Los textos del escritor, periodista y militante

Adiós a Sergio Bufano

En su memoria, El Observador recopiló tres textos destacados, publicados en PERFIL, del intelectual que falleció el 9 de julio a los 82 años.

Foto: cedoc

El 9 de julio falleció el escritor y periodista Sergio Bufano a los 82 años.

Nacido en mendoza el 10 de octubre de 1943, viajó a los 6 años a la Ciudad de Buenos Aires con sus abuelos. Nieto del poeta Alfredo Bufano, fue autor de Cuentos de guerra sucia (1983); Diccionario de la injuria (2006); Harpías y Nereidas, pasiones y muertes en los setenta (2007); la novela Una bala para el comisario Valtierra (2012); y, junto a su pareja, la politóloga Lucrecia Teixidó, Perón y la Triple A. Las 20 advertencias a Montoneros (2015); entre otros.

En 1976, Bufano fue secuestrado por un grupo de tareas de la dictadura militar y llevado a un centro clandestino de detención, de donde escapó, para luego exiliarse en México.

Intelectual y militante, Sergio Bufano escribió en PERFIL en numerosas ocasiones. Incluso en este suplemento, El Observador.

 

Transformaciones.

Cuándo me hice reaccionario

Perder la fe revolucionaria para defender las aspiraciones democráticas es un proceso difícil que en muchos sentidos va dejando solo a quien lo vive, porque abandona la tribu y el dogma.

 

Hace unos años atrás me convertí en reaccionario. Así lo afirman mis ex amigos que hoy no me saludan porque su higiene ideológica les impide acercarse a un liberal que podría ser tan contagioso como el Covid. Y no hay vacunas contra el liberalismo. Si te toca, te toca y nunca más podrás liberarte del virus de la traición.

Mis primeros pasos en la migración de revolucionario a reaccionario se produjeron en México, durante el prolongado exilio para escapar de la dictadura de Videla. No fue de un día para el otro, naturalmente, todo proceso de descreimiento tiene su ciclo; es lento y trabajoso. Los que pierden la fe en el cristianismo consultan antes a los sacerdotes para intentar interrumpir ese paulatino descreimiento en Dios. Los sacerdotes recurren a todos los pasajes de la Biblia con la vana intención de no perder al cordero que está abriendo las puertas del templo para no regresar jamás. En el judaísmo ocurre algo parecido: el rabino trata de retener al indeciso mediante la conversación y las citas de la Torá que reproduce con pericia.

Qué decir del Corán sin repetir la misma escena. El que lo abandona y cae en el vacío del ateísmo deja atónito al gran musulmán que sentirá esa deserción como un fracaso personal.

Costoso.Transitar desde las convicciones revolucionarias a las aspiraciones democráticas, liberales, republicanas es lo mismo. Nada fácil. Requiere de un esfuerzo intelectual y una decisión personal costosos. Salir de la tribu, escapar del dogma, abandonar a los otros creyentes que compartieron la fe, exige una voluntad pertinaz porque el baldón de un vocablo sobrevuela la cabeza del que se va: traición.

Al traidor no se lo perdona. Ha perdido la fe y eso es irreparable. La oveja infiel ha salido del corral y quedará a merced de la voracidad del lobo. Antes de volverme reaccionario cantaba “ni votos, ni botas, fusiles y pelotas”. Y lo hacía hermanado con multitudes que alzaban, como yo, su puño en alto. Éramos un solo puño, un único cuerpo sólido sin fisuras. Éramos un alud que avanzaba a paso firme sobre la moribunda encíclica capitalista que se desvanecía en el aire tal como lo había pronosticado el comunismo científico. No puedo negar que era formidable pertenecer al coro con redobles, timbales y gritos de guerra con sones musicales. Puede que allí, dentro de mi cuerpo se oculte un diminuto eco de nostalgia. Porque creer a fe ciega es delicioso.

Sin emoción. Ser socialista liberal, socialdemócrata sería la síntesis, no produce los mismos efectos pasionarios; el corazón no se acelera cuando deposito mi voto en la urna. Además, al cuarto oscuro se entra de a una sola persona y en silencio; no hay metralla ni consignas. Lo que hay es una conciencia individual, ajena a la aglomeración, respetuosa del disenso, de las leyes y del diálogo, que decide sin la coerción de pertenencia a un grupo o multitud que defina lo que está bien o está mal: nadie ruge, nadie empuja hasta la victoria siempre.

La democracia no es emocionante. Para colmo, tampoco garantiza el bienestar general de todos los ciudadanos. Por lo tanto, al volverme reaccionario y apostar por la República y el respeto por los consensos políticos me quedé sin referentes de Justicia, porque si volteo mi cabeza hacia el costado encuentro a millones de familias que esta noche, ahora, mientras escribo, se van a dormir sin comer. Antes soñaba con garantizarles la felicidad eterna. Ahora ni siquiera puedo prometerles que en un par de años van a vivir mejor. No puedo hacerlo porque les mentiría.

