Durante gran parte de la historia contemporánea, América Latina ha sido considerada una región periférica en los asuntos globales: proveedora de materias primas, receptora de inversión extranjera y espacio de influencia dominado por grandes potencias. Sin embargo, esa percepción está cambiando. A medida que se intensifica la rivalidad entre Estados Unidos y China, América Latina emerge como una de las regiones estratégicamente más disputadas del mundo.
Un creciente número de estudios sugiere que la región ocupa hoy una posición singular en la intersección entre la economía, la geopolítica y el desarrollo global. Aunque América Latina continúa dependiendo estructuralmente de los mercados externos y de la inversión extranjera, también se ha convertido en un escenario clave donde Washington y Beijing compiten por influencia, recursos y alianzas estratégicas.
Esta transformación refleja cambios más amplios en el sistema internacional. Durante las últimas dos décadas, China ha ampliado de forma notable su presencia en América Latina, convirtiéndose en un importante socio comercial, inversionista, prestamista y promotor de infraestructura. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha renovado su atención hacia el hemisferio occidental ante la preocupación por la creciente huella china en lo que tradicionalmente ha sido considerado su área estratégica de influencia. El resultado es una región más relevante que nunca para la política mundial, aunque todavía enfrenta muchos de los desafíos económicos y políticos que históricamente han limitado su desarrollo.
Durante la Guerra Fría, China consideraba a América Latina como parte del llamado “Tercer Mundo”. Dentro de ese marco, la región era agrupada junto a los países en desarrollo de Asia y África que buscaban resistir la dominación de las grandes superpotencias.
Sin embargo, la experiencia latinoamericana fue distinta a la de muchas otras regiones en desarrollo. Aunque los países eran políticamente independientes, la mayoría continuó dependiendo económicamente de las economías avanzadas, especialmente de Estados Unidos. La influencia de la Doctrina Monroe, que afirmaba la primacía estadounidense en el hemisferio occidental, limitó aún más la autonomía geopolítica de la región.
Posteriormente, los teóricos del sistema-mundo sostuvieron que la posición de América Latina estaba determinada menos por factores políticos que por factores económicos. Según esta perspectiva, la economía global se divide entre países del “centro”, que controlan las finanzas, la tecnología y las industrias avanzadas, y países de la “periferia”, cuya función principal consiste en exportar materias primas y bienes de bajo valor agregado.
Durante décadas, América Latina ocupó esa posición periférica. Aunque países como Brasil y México desarrollaron sectores industriales significativos, gran parte de la región siguió dependiendo fuertemente de las exportaciones de productos básicos. El crecimiento económico permaneció con frecuencia expuesto a las fluctuaciones de la demanda global, los precios de las materias primas y los mercados financieros. A pesar de los procesos de industrialización y modernización, muchos países tuvieron dificultades para romper este patrón de dependencia.
La irrupción de China como potencia económica mundial ha alterado la posición de América Latina en la economía internacional. La demanda china de productos como cobre, soja, mineral de hierro y litio ha impulsado el crecimiento del comercio en toda la región. Asimismo, las empresas chinas han invertido de manera significativa en proyectos de infraestructura, desarrollo energético, redes de telecomunicaciones y corredores de transporte.
Para muchos gobiernos latinoamericanos, la relación con China ha representado una fuente alternativa de financiamiento y cooperación económica. Países que anteriormente dependían de manera abrumadora de Estados Unidos o de los mercados europeos cuentan hoy con una mayor flexibilidad en sus relaciones internacionales. China se ha convertido en uno de los socios comerciales más importantes de la región, especialmente en América del Sur. Sus inversiones han contribuido a financiar carreteras, puertos, centrales eléctricas e infraestructura digital que numerosos países necesitan con urgencia.
No obstante, algunos analistas advierten que estas oportunidades también implican riesgos. Aunque la presencia china ha ampliado las opciones económicas disponibles, también ha reforzado ciertos patrones tradicionales de dependencia. Muchas economías latinoamericanas continúan exportando principalmente materias primas mientras importan productos manufacturados de mayor valor agregado.
