El pensamiento estadounidense, tal como lo presentamos, se distribuye entre tres objetos teóricos: la naturaleza, la mente y lo social. Los primeros pensadores tenían un pie en la tierra y otro en el cosmos. Eran puritanos porque pregonaban un higienismo cívico, de familias integradas, trabajo manual, contención sexual, rituales de buena vecindad, respeto a la autoridad de los mayores, solidaridad y ascetismo.
Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, sintetiza en su correspondencia los valores que hay que practicar en la vida cotidiana en la granja ejemplar fundada por su padre.
Pregunta: ¿Cuáles son las virtudes que más valoras?
Respondo: Paciencia, amor, silencio, obediencia, generosidad, abnegación (self denial).
—¿Los peores vicios?
—Ociosidad, terquedad, vanidad, impaciencia. Impudicia, orgullo.
―¿Cómo consigues lo que necesitas?
―Intentándolo.
―¿Cómo lo intentas?
―Con resolución y perseverancia.
―¿Cómo consigues que te amen?
―Con amabilidad.
―¿Qué es la amabilidad?
―Cariño, paciencia y cuidar los sentimientos de otros.
Me imagino ahora en esa granja fundada por Bronson Alcott cumpliendo las tareas que me asignaron en ese proyecto educativo integral. Me convierto en un artesano zapatero, rodeado de familias ensambladas que sueñan con un mundo nuevo alejado de los vicios de una sociedad pecaminosa.
Ahora soy Tom Abraham, de Concord, Massachusetts, a cuatro horas de Boston, si es que se viaja en un vagón con asientos de tracción a sangre. Decido viajar hasta esa ciudad, investido de la moral que me rodea, con unas muestras de mis productos.
Llegado a la ciudad, visito un local. Detrás de un mostrador, un hombre de mediana edad, con un traje gris y una camisa impecable con cuello duro, anteojos sin montura y una barba oscura que apenas cubre el corbatín azul, me saluda con sus buenos días.
Me presento como Tom Abraham, de Concord, un fabricante de zapatos en la granja de los Alcott que se tomó el atrevimiento de llegar a su comercio para presentarle una muestra de lo que fabrica. Con un par de minutos de su precioso tiempo quizá llegue a interesarle el producto. El hombre me mira, desmonta por un momento sus lentes y con una voz calma y grave me dice: “Buen hombre, a ver qué me trae”.
Vigorizado por la respuesta, pongo sobre el mostrador un par de zapatos marrones acordonados, con una suela gruesa de buena madera oscura y un cuero repujado dividido en la mitad por una cubierta de tafeta verde oscura que cubre el empeine hasta la puntera del calzado. Describo sus bondades y propongo una forma de pago extendida y generosa.
Ofrezco dejarle un par para que los pruebe. Si efectúa una primera compra, le cobraremos el par entregado y se lo sumaremos a la factura. La calidad de la mercadería es suficiente para conformar al comprador; seducir con un obsequio sería inadecuado. Ahora bien, en caso de que el señor no esté interesado en comprar, el par dejado para prueba será un obsequio, ya que se trata de un gesto que debe ser desinteresado y consecuente con una política comercial a cargo exclusivo del fabricante agradecido por la amabilidad con la que fue atendido.
Así fue como Tom Abraham, del pueblo de Concord, realizó su primera venta en la ciudad de Boston.
Dólares
Una nacionalidad se constituye con la conquista de un territorio, el uso de una lengua dominante y la existencia de una historia común, es decir, una identidad cultural.
Por la historia, es decir, por el relato que traza una continuidad entre lo que fuimos y lo que somos, que aún con sus rupturas y discontinuidades marca un acto fundacional y encumbra a padres fundadores o héroes de la nacionalidad, una vez que ha creado la memoria de varias generaciones, tiene la solidez y el peso de los monumentos que la recuerdan y son difíciles de remover.
El revisionismo histórico es el intento de modificar el panteón de los consagrados y de rescatar de las penumbras a quienes ocupan el lugar de malditos a la vez que les da voz y rostro a los ignorados. El relato de la historia es un asunto polémico en cada uno de los países modernos que trazan su genealogía y hacen del consenso identitario una política de Estado.
