Revolución feminista
A finales de 2017 había decidido abandonar el marketing en redes sociales y cambiar de trabajo. Era el primer empleo estable que tenía desde la universidad. Lo había aceptado a pesar de que durante la entrevista me saltaron las señales de alarma. Una auténtica cagada. A la semana, mi jefa me llamó al despacho y me soltó que temía arrepentirse de haberme contratado. Durante los dos meses y medio siguientes no hubo día que no llorara. Me creía insignificante.
Si supieras algo sobre mí, seguro que no me describirías con las palabras «insignificante e inútil». Soy la fundadora y CEO de la empresa de educación financiera Her First $100K, un proyecto que combate la desigualdad económica dotando a las mujeres de recursos eficaces para sacar el máximo rendimiento a su dinero, he hablado ante miles de personas, soy la fundadora de uno de los pódcast de negocios de más éxito del mundo y aparezco con frecuencia, con mi pintalabios brillante y mi chaqueta de cuero, en medios como The New York Times. De insignificante y de inútil, nada. Sin embargo, en aquel trabajo tóxico me sentí avergonzada y paralizada, y se me disparó la ansiedad hasta máximos históricos.
Entonces se me ocurrió echarle un vistazo a mi cuenta bancaria.
Durante los dos años previos, había ahorrado parte del salario para disponer de un fondo de emergencia. Sin saberlo, estaba reuniendo poco a poco mis primeros cien mil dólares, el origen personal de la empresa que pondría en marcha más tarde. La función de aquel dinero era esperar, con paciencia, un pinchazo en la rueda, un gasto médico inesperado o un empleo tóxico. En ese momento caí en la cuenta de que no necesitaba pasar ni un día más en aquella oficina porque disponía de opciones.
Así, un frío día de invierno me di el lujo (con la mayor educación posible) de mandar a la mierda aquel trabajo tóxico. Salí por la puerta con la cabeza alta y sonriendo por primera vez desde hacía meses. En lugar de ser controlada por alguien, la que llevaba las riendas era yo. Y eso me hizo sentir muy bien.
Desde entonces, mi misión en la vida es que todas las mujeres se sientan así.
Afortunadamente, me enseñaron economía en casa. Cuando era pequeña pensaba que esto sucedía en todas las casas, que todo el mundo disfrutaba de una estabilidad y una educación como la que mis padres me habían dado. Sin embargo, cuando entré en la universidad, me di cuenta de que la educación financiera es un lujo del que solo disfrutan los jóvenes con padres adinerados. Era un privilegio. Ser una mujer blanca, cisgénero, heterosexual y sin discapacidades es un privilegio.
Al terminar la universidad y abrirme paso en lo vital y en lo laboral en una sociedad cimentada en la opresión sistémica, fui definiendo qué tipo de persona quería ser y qué estaba dispuesta a tolerar. Comencé a analizar mi propio privilegio y decidí utilizarlo para ayudar a otras mujeres.
Un fondo o colchón de emergencia nos da opciones. Algunas, como la posibilidad de tomarse unas vacaciones para cargar las pilas, son pequeñas, pero provechosas. Otras, como emprender un negocio, tener hijos o jubilarse joven, nos cambian la vida. La más importante es la posibilidad de salir de entornos y situaciones tóxicas, como las relaciones en las que hay abuso emocional o los empleos que generan ansiedad.
Vivimos en un sistema patriarcal que fomenta y perpetúa la desigualdad, que oculta la información y los recursos financieros a los grupos marginados. En este contexto, la independencia económica es un acto de protesta. Acabar con las ideas negativas sobre el dinero y ahorrar, saldar la deuda bancaria, invertir y encontrar empleos satisfactorios es un acto de protesta.
Es fundamental reconocer que el control que ejercemos sobre nuestra propia situación económica es limitado. En las finanzas personales hay un 20 por ciento de elecciones personales y un 80 por ciento de circunstancias. A pesar de ello, a lo largo de la historia, los expertos en temas económicos han insistido en que, si estás en la ruina, endeudada hasta las cejas o pasando apuros económicos es por tu culpa.
Este libro no ofrece una solución a la desigualdad. No toma partido contra (ni a favor) del capitalismo. No es uno de esos obscenos panfletos motivacionales cuyo mensaje es «yo he alcanzado el éxito y tú también puedes hacerlo» ni un altar al dios de la cultura del estrés. Todo lo contrario: es un manual de supervivencia. Mientras luchamos por cambiar el sistema, debemos aprender a movernos por él como pez en el agua. Por el momento, de pagar el alquiler, hacer la compra y cuidarnos a nosotras mismas no nos libra nadie.
Una feminista financiera es una mujer que utiliza el poder del que dispone para conseguir la igualdad económica, para ella y para quienes la rodean. Hay una cita que resume a la perfección el feminismo financiero: «Cuando hayas conseguido lo que necesitas, construye una mesa más grande, no un muro más alto». La misión del feminismo financiero es que logres fabricarte una mesa hermosa y sólida. Cuando quienes se sienten a ella estén alimentadas, derribaremos juntas los muros que otros han levantado. Eso, amiga, es revolución.
Bienvenidas a mi mesa, feministas financieras.
*Autora de Financial Feminist, ediciones Ediciones Koan. (Fragmento).