ELOBSERVADOR
50 años de la dictadura

Narrar de forma distante sucesos dramáticos

En la novela Dos veces junio, de Martín Kohan, un conscripto que realiza su servicio militar como chofer de un médico relata imperturbable la sombría actividad de este durante la dictadura.

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La narrativa argentina ha abordado a su modo los muy diversos y relevantes sucesos de nuestra historia reciente. Precisamente, a las variadas maneras en que la literatura ha dado cuenta de esos hechos, hemos dedicado numerosas notas en este y otros medios. Dado que en este mes de marzo se cumplen cincuenta años del golpe de Estado que dio origen a la última dictadura militar, en las semanas anteriores nos referimos en este diario a dos novelas distintas entre sí que abordaron esa trágica época. Cerrando esta serie, abordamos aquí Dos veces junio (2002), de Martín Kohan, una obra que a su vez se diferencia de las anteriores.

El título de la novela remite a los dos momentos en que suceden los hechos narrados, ya que la acción transcurre en el mes de junio de dos años distintos, 1978 y 1982, que se corresponden con el campeonato mundial de fútbol y con la Guerra de Malvinas. Esos dos momentos elegidos por el autor para situar la acción no son casuales, ya que pueden interpretarse como dos épocas muy diferentes en cuanto al poder que ejercía el gobierno de entonces.

En efecto, 1978 puede considerarse como una época de “gloria” para la dictadura, ya que en los dos años anteriores había logrado, a través de métodos brutales, diezmar a las organizaciones guerrilleras y además podía adjudicarse que la selección argentina de fútbol lograse ganar el campeonato mundial.

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Por contrapartida, 1982 marca la época de debacle de la dictadura, ya que fracasó el absurdo conflicto desatado por las islas Malvinas con el objetivo de perpetuarse en el poder.

En cuanto a los personajes, en el texto se destacan dos de ellos. Uno es el Dr. Mesiano, un médico encargado de supervisar torturas a los detenidos durante la dictadura. El otro es un conscripto que oficia de chofer del mencionado facultativo y que es el narrador principal en la novela.

Por otro lado, en cuanto a la trama de la obra, está organizada en dos partes, de muy desigual extensión. La primera, titulada “Diez del seis”, ocupa la mayor parte de la novela. Los hechos aquí relatados comienzan con una pregunta dirigida desde un centro de detención al Dr. Mesiano: “¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”. Esa insólita pregunta está motivada porque, ante la negativa de una mujer detenida a aportar datos a pesar de las torturas, se ha pensado en hacer lo mismo con su bebé para obligarla a dar información.

Al narrador, se le encarga buscar al Dr. Mesiano, quien se ha ausentado para ver junto a su hijo adolescente un partido de fútbol durante el campeonato mundial en el cual jugaba la selección argentina. Luego de algunas peripecias, el conscripto encuentra por fin al médico y a su hijo a la salida del mencionado encuentro. Después, los tres van al centro clandestino de detención ubicado en Quilmes, donde otro médico le efectúa personalmente la consulta inicial. Dado que el bebé tiene poco peso, se decide que no está apto para la tortura y el Dr. Mesiano propone que sea dado a su propia hermana, que no puede quedar embarazada.

En la segunda parte, titulada “Treinta del seis (Epílogo)”, mucho más breve que la primera, aparece la Guerra de Malvinas a través de la muerte en ella del hijo del Dr. Mesiano, el adolescente que lo había acompañado para ver el comentado partido de fútbol. El narrador, ahora exconscripto, se entera de ello al leer una lista de fallecidos en la guerra que aparece en un diario. Ante la noticia de esa muerte, decide ir a ver al facultativo, a quien encuentra en la casa de un familiar. Allí, además del médico, se hallan su hija y su cuñado haciendo un asado, así como el hijo de estos, un pequeño de cuatro años que no es otro que el bebé que se había llevado el Dr. Mesiano en la primera parte. Luego de comentarios sobre la situación pos-Malvinas, el narrador vuelve a su casa.

Hasta aquí, una breve referencia a lo narrado en la novela. Por cierto, como una misma trama puede ser trabajada de muy diversas maneras, veamos cómo lo hace Kohan.

Uno de los aspectos que saltan a primera vista son los números, o con más precisión la obsesión por los números. Cada una de las partes lleva por título números, los que se refieren a las fechas en que se desarrollan los hechos relatados. La primera, “Diez del seis”, alude al 10 de junio de 1978, día en que se jugó el partido de fútbol entre Argentina e Italia. La segunda, “Treinta del seis”, se refiere al 30 de junio de 1982, poco tiempo después de la rendición de las tropas argentinas en la Guerra de Malvinas, ocurrida el 14 de junio.

Cabe aclarar que la recurrencia obsesiva a los números no se limita a los títulos de las partes, sino que cada capítulo también lleva por título un número, el cual remite a algún aspecto de lo que se cuenta en él, aludiendo a veces a algo central de lo relatado, pero en otras ocasiones refiriéndose a aspectos totalmente secundarios. Ya que a lo largo de la novela el uso de números para titular los capítulos es una constante, veamos varios ejemplos para poder mostrar concretamente cómo utiliza este recurso el autor.

El primer capítulo se titula “Cuatrocientos noventa y siete”. En él, el conscripto que oficia de narrador recuerda el momento del sorteo que, según el número que se correspondía con el número de orden, determinaba si se incorporaba o no al servicio militar y, además, en caso de que sí lo hiciese, a qué fuerza sería (Ejército, etc.). El título alude justamente al número de ese sorteo: “La radio dijo: ‘Número de orden: seiscientos cuarenta.’ Seiscientos cuarenta era yo. La radio dijo: ‘Sorteo’. Y dijo: ‘Cuatrocientos noventa y siete’. Nos miramos. Se hizo un silencio. La radio seguía, pero con otros números que ya no teníamos que escuchar. Habíamos estado ahí desde las siete menos diez de la mañana, cuando todavía era de noche. Mi padre dijo: ‘Tierra’”.

Otro ejemplo. En el capítulo titulado “ciento veintiocho”, el narrador relata algunos aspectos vinculados con el Dr. Mesiano, del cual es su chofer. Entre esos aspectos, se hace mención del tipo de automóvil que conducía para el médico, que difería de lo conocido por él anteriormente: “La única dificultad que tenía con el Ford Falcon es que traía la palanca en el volante. Yo estaba demasiado acostumbrado a la palanca al piso del Fiat 128 de mi padre. Por eso, en especial durante las primeras semanas, para hacer cada cambio llevaba sin querer la mano hacia abajo, tanteaba el vacío por unos segundos, y solo entonces recordaba que en el Falcon los cambios había que hacerlos arriba. El doctor Mesiano se fastidiaba con esas vacilaciones mías”.

Un último ejemplo. En el capