DOMINGO
Historia

Siete estaciones

La Buenos Aires de mayo de 1810 estaba atravesada por los vientos de autonomía, quizás inadvertidamente sembrados mucho antes por las reformas borbónicas, y en tiempos más cercanos por la invasión francesa a España, el desplazamiento de Fernando VII y el entronamiento de José Bonaparte. Al sudoeste del océano Atlántico, todo ello fue percibido por las élites criollas como una liberación y, primordialmente, como una oportunidad de autogobierno. En junio de 1810 se fundaría la Gazeta de Buenos-Ayres, la herramienta ideada por los revolucionarios para difundir en las ciudades y en los pueblos de las provincias las buenas nuevas (aunque pronto se revelaría que no todos las consideraban buenas).

Un traductor, que quizás haya sido el propio Mariano Moreno, hizo posible que se publicara una parte de un libro, Del Contrato Social, o principios del derecho político, según informaba la tapa, escrito por el ciudadano de Ginebra Juan Jacobo Rosseau [sic], “reimpreso… para instrucción de los jóvenes americanos”. El prólogo sí fue, sin duda, obra de Moreno, convencido, como estaba, de que la letra escrita podía cambiar al mundo. En el párrafo final puede leerse: “Como el autor tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas, suprimo el capítulo y los principales pasajes donde ha tratado de ellas. He anticipado la publicación de la mitad del libro, porque precisando la escasez de la imprenta a una lentitud irremediable, podrá instruirse el pueblo en los preceptos de la parte publicada, entre tanto que se trabaja la impresión de lo que resta. ¡Feliz la patria si sus hijos saben aprovecharse de tan importantes lecciones!”.

La demora de la desvencijada Real Imprenta de Niños Expósitos; la prisa del revolucionario por transmitir las ideas transformadoras que –él creía– abrirían el cauce para edificar un equilibrio social, político, económico, sepultando al viejo régimen antiliberal y paralizante. (…)

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¿Qué es el equilibrio social, según estas páginas? Es algo mucho menos ambicioso que el contrato de Rousseau o, me desdigo, quizás demasiado ambicioso para al estado inicial de estas tierras, social y culturalmente fracturadas, imposibilitadas de incorporar siquiera la idea de contrato.

Probemos, entonces, en línea con el prólogo, con una definición adaptada a la larga historia que vamos a narrar e interpretar: equilibrio social es la materialización de una aspiración colectivamente compartida de convivencia (o impuesta pero finalmente aceptada) en el seno de una sociedad que, porque es diversa y cambiante, también cambia ese equilibrio a lo largo de la historia, y como a veces no consigue establecerlo y se convierte en pura virtualidad, cada tanto lo pierde. En diciembre de 1951, durante uno de esos momentos de cambio, Juan Domingo Perón usó un término parecido, “el equilibrio económico del pueblo”, para transmitirle a la sociedad que había que superar con sacrificios una crisis económica, pero que después asomaría una nueva aurora productiva y salarial, una nueva normalidad, un nuevo equilibrio después de que aquel otro que él edificara se había perdido.

Vamos a proponer para la Argentina siete estaciones del equilibrio social a lo largo de 213 años (nuestra historia termina en 2023). La primera estación fue la del equilibrio criollo en una economía todavía primitiva y semiestancada, con población escasa y tierra abundante y potencialmente fértil en el litoral de la cuenca del Plata, con población más abundante y tierra más escasa y menos generosa en el resto del territorio. Se trataba de una Argentina que en su nacimiento como proyecto de nación perdió rápidamente su riqueza minera, se embarcó en una larga guerra civil y, por ambos factores, demoró –subrayemos una vez más esta palabra central– la efectivización de una utopía: la de construir un Estado central temprano que contuviera la totalidad de lo que hasta días antes había sido el virreinato.

Nos referimos al período que fue de 1810 a 1860, cincuenta años durante los que se combinaron las aspiraciones crecientes y el igualitarismo libertario del litoral, la desigual distribución de su tierra, el atraso en las provincias del norte y el oeste, los primeros y no poco significativos pasos hacia la inserción del país en el comercio internacional a través del océano Atlántico.

La segunda estación fue de 1860 a 1880 (¿o 1890?), la de una demora sorpresiva, la de una larga transición inesperada cuando tantos esperaban, después de la caída de Rosas, la rápida instauración de un régimen perdurable que dejara atrás las tempestades pasadas. ¿Cómo fue que la nación del progreso material acelerado que la élite política y social daba por descontada con la desaparición de “la tiranía” tuvo que esperar a Roca y finalmente a Pellegrini para plasmarse como una rutina con sobresaltos menores si se los comparaba con las guerras civiles?

*Autor de La demora y la prisa, editorial Edhasa. Fragmento.