No solo esta identidad cultural es un tema abierto, sino que también se pone en tela de juicio otra de las instancias determinantes en la constitución de las naciones modernas: me refiero a los territorios. La Constitución de los Estados Unidos (donde la palabra unidos es fundamental) se llevó a cabo después de una cruenta guerra y de una política de anexión y conquista mediante los dos recursos que conforman desde siempre lo que llamamos poder: las armas y el dinero.
Estos dos elementos son letales cada uno a su modo. La obtención de uno de ellos permite conseguir el otro. Pero, además, en la historia de la Unión hay una Constitución que fue tironeada por fuerzas cuyo antagonismo no dejó de ser permanente. Unos decían que todos los hombres nacen iguales y que la esclavitud era una ignominia. Los otros decían que las decisiones sobre políticas públicas las deciden los pueblos y que, si los ciudadanos de los estados esclavistas quieren mantener el sistema imperante, no pueden ser obligados a cambiar su voluntad soberana.
Esta tensión, célebre entre el Norte y el Sur, se daba en cada uno de los estados que se incorporaban a la Unión. El desacuerdo se reproducía entre los máximos dirigentes de la revolución estadounidense. Jefferson era más comprensivo con las colonias y los estados independientes que no querían que se impusiera el abolicionismo contra la voluntad de sus electores; Alexander Hamilton, por el contrario, era un convencido centralista.
Respecto del territorio, se dio un fenómeno único. Los estadounidenses compraron su país. Por supuesto que, además de poner dólares, conquistaron territorios con armas y ejércitos. Desplazaron y diezmaron a poblaciones nativas, sí, pero además, y esto es lo curioso, compraron inmensos territorios a los imperios europeos dominantes.
A los franceses en 1803 les compraron Luisiana, Arkansas, Misuri, Oklahoma, Colorado, Kansas, Nebraska, Iowa, Wyoming, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Montana y Minnesota por US$ 23 millones (2.144 .476 km cuadrados). Napoleón quería concentrar sus fuerzas en la conquista de Europa y consideró que el territorio americano, luego de la sublevación de los esclavos de Haití, podía ser indómito y suponerle un gasto superfluo. Prefirió venderle sus posesiones a la nueva nación antes de que sus enemigos ingleses y sus aliados españoles se tentaran con ese botín.
De México expoliaron en 1847 California, Arizona, Utah (comprado a España en 1819) y Nevada. El precio fue de US$ 15 millones. Entre las dos operaciones sumaron la superficie total de la Argentina más otro tercio. Florida costó US$ 5 millones que embolsaron los españoles en 1821. Texas, primero, se hizo república por la acción de los colonos estadounidenses y luego se incorporó a la Unión. Además, compraron Alaska en 1867 y Hawái en 1898.
Indudablemente, el capitalismo de la Nueva Inglaterra, la del nordeste del país, tenía un empuje que les permitió conquistar un territorio inmenso. En esa misma zona, cerca de Boston, el grupo de intelectuales del que nos interesa hablar repudió la política anexionista y, mediante escritos y conferencias, denunció el sistema esclavista.
Eran abolicionistas y sufragistas, lo fueron Emerson y Thoreau, Margaret Fuller, Harriet Beecher Stowe y Louisa May Alcott. Emerson condena la política del gobierno de los Estados Unidos respecto de los pueblos originarios. Denuncia la expulsión de los cherokees, los engaños, las estafas, los pactos violados, la opresión y las matanzas perpetradas por los blancos. De parte de los partidarios de la igualdad hay un respeto por la cultura aborigen, como hay una denuncia de la guerra perpetrada por el ejército de ocupación en tierras mexicanas.
LA BELLA INFAMIA (Buenos Aires, 1930-1940/1955-1965)
El racismo liberal
Hay una característica diferencial que distingue a la historia argentina. El pasado siempre es actual. Nada de lo que sucedió deja de suceder; hablamos de un devenir permanente de lo que fue. El tiempo cronológico está subsumido a un tiempo problemático siempre inconcluso. Hay un panteón de personalidades históricas que no duermen en paz por ser objeto de la codicia de todos nosotros. Hemos condensado esta inquietud, hiperanalizada y sobresaturada de argumentaciones, en el fenómeno peronista. Enarbolamos un blasón que presentamos en todo el mundo en el que figura una leyenda que dice que el peronismo no tiene explicación, que nadie de afuera puede entenderlo o que se trata de un sentimiento inefable, si no es un brote del sentido común de los argentinos o el sinónimo del ejercicio del poder tal como se da en Argentina. Pero quizá no sea solo el peronismo lo que es inexplicable vía raciocinio, sino toda la historia nacional.
¿Por qué resulta tan difícil comprender la historia argentina? ¿Podemos sumarnos a tantos que hablan de nuestra excepcionalidad? Creo que sí, en nuestro país se dio un fenómeno ausente en los países centrales e incluso en otros países de la región. En la medida de mis limitaciones, intentaré explicarlo como si estuviera frente a un turista, de esos que nos preguntan qué es el peronismo, para comprender toda la historia argentina.
El positivismo francés y el utilitarismo inglés fueron las filosofías que sustentaron la concepción del mundo colonialista. Civilización contra barbarie era la consigna. A partir de eso se justificaban medidas progresistas en el interior de sus sociedades y discriminatorias respecto de las colonias. Los colonizados estaban fuera del imperio universal de la razón y, por lo tanto, según la gran filosofía ilustrada, la de Kant, fuera de la libertad. Los pueblos colonizados debían ser domesticados para algún día ser libres.
El utilitarismo y el positivismo, que además de filosofías, eran ideologías, o sea, estructuras teóricas adaptadas a una voluntad de poder, estuvieron en la base de la socialdemocracia y su Estado de bienestar, que para pensadores de fuste como Tony Judt –lo nombro por el aprecio que le tengo, conforman el último humanismo. Pero un humanismo que debió conciliarse con el imperialismo, y lo hizo mediante un humanismo selectivo por ser racista. Este oxímoron de humanismo racista, ya veremos, será emulado por nuestro aristocratismo progresista de la década infame.
En nuestro país, el espíritu progresista fue racista, en un primer momento respecto a los pueblos originarios y luego con la inmigración de los países mediterráneos, en especial la italiana. El peronismo barre con este racismo, incluye en la nacionalidad a los expulsados culturalmente de la llamada auténtica argentinidad, aplica una política social de avanzada y, al mismo tiempo, se inspira en el fascismo con su culto al Jefe y a la Jefa, por la persistente adulonería y la servidumbre voluntaria e involuntaria.
De las tres vertientes políticas dominantes en el siglo XX (el comunismo, la socialdemocracia liberal y el fascismo), incorpora un poco de cada una. Por eso puede inclinarse por cualquiera de ellas, dependiendo de la época, e integrar en su movimiento a castristas, neonazis y progresistas. Recordemos que nació como movimiento y no como partido, lo que refuerza la idea de su dinamismo y plasticidad.
Menudo problema para que un turista comprenda el problema, y no menos para un nativo. Debido a su compleja inteligibilidad, por lo difícil que resulta asumirla, se prefiere vivir a la Argentina como sentimiento, para algunos como pasión, y, sobre todo, como memoria. Por eso es inevitable adentrarnos en nuestra historia con la convicción de que es “nuestra”, algo personal y pasional, un certificado de identidad, un relato que no se piensa con serenidad y que ubica al narrador en un escenario de striptease. Si no somos nosotros los que nos despojamos de lo que nos viste, es la mirada del Otro la que nos desnuda.
Se dice:
“Ahí está... Yo sabía que era un liberal... Bien que lo tenía escondido...”
Se responde:
“Otro populista más...”
El espíritu de sospecha es voraz y puede llegar a pensar la historia como una novela de contraespionaje. Es el precio que hay que pagar cuando un amateur atraviesa el pórtico de ingreso a la historia argentina, en cuyo frente está escrito: Prohibida la entrada a todo personaje que no haya sido recomendado por uno de los siete locos.
Por eso me interesa la década infame, por su aroma, su ropaje, su brillo. Que la infamia sea luminosa es la tesis de este informe no para ciegos ni para Brodie. No abarca al hasta entonces físico Sabato (por ahora), ni al poeta Borges (por ahora). Ni al formidable Arlt.
