desde la Argentina, aunque con una mirada latinoamericana. Y advierte sobre los costos de actuar individualmente en un escenario mundial como el vigente y de cara al futuro. “Cortarse solo” se está volviendo una rutina en la región; sin embargo, la sumatoria de los que desde la ultraderecha lo hacen puede conducir –bajo la batuta de Trump– a generar un bloque de ultras. Un bloque devotamente alineado con Estados Unidos hasta cuando viola todo principio, norma y legalidad internacional con el ataque militar a Venezuela –que nunca ha sido una amenaza para Washington– y el secuestro del presidente Nicolás Maduro; todo ello antecedido por la ejecución extra-judicial de 115 personas en el Caribe y en el Pacífico. Jamás en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Sudamérica, Washington agredió militarmente a una nación de la sub-región. Esto motiva otra serie de preguntas: ¿por qué sería funcional a los intereses de América Latina promocionar una suerte de segunda Guerra Fría en el área?, ¿quién ganó con aquella primera Guerra Fría marcada por golpes de Estado, pérdida de oportunidades de desarrollo, violación extendida de los derechos humanos, sacrificio de una generación de jóvenes altamente ideologizados, limitación de la autonomía externa de los países? La realpolitik hoy en la región pasa por no ser territorio de contienda de una nueva disputa entre grandes potencias. La distensión es vital para asegurar la paz, el crecimiento económico, la cohesión social y la diversificación externa. Como en tantos otros temas, la pregunta fundamental es específica: ¿cui bono? ¿quiénes ganan qué y cómo con una estrategia anacrónica y sin matices, pro-Estados Unidos y anti-China?

Finalmente, cabe mencionar que los capítulos de este libro, ilustrativo y ameno, tienen un hilo conductor. Jorge Argüello nos invita a observar y comprender lo que llamo un sistema sobrecargado; con exceso de contradicciones, presiones y dilemas que, más temprano que tarde, requerirán de un ajuste. En diferentes tableros de la política mundial –el propiamente internacional, el institucional y el interno– se aprecia esa condición. Presenciamos, en breve, un sistema sobrecargado, ya que en todos los tableros, de manera intensa y simultánea, crecen y se entrecruzan los desencuentros, las fricciones, la inestabilidad, las polarizaciones, las desilusiones, y la desigualdad. Si este diagnóstico resulta verosímil, entonces la última pregunta que se impone es: ¿qué esperar de tal situación sistémica? Quizá la forma más simple de explicar sea la siguiente: el lector o la lectora de este texto tiene, seguramente, un ordenador propio. Cualquiera que sea la marca del mismo en algún momento emite una señal de alarma consistente en advertir que el “sistema” está “sobrecargado” (“system overloaded”). Esto significa que hay un exceso e imposibilidad de continuar adelante; lo cual demanda, por lo tanto, un ajuste. La opción disponible es reducir o eliminar algunos programas y archivos, con lo que se recupera temporalmente el funcionamiento. Si consideramos esta imagen como un equivalente funcional, la cuestión es: ¿qué es lo que hoy se podría eliminar o reducir en un sistema sobrecargado?.

 

Caos, crisis y reconfiguración del sistema internacional

“El caos es un orden por descifrar” es una frase del Nobel portugués José Saramago que ofrece una clave interpretativa sugerente para analizar el mundo contemporáneo. En un escenario signado por guerras, repliegues hegemónicos agresivos, crisis institucionales y polarización interna en grandes potencias, resulta tentador reducir el panorama a una narrativa de colapso. Sin embargo, lo que percibimos como una turbulenta fragmentación puede ser, en realidad, una etapa larval de transformación estructural.

Este libro analiza la transformación del orden internacional contemporáneo como un proceso de transición histórica, en el que el aparente caos global no remite a un colapso sin sentido, sino a la descomposición de un orden en retirada y a la emergencia –todavía incierta– de otro en gestación.

Desde la guerra en Ucrania y el conflicto en Gaza hasta la creciente rivalidad estratégico-tecnológica entre Estados Unidos y China, el escenario internacional exhibe señales claras de transformación. La reaparición de la fuerza militar como instrumento de política exterior refuerza esa tendencia. Su expresión más significativa –por primera vez en más de un siglo en América del Sur– fue el ataque militar estadounidense en Venezuela, en abierta contradicción con los principios del derecho internacional y, en particular, el de no intervención. En paralelo, la situación doméstica en Irán y su proyección sobre Gaza y el Mar Rojo configuran un mismo arco de tensiones estratégicas.