Herejía. Ser reaccionario tiene un costado doloroso.

Recuerdo un momento de gloria de la historia reciente, cuando la sociedad, en ejercicio pleno del libre albedrío, eligió a un demócrata como presidente de la Nación. Eso fue en 1983.

Mis antiguos amigos de izquierda salieron enojados a la calle y cantaron: “Patria querida, dame un presidente como Alan García”. Otros amigos furiosos entonaron “traigan al gorila de Alfonsín, para que vea, que este pueblo no cambia de idea, sigue las banderas de Evita y Perón”, un salmo religioso que todavía repiten en las ceremonias litúrgicas.

Como no me sumé a ninguno de esos coros, mis amigos dejaron de verme. El comunismo científico para unos, y el peronismo perenne para otros son cómodas verdades absolutas que es pecado desmentir. Porque el castigo que se le reserva al hereje es convertirlo en reaccionario. Vale decir, traidor.

Eso es lo que soy para ellos. Hace mucho que no comparto guitarreadas en donde la entrañable transparencia de tu querida presencia invoca al fantasma de un soldado que batalló para alcanzar una liberación que devino en dictadura.

Ay, Che, ojalá pudieras responderme: si supieras que hay Damas de Blanco que reclaman otra liberación en tu antigua patria prestada. ¿Acaso también vos las reprimirías? ¿O fue la historia y sus circunstancias las que torcieron el destino que habías trazado en tu imaginario nuevo hombre?

Es imposible adivinarlo, aunque sospecho que no estarías tan en desacuerdo con ese muchacho Díaz-Canel, presidente de Cuba y heredero natural de un despotismo que nació cuando él todavía usaba pañales. Es cierto que este presidente nunca fue soldado y que solo conoce la selva por imágenes fotográficas, pero es evidente que fue educado como soldado, aunque no use el verde oliva de sus maestros ni cargue sus cananas. No hace falta.

Con guayabera también es posible el ejercicio de la dictadura.

Publicado el 08-01-2022.
 

 

Víctimas 

No fue la dictadura

La matanza no comenzó con la dictadura, lo que comenzó con la dictadura fue la sistematización del crimen: secuestro, tortura y muerte organizados con meticulosidad en numerosos campos de concentración para incrementar el número de capturados. Y tiempo suficiente para que el rapto se prolongara sin fecha y los cuerpos cedieran al dolor.

 

Eso es lo que hizo la dictadura. Pero antes de ella hubo entre 1.300 y 1.500 asesinados que hoy figuran como víctimas de los militares. Y no fueron los militares los culpables de esos crímenes. Me consta. 

Cuando visito el Memorial de la Costanera norte no dejo de observar la placa que dice Miguel Ángel Bufano, mi hermano menor secuestrado por una patota de la Juventud Sindical Peronista el 13 de diciembre de 1974, hace cincuenta años. Miguel fue atrapado en la puerta de su trabajo, golpeado brutalmente y por fin asesinado con cuarenta disparos de pistola. Quizás fuera una ametralladora, no lo sé. Tampoco conozco los nombres de los asesinos, salvo que salieron armados desde el Sindicato del Plástico. 

¿Quién convocó a los sicarios? Los dueños de la empresa que estaban molestos por las demandas de Miguel Ángel y de su amigo y compañero de militancia, Jorge Fischer. ¿Quién autorizó que dos automóviles Ford Falcon ocupados por hombres armados se estacionaran en la puerta de la empresa? La policía de la Provincia de Buenos Aires que había sido alertada por los obreros que temían el desenlace que finalmente se produjo. 

Los patrulleros llegaron, los agentes conversaron con los matones. Y se retiraron mansamente. Territorio liberado. ¿Quién gobernaba la Provincia?: Victorio Calabró luego de la obligada renuncia de Oscar Bidegain por parte del Presidente de la Nación a raíz del ataque del ERP al cuartel de Azul. Pero Miguel Bufano y Jorge Fischer no eran guerrilleros. Criticaban a los grupos armados, criticaban a Firmenich y a Santucho. Reprobaban públicamente el accionar “aventurero” de las milicias armadas. Claro, en su condición de delegados solicitaban salarios dignos, mejores condiciones de trabajo, ropa adecuada a sus actividades en la fábrica. Eran subversivos pacíficos desprovistos de armas. Pero aún así, ni los patrones ni los sindicatos estaban dispuestos a tolerar la presencia de “zurdos” que reclamaran mejoras laborales. Fischer tenía 25 años y mi hermano 23, dos mocosos que militaban en el hoy llamado Partido Obrero.