Esta situación reaviva el antiguo debate sobre si la dependencia de las exportaciones de recursos naturales debilita, en lugar de fortalecer, el desarrollo industrial y la innovación tecnológica a largo plazo.
Mientras China ampliaba su presencia, Estados Unidos comenzó a prestar una renovada atención a la región. Cada vez más, los responsables de la política exterior estadounidense observan a América Latina a través del prisma de la competencia estratégica con Beijing. Las preocupaciones en torno a las inversiones chinas en infraestructura crítica, redes de telecomunicaciones y extracción de recursos han elevado la importancia de la región en los cálculos estratégicos de Washington. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha dejado clara esta renovada apuesta por el hemisferio occidental.
Este renovado interés refleja una transformación más amplia de la política internacional. En lugar de un mundo dominado por una sola superpotencia, numerosos analistas describen actualmente el sistema internacional como una estructura de “doble núcleo” articulada en torno a Estados Unidos y China. En este nuevo escenario, ambas potencias compiten por influencia económica, liderazgo tecnológico y ventaja geopolítica. América Latina se ha convertido en uno de los espacios donde esa competencia se desarrolla con mayor intensidad.
Los abundantes recursos naturales de la región —esenciales para las baterías y las tecnologías de energía renovable— han incrementado aún más su valor estratégico. El control de las cadenas de suministro, las redes de infraestructura y los estándares tecnológicos está adquiriendo una importancia comparable a la del poder militar tradicional. Como consecuencia, América Latina ya no es percibida únicamente como un receptor pasivo de influencias externas. Cada vez más se la reconoce como una región decisiva cuyas decisiones pueden influir en los resultados económicos y estratégicos a escala global.
Esta nueva realidad presenta tanto oportunidades como desafíos para los países latinoamericanos. Por un lado, la competencia entre China y Estados Unidos otorga a los gobiernos un mayor margen de maniobra. Los países pueden diversificar sus alianzas, atraer inversiones de múltiples fuentes y negociar acuerdos económicos más favorables. Algunos especialistas consideran que el contexto actual ofrece a América Latina una oportunidad poco común para fortalecer su capacidad de negociación y avanzar hacia estrategias de desarrollo más autónomas.
Por otro lado, la intensificación de la competencia también puede generar nuevas formas de dependencia. Las potencias externas pueden buscar profundizar su influencia mediante el comercio, las finanzas, la tecnología y la diplomacia, limitando potencialmente el margen de decisión de las políticas nacionales.
La inestabilidad política, las debilidades institucionales y la persistente desigualdad continúan obstaculizando la capacidad de muchos países para aprovechar plenamente las nuevas oportunidades. Sin inversiones sustanciales en educación, innovación, modernización industrial e integración regional, la región corre el riesgo de seguir dependiendo de actores externos pese a su creciente relevancia estratégica.
Quizás la conclusión más significativa que surge de las investigaciones recientes es que América Latina enfrenta una paradoja fundamental. La región es cada vez más importante para las principales potencias del mundo, pero esa creciente importancia no se traduce automáticamente en una mayor autonomía ni en una mayor prosperidad. Dicho de manera simple, su relevancia estratégica está aumentando más rápido que su transformación estructural.
En otras palabras, América Latina podría estar desplazándose desde los márgenes de la política global hacia el centro de la competencia internacional sin lograr necesariamente superar las limitaciones económicas que han condicionado su desarrollo durante décadas. La capacidad de convertir su importancia geopolítica en un desarrollo sostenible constituye una de las cuestiones definitorias del siglo XXI.
Mientras Estados Unidos y China continúan compitiendo por influencia a escala global, América Latina se encuentra en una encrucijada decisiva: ya no es una periferia olvidada, pero tampoco un centro independiente de poder.
El futuro de la región dependerá de la eficacia con que sus gobiernos gestionen las oportunidades y las presiones derivadas de un orden internacional cada vez más competitivo e incierto.
*Académico distinguido de Yunshan y director del Centro de Estudios Europeos del Instituto de Estrategias Internacionales de Guangdong, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Guangdong. Asimismo, es profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Universidad de Aalborg, Dinamarca.
**Investigador asociado de la Academia de Estudios sobre China Contemporánea y el Mundo, con sede en Beijing.