En ese mismo contexto se inscriben también los realineamientos geopolíticos en regiones tradicionalmente subestimadas pero cada vez más decisivas, como la de nuestra América Latina –atravesada por disputas en torno a su autonomía estratégica, recursos críticos y crisis políticas de alcance regional– y África, que emerge como un tablero central de competencia global en materia de energía, minerales, seguridad y gobernanza. Ni la gélida Groenlandia, como pieza de un Ártico cada vez más disputado, ha salido indemne: Estados Unidos llegó al extremo de poner en cuestión el futuro de la OTAN.

La agonía del multilateralismo, la crisis climática y la expansión vertiginosa de la inteligencia artificial terminan de delinear este cuadro. En su conjunto, estos procesos remiten menos a un derrumbe definitivo que a una mutación profunda, propia de una transición de época.

A partir de marcos teóricos sobre sistemas en transición, del intercambio sostenido con académicos y especialistas, y del análisis de acontecimientos recientes, esta reflexión parte de la premisa de que fenómenos habitualmente interpretados como expresiones de disrupción deben ser comprendidos como parte de un proceso más amplio de reconfiguración del orden internacional.

Muchos de estos aportes fueron vertidos en el ciclo audiovisual de entrevistas sobre política internacional “Efecto Mariposa”, en el que tuve la oportunidad de dialogar mano a mano con destacados referentes del ámbito internacional. Así, las reflexiones allí vertidas de académicos, diplomáticos, periodistas especializados y expertos, enriquecen y atraviesan este trabajo.

  

El caos como metáfora tectónica: crisis y transformación

 En un artículo publicado en julio de 2025 y que lleva por título aquella frase del Nobel portugués, recurrí a una metáfora geológica para explicar los cimbronazos de la política internacional.  Así como los sismos son la manifestación superficial de movimientos tectónicos profundos, las guerras y tensiones actuales constituirían la expresión visible de fuerzas subterráneas en pugna por reconfigurar el orden global.

Esta lectura está en la línea con lo postulado por Immanuel Wallerstein y su noción de transición hegemónica: los momentos de mayor caos tienden a coincidir con declives hegemónicos y luchas por la configuración de un nuevo centro de poder mundial. 

Asimismo, autores como Zygmunt Bauman  y Ulrich Beck han planteado que vivimos una “modernidad líquida” y una “sociedad del riesgo”, donde la incertidumbre, lejos de ser una anomalía, es la nueva condición estructural. En palabras de Beck, la globalización ha generado una “interdependencia sin control político efectivo”. Desde esta perspectiva, el caos no es ausencia de orden, sino la crisis de un orden que ya no puede gobernar su propia complejidad.

 

El valor político de descifrar el caos

Si lo que vivimos es un momento de mutación, el desafío no es interpretar con categorías obsoletas, sino desarrollar nuevas lentes analíticas. De allí la necesidad de reconocer las placas tectónicas de la historia en movimiento, frente a la resignación de una lectura puramente catastrófica.

Esta idea se alinea con propuestas como la de Manuel Castells, quien sostiene que la historia avanza por “crisis de transformación” donde colapsan los marcos previos y se abren ventanas de oportunidad para redefinir el sentido de las instituciones y las prácticas.

También con el enfoque de Achille Mbembe, quien plantea que la crisis no es el fin sino el umbral de una reconfiguración que puede abrir caminos emancipatorios o regresivos, según la capacidad de las sociedades de intervenir en el proceso.

  

La erosión del orden de posguerra: legitimidad en declive

Desde la firma de los acuerdos de Bretton Woods (1944) y la creación de la ONU (1945) hasta el establecimiento de la OMC (1995), se consolidó una arquitectura normativa que Estados Unidos hegemonizó tanto en el plano material como en el simbólico. No fue un orden perfecto, pero logró sostenerse, incluso a pesar de sus grietas. Sin embargo, a partir de la crisis financiera de 2008, esa estructura comenzó a resquebrajarse y a exhibir no sólo una creciente ineficacia funcional, sino –más grave aún– una pérdida progresiva de legitimidad.

Este diagnóstico es compartido por analistas como Richard Haass, quien advierte sobre “un mundo en desorden” donde las instituciones internacionales ya no son capaces de sostener la estabilidad.  A su vez, autores como John Ikenberry, que en su momento defendieron “el orden liberal”, reconocen que ese andamiaje enfrenta una crisis interna y externa, minado por el ascenso de potencias revisionistas y por el repliegue de EE. UU., su arquitecto original.

