Adorni: un deslome ontológico
Bajo su apariencia de libre albedrío, la época que nos toca vivir impone mandatos cuya exigencia se nutre de la amenaza de exclusión. Si nos sos exitoso, fuiste. ¡Afuera!
En los consultorios psicoanalíticos solemos recibir personas supuestamente “fracasadas” cuyo lamento se acompaña de demandas tales como: pasame un tip para tal o cual cuestión; un coaching para la reunión que tengo mañana; necesito gestionar mejor mis emociones; y otras de similar cuño y tenor, todas sazonadas con la queja según la cual “soy muy inseguro”.
Al interrogar la particular interpretación que anida tras de esas consideraciones, suele emerger el paso por algún coaching ontológico cuya intervención no logró alcanzar los niveles de éxito esperados o, por el contrario, y mucho más frecuente, casos en que, si bien aconteció algún éxito puntual, el sufrimiento subjetivo terminó siendo igual o peor.
Hay poderosas razones para que sea así. Estas prácticas basadas en la mera sugestión están destinadas al reforzamiento del ser merced al saber que el coach –el agente– de una u otra manera transmite al paciente. Así, por rara paradoja, el “yo puedo” propio de la exacerbación individualista de nuestra época es tributario de la dependencia de un otro con un fin meramente adaptativo a tal o cual realidad.
No hay un cuestionamiento de la demanda en juego sino, antes bien, un dispositivo para cumplir con lo que el sujeto acepta sin revisión alguna. De esta manera, si el psicoanálisis trabaja para liquidar la transferencia –esa depositación de amor y saber en el agente–, las prácticas sugestivas no hacen más que reforzar la identificación con la persona a la que se le atribuye saber.
Sucede que, por mejores intenciones que se declamen, el narcisismo del ser es insaciable: si lograste algo, quiere más. Y si no lo lográs, te dice que no servís.
Al igual que la IA, el coach ontológico suele trabajar con la empatía, es decir, el consultor muestra un semblante comprensivo, cuya bonhomía hace que el consultante, si bien pueda experimentar algún alivio o satisfacción por un logro puntual, se sienta exigido por cumplir con esa excelencia que el ideal depositado en el coach le imprime.
Algunos recientes ejemplos son por demás sugerentes. Como bien es sabido, el deslomado jefe de Gabinete se llevó a su esposa coaching ontológica con la tuya y con la mía a Nueva York. No sabemos si la señora asiste ontológicamente a Manuel Adorni, pero nos tienta preguntarnos hasta dónde la dependencia respecto de una mujer a la que se le atribuye saber intervino como para que uno de los delfines predilectos de La Libertad Avanza cometiera semejante torpeza. Error por el cual nos seguimos enterando de la larga saga de coachings con o sin avión de los cuales el susodicho se ha servido en su gesta ontológica.
Instalado en su atril de vocero presidencial, el sujeto hizo gala de una soberbia mayúscula con la que supo alternar la burla, el desprecio y el cinismo con el fin de transmitir la insensibilidad que este gobierno lleva como marca en el orillo. El coaching de Adorni fue por demás exitoso. Le permitió alzarse con un triunfo en las elecciones citadinas de medio término y encumbrarse como uno de los hombres fuertes de la ultraderecha vernácula.
Pero nada más. Apenas un leve rasguño, un viajecitao de unos pocos dólares, le ha derrumbado su ego enfermo y malintencionado.
No es el único, parece ser que el otrora presidente de la Nación Mauricio Macri –prometedor de tantos beneficios al país–, pero que según sus propias palabras no logró conseguir ese logro, también está acercándose al amoroso coaching ontológico de una dama.
El muchacho viene de fracaso en fracaso. El último en su bastión cordobés, donde perdió la manija a manos de una mujer.
Es curioso, en su clase del 21 de enero de 1976, Lacan daba cuenta de la manera en que el sujeto masculino –cuanto más macho, peor– “crea” una mujer que sabe para, aunque sea al costo de un furibundo deslome, sostener su herido narcisismo.
Salud.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
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