Miembro de la secta de los locos de la historia, sospecho que la infamia de la década de los treinta es un remedo de la caja de Pandora, que guarda en su fondo el último de los males, antes de que la esperanza fuera conservada. Esperanza pretérita de un Irigoyen ya fenecido; futura, en un Perón aún desconocido. Entre ambas esperanzas hay una infamia coronada.
Enfermedades, guerras, crímenes, ira, odio, persecución, degüello, terrorismo, desapariciones, tiranías, corrupción... Todos los males han sido distribuidos en la épica nacional; ningún período ha quedado virgen de la caja pandoriana, pero la “infamia” es la rúbrica de una sola.
El hecho de haber inventado el fraude patriótico y la ley trampa muestra un vuelo imaginativo que no se reduce a una voluntad de engaño, sino, aunque parezca una broma, a una firme necesidad de rechazo de la alternativa fascista. En aquellos tiempos había suficiente fascismo en el mundo como para espolvorearlo por todo el planeta, y más que sobrado repudio al parlamentarismo como para justificar su desprestigio.
Se prefirió un parlamentarismo trucho a un régimen dictatorial como el alemán, el italiano, el portugués o el español. ¿Un mal menor? ¿Una farsa? ¿Una transición? Marcelo T. de Alvear, Agustín P. Justo y Roberto M. Ortiz, de haber sobrevivido, ¿tenían en sus planes el cambio de régimen y el fin de las proscripciones? Es posible. Una combinación de radicalismo antipersonalista, socialismo y conservadurismo era una realidad política que, pocos años después, se concretó en una versión llamada Unión Democrática, cuya jerarquía estaba sellada con la fórmula Tamborini-Mosca, un fragmento malherido de la infamia pasada una vez inmovilizadas las aspiraciones de Amadeo Sabattini.
Además de la “infamia”, ese término que un nacionalista pronazi inventó en los años 40 para legitimar el fin de una época, ¿qué otro rasgo distintivo corresponde a un tiempo laxo que extiende por unos pocos años una década que no comienza puntualmente en el 30 ni termina en el 40, y que Beatriz Sarlo llamó “modernidad periférica”, y ante la cual Tulio Halperin Donghi manifiesta su “perplejidad”?
El nuevo PBI: Producción de Belleza Inhabitual
Le he dedicado un breve ensayo al maestro Tulio Halperin Donghi que titulé Apuntes para una dilemática; hermoso título, lo digo con humildad, además de original, porque hay dos ideas que he rescatado de sus trabajos. Una es la de dilema y la otra, la de perplejidad. Ambos conceptos abundan en sus análisis de la década infame, a la que ha bautizado como “República Imposible”.
Hecha esta presentación, necesaria desde mi punto de vista, ya que voy a ser irreverente al no estar de acuerdo con el maestro de los historiadores argentinos, comienzo con una pregunta: ¿qué es un “café society”? Respuesta: es un lugar en el que se junta la “beautiful people”, esa es la imagen que tiene Halperin de la actividad artística durante la primera década infame. Cuando se traslada a la que denominaré “segunda década infame”, califica de actividad “penosa” la que se llevaba a cabo según el historiador en el Instituto Di Tella en los años 60.
Respecto a los que llamamos por hábito “intelectuales”, Halperin los rebautiza como “publicistas”, término que, según la Real Academia, se le parece en cuanto al contenido, pero que él utiliza con un matiz de degradación. Los caracteriza, a los publicistas, por confundir la verdad con la novedad. En la década de los 30, dice, se galardonan con la investidura de profetas como en el caso de Martínez Estrada, otros por cierta impudicia al creer encarnar a la patria, como Eduardo Mallea, y otros por estar poseídos por arrebatos místicos, como Scalabrini.
Al maestro le puede gustar o no la revista Sur o Marta Minujín; tiene todo el derecho a pensar que es un juego frívolo ese de publicar una revista de “haute culture” como Sur mientras el pueblo está proscripto, como ocurría en los años 30, o desnudarse en escena en un recinto de la calle Florida como una muestra de snobismo provinciano en una época en la que ni siquiera se podía silbar la Marcha Peronista.