Desconozco cómo mataron a Fischer. Sé que a mi hermano lo golpearon hasta fracturarle los huesos y después lo acribillaron. Algunas crónicas atribuyeron los crímenes a la Triple A. En este caso, no es cierto. Fueron los muchachos del sindicato los autores que se movían bajo la protección de la patronal y enarbolando las siglas de la Juventud Sindical Peronista. Que todavía hoy existe, aunque afortunadamente no matan a nadie. Que yo sepa. A veces, cuando en noticieros o fotos periodísticas, veo a los dirigentes actuales me pregunto: ¿alguno de ellos habrá estado presente mientras disparaban contra el cuerpo de Miguel? Jamás lo sabré.

Publicado el 22-12-2024.

 

Costos.

Las dos pasiones

En los últimos veinte años se intentó crear una versión legendaria acerca de los 70 y la pasión de jóvenes que se lanzaron a la lucha armada. Se exaltó desde el Estado el arrebato de muchachas y muchachos que daban la vida por un mundo mejor que se alcanzaría mediante el sacrificio. Pasionarios, voluntaristas, que derramaron su sangre —y la de otros— generosamente.
 

Esa mirada nostálgica de la violencia setentista sepultó otra pasión ya olvidada que existió en la década anterior —los 60—, cuando a pesar de los golpes militares existía una ebullición cultural ya perdida. Se discutía Huracán sobre el azúcar de un Sartre que defendía a Cuba y miraba de soslayo la polémica por la persecución a los homosexuales en la isla. Existían Victoria Ocampo y David Viñas. La revista Fichas de Milcíades Peña y el diario La Prensa de Gainza Paz. Pasado y Presente de José Aricó y la revista Criterio, de origen cristiano. Fue la época de El Grillo de Papel, de El Escarabajo de Oro y La Rosa Blindada. También de Eudeba (con la lúcida y amplia visión) de Spivacow, que vendía millones de ejemplares. El Instituto Di Tella y sus vanguardias, el Teatro del Pueblo, el Fray Mocho, el Teatro Los Independientes. Los artistas plásticos que pintaban bajo los efectos de acido lisérgico y eran despreciados por alguna militancia porque era una actitud pequeñoburguesa desligada del pueblo.

La pasión estaba puesta en las ideas. En el debate de las ideas. En el pensamiento crítico. Y era una flor de pasión. Centrada en el conocimiento. Que no se limitaba al bar La Paz o los claustros. También se extendía a las calles y se reflejaba en el Cordobazo, Viborazo, Tucumanazo, Rosariazo, y las protestas callejeras de obreros y estudiantes contra las dictaduras que periódicamente anunciaban la epifanía de una eterna felicidad uniformada.

Era una pasión creativa. Productiva. Podíamos discutir sobre las vías para alcanzar el socialismo y a la noche ir a bailar con el ritmo de Los Beatles.

Luego llegaron los 70. Y entonces la pasión se transformó en instinto de guerra. Estudiantes de Letras con una pistola 45 en la cintura. Antropólogos convertidos en mecánicos clandestinos. Físicos fabricantes de explosivos. La cultura se distorsionó porque a la política —que a todos nos apasionaba— le agregamos el más peligroso de los condimentos: las armas.

Y la historia demuestra que cuando la política se militariza triunfan los que mejor disparan un arma, los más audaces, los más arriesgados. Triunfan las balas sobre las letras. La pérdida de sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, el desprecio absoluto por la vida: por la propia vida y por la vida del adversario.

En 1972 jóvenes militantes buscaban refugio condenados a muerte por sus compañeros. No eran delatores ni policías. Habían roto con su organización por disidencias políticas. En 1975, en una de las organizaciones armadas se ordenó que había que matar a un hombre para ocupar un puesto de dirección. Rito de iniciación en algunas antiguas tribus africanas.

“El arte debe ser sometido a una vigilante censura revolucionaria”, había profetizado León Trotsky medio siglo antes.

Aquella pasión creativa era ahora una pasión luctuosa, de metralleta, aunque se realizara en nombre de la revolución social y de los desposeídos de la tierra.

Y fue así como los desposeídos de la tierra abandonaron la colaboración, empatía, o como se llame aquello que sentían hacia esos grupos. Si hay algo que caracteriza a los 70 es que el pueblo le dio la espalda a la guerrilla y la dejó trágicamente sola.

La soberbia de los militares que se adjudican la derrota de la subversión es una falacia. La izquierda violenta había sido derrotada mucho antes del golpe. Y no por las armas de los militares, sino porque la militarización de la política condujo a toda una generación a un callejón sin salida.

El costo ha sido tan alto y doloroso, que será necesario volcar toda la pasión del mundo para recuperar una cultura de justicia, libertad, igualdad, una justicia de debates e ideas. Y habrá que hacerlo dentro del marco de una democracia renga y desigual con gobernantes groseros, incultos, chabacanos. No será fácil, está claro. Pero será en democracia.

Publicado el 02-03-2025.