El momento histórico fue expresado con inusual franqueza por Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos. Allí, Carney sostuvo que el orden internacional basado en reglas ha dejado de cumplir su función integradora: “Este compromiso ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición”. Su diagnóstico, formulado desde el corazón mismo de uno de los principales foros del establishment global, no sólo confirma la erosión del consenso de posguerra, sino que refuerza la idea central de este libro: el mundo atraviesa una fase de descomposición activa del orden vigente, cuyos contornos futuros aún están por descifrarse.

Asistimos así a un giro paradójico de Estados Unidos: de promotor a cuestionador del llamado orden liberal internacional. Las presidencias de Donald Trump –y, en parte, también la de Joe Biden– evidenciaron tendencias persistentes hacia el unilateralismo, el proteccionismo y el desacople geoeconómico con China. Esta forma de autonegación del multilateralismo cuenta con antecedentes históricos –como el aislacionismo previo a la Segunda Guerra Mundial–, pero se ve hoy amplificada por un contexto de polarización interna que dificulta la continuidad estratégica. En ese marco, la doctrina America First está dejando una huella estructural en la política exterior estadounidense.

  

Fragmentación hegemónica y nuevas geometrías de poder

El sistema internacional actual no puede ser definido ni como unipolar ni como bipolar. En su lugar, asistimos a una fase de “hegemonías fragmentadas”, concepto que ha sido desarrollado, entre otros, por Ian Bremmer en su noción del “G-Zero”: un mundo sin liderazgo claro, donde ningún Estado ni coalición tiene la capacidad o la voluntad de liderar el orden global. 

En El jardín de senderos que se bifurcan, Jorge Luis Borges imagina un universo donde el tiempo no sigue una línea única, sino que se multiplica en infinitas direcciones posibles. Cada decisión abre un nuevo camino que no anula a los demás, sino que convive con ellos. Esa metáfora del laberinto temporal anticipa, en otro lenguaje, la idea que Amitav Acharya formula al hablar de un mundo multiplex: un orden internacional donde coexisten múltiples trayectorias narrativas y centros de poder, sin que ninguno reclame para sí el monopolio del sentido. 

Este nuevo panorama está habitado por potencias emergentes y actores regionales con agendas propias –India, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Brasil, Israel, entre otros–. La lógica del poder ya no se define exclusivamente por la fuerza militar, sino también por la capacidad de veto, la diplomacia energética, el control de las cadenas de suministro, el atesoramiento de minerales críticos y el dominio tecnológico. En ese marco, la denominada “geopolítica de los semiconductores”, protagonizada por Estados Unidos y China, tiende a desplazar a la vieja carrera armamentista como eje central de la competencia estratégica.

Al mismo tiempo, se consolida una geoeconomía regionalizada. Tras la pandemia y la guerra en Ucrania, el discurso de la “autonomía estratégica” se ha generalizado. El Banco Mundial estima que el comercio intrarregional ha ganado participación en bloques como Asia Oriental o África, mientras que el re-shoring y friend-shoring alteran las reglas tradicionales del libre comercio.

 

Acontecimientos recientes como síntomas del reordenamiento

Varios hechos recientes confirman el diagnóstico:

● Reconfiguración de alianzas: La proliferación de acuerdos estratégicos cruzados –energéticos, tecnológicos y militares– entre actores que antes no interactuaban ilustra un orden internacional más fluido, donde los alineamientos ya no son permanentes sino situacionales.

● Guerra en Ucrania: No sólo redefinió las relaciones entre Rusia y Occidente, sino que aceleró la militarización de Europa, la adaptación estructural de la OTAN y la carrera armamentista basada en Inteligencia Artificial (IA). La guerra también expuso los límites de la diplomacia multilateral: el Consejo de Seguridad de la ONU quedó paralizado, mientras nuevos actores –como Turquía, India y Brasil– buscaron posicionarse como mediadores o equilibradores.

● Venezuela y el retorno del uso discrecional de la fuerza en la región: La acción armada de Estados Unidos en territorio venezolano reinstaló en América del Sur una lógica de poder que parecía archivada, erosionando consensos básicos sobre soberanía, legalidad internacional y resolución pacífica de controversias. Más allá del caso puntual, el episodio reabrió un umbral peligroso: la posibilidad de que la coerción directa vuelva a ser considerada una herramienta legítima de gestión de crisis políticas en el hemisferio.

● Conflictos simultáneos y crisis en red: Gaza, Sudán, el Mar Rojo, el Sahel, Irán, las dos Coreas, Taiwán y Groenlandia, entre otros escenarios, también dan cuenta de un sistema internacional carente de mecanismos eficaces de gobernanza colectiva. Estos conflictos, distintos en naturaleza pero superpuestos en el tiempo, revelan una geopolítica que opera como una crisis en red, con impactos globales en energía, migraciones, seguridad alimentaria y rutas comerciales.

● Polarización interna en Estados Unidos: La amenaza de un nuevo mandato de Trump tensiona la institucionalidad estadounidense y profundiza una fractura política y social que divide al país en bloques crecientemente irreconciliables –ya analizada en Las dos almas de Estados Unidos–, alimentando además la incertidumbre sobre el compromiso futuro de Estados Unidos con el orden multilateral.

● Colapso climático: Como fenómeno transversal, refuerza la lógica caótica del sistema. La COP 30 (2025), en Belém, Brasil, volvió a exhibir la dificultad de consensuar mínimas reglas globales ante intereses divergentes. La brecha entre lo que demanda la ciencia y lo que la política internacional está dispuesta a acordar persiste: no hubo avances sustantivos en la reducción de los combustibles fósiles y los compromisos financieros carecieron de montos precisos y mecanismos verificables.

En todos los casos se repite un patrón reconocible: una apariencia de desorden que encubre tensiones estructurales profundas. Comprenderlas resulta clave no solo para explicar el presente, sino también para anticipar las formas posibles del orden en gestación. De allí que el desafío no sea aceptar el caos, sino leerlo críticamente e incidir en su dirección.

 

Entre el diagnóstico y la responsabilidad

“El caos es un orden por descifrar” no es solo una frase literaria, sino un llamado a pensar políticamente en contextos de transformación. Sugiere e induce a una lectura no resignada del mundo en crisis: no estamos ante el derrumbe absoluto de un orden, sino ante su metamorfosis. Como en toda etapa de transición, el resultado dependerá en gran parte de la capacidad colectiva de interpretar, anticipar y moldear el nuevo sistema.

La historia muestra que las crisis sistémicas no sólo producen rupturas, sino que suelen actuar como catalizadores de innovación institucional. El colapso de la Sociedad de Naciones dio paso, tras la Segunda Guerra Mundial, a la creación de la Organización de las Naciones Unidas; la crisis financiera global de 2008 impulsó la elevación del G20; y, en distintos planos y regiones, episodios de desorden –desde la devastación europea de posguerra hasta las crisis climáticas, sanitarias y tecnológicas– han abierto ciclos de reformulación normativa y de búsqueda de nuevos equilibrios. Con avances desiguales y retrocesos persistentes, estas respuestas revelan un mismo impulso: la tentativa de dar forma, una y otra vez, a reglas capaces de contener la incertidumbre.

Lejos de ser una excepción, el momento actual se inscribe en una larga secuencia histórica en la que el desorden no anuncia un vacío, sino un tránsito. Es el tiempo incierto que se abre cuando un orden deja de ofrecer respuestas y otro aún no logra afirmarse del todo. Como advirtió Hannah Arendt, toda crisis nos obliga a volver a las preguntas fundamentales; no para refugiarnos en certezas heredadas, sino para ensayar nuevas formas de comprensión y de acción. En ese umbral, la inestabilidad actúa como catalizador de creatividad institucional y abre la posibilidad de nuevos acuerdos sobre cómo convivir, cooperar y resolver disputas en un mundo cada vez más interdependiente y fragmentado.

El desafío no es sólo descifrar el orden emergente, sino contribuir a dotarlo de legitimidad, equidad y sostenibilidad. Porque –como sugiere la frase de José Saramago que inspira este libro– el caos no es el final, sino el comienzo de una gramática aún por escribir.

 

☛ Título: Efecto mariposa

☛ Autor:  Jorge Argüello

☛ Editorial: Eduntref

☛ Edición: 2026

☛ Páginas: 280

 

Datos del autor 

En su carrera diplomática fue embajador argentino en Estados Unidos (2020-2023), Sherpa de la Argentina en el G20 (2020-2023).

En su carrera política fue secretario de Estado por la Cuestión Malvinas de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur y Diputado de la Nación.

En su carrera académica es presidente de la Fundación Embajada Argentina y Miembro Consejero del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).