Pero a Halperin no le molesta demasiado que se haya silenciado el irigoyenismo, ya que para él se había convertido en una chochera moral que se manifestaba con una elocuencia ridícula. Tampoco demostró cariño alguno por el peronismo, al que en un último diagnóstico lo definió como un mamarracho.
Respecto a la década infame de los años 30, nos dice que era más rica en personalidades que en ideas. Totalmente de acuerdo con su apreciación. La diferencia que encuentro entre su punto de vista y el mío es que apreciamos personalidades diferentes y, probablemente, en áreas distintas.
No resulta del todo explícito el orden de sus preferencias, pero apuntan hacia los políticos del socialismo independiente, a funcionarios como De Tomasso y Pinedo, y economistas como Raúl Prebisch. También muestra interés por nacionalistas como Carlos Ibarguren y manifiesta cierta comprensión y simpatía hacia el presidente Agustín P. Justo, a quien le atribuye convicciones democráticas con limitaciones en su aplicación debido a los tiempos turbulentos que le tocó vivir y para no herir los sentimientos fascistas de una parte del ejército que aceptaba el parlamentarismo si no excedía los límites convenidos.
En realidad, las fuerzas políticas del amplio espectro, que va del socialismo al conservadurismo, estaban de acuerdo en que el pueblo no tenía razón, pero no en el sentido habitual; es decir, no en el sentido de que estuviera equivocado, sino en el de que carecía del atributo que caracteriza al homínido sapiens, el de ser una criatura racional. El pueblo es considerado una masa bestial; no creo exagerar, ya que la división entre civilizado y bárbaro era tradicional. Este argumento no es descabellado; mucha gente de las llamadas clases afortunadas, las clases medias altas, las medias bajas y las medias medias lo siguen sosteniendo.
Desde mi punto de vista, las personalidades destacadas de las que habla nuestro historiador no son los políticos, sino los artistas, la gente que se dedica a un cúmulo de actividades incluidas en lo que se signó como estéticas porque remiten a lo bello. Y creo que la época, tanto la del 30 como la del 60, se caracteriza por una producción de belleza inhabitual en nuestra historia. Lo que nos da un nuevo PBI: Producción de Belleza Inhabitual.
Los años 30 del siglo pasado fueron condenados por los mil y un pecados asignables, uno de los cuales, más terrible y demoníaco que el fraude y la entrega, ni hablar del tratado Roca-Runciman, ha sido, es y será, vuelvo a repetirlo: la belleza. Porque Sandrini, Niní Marshall, Tita Merello, Grete Stern, Mercedes Simone, Roberto Arlt, Victoria Ocampo, Borges, Alberto Prebisch, Alejandro Bustillo, Emilio Pettoruti, Eduardo Mallea, Alberto Gerchunoff, Guillermo Facio Hebequer, Horacio Coppola, Alfonsina Storni, Xul Solar, Antonio Berni, Juan L. Ortiz, Manuel Romero, Mario Soffici, Leopoldo Torres Ríos, Ezequiel Martínez Estrada, Scalabrini son lo que dejó aquella única y singular infamia.
El hecho de que se haya generado en tiempos de proscripción política es una coincidencia no buscada. Sin duda, para que se puedan producir y apreciar obras de arte, desde la arquitectura hasta el grabado, desde el ensayo hasta la novela, desde la radio hasta el cine, debe haber un clima de libertad. Para resolver la contradicción y para que haya libertad y censura a la vez, los argentinos hemos inventado el fraude. Por si alguien considera que es una política discutible, se aclaró que es patriótico.
☛ Título: Pensar de nuevo
☛ Autor: Tomás Abraham
☛ Editorial: El Ateneo
☛ Edición: 2026
☛ Páginas: 216
Datos del autor
Tomás Abraham es un filósofo argentino, nacido en Timisoara, Rumania. Se graduó en Filosofía y Sociología en las Universidades de Sorbonne y Vincennes (París).
Es profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, profesor honoris causa de la Universidad Nacional de Salta y doctor honoris causa de la Universidad Tibiscus (Timisoara).
Además, es fundador del Colegio Argentino de Filosofía (CAF) y director del Seminario de los Jueves (grupo de aficionados a la filosofía), con el que publicó siete libros.
Es columnista de actualidad en medios nacionales e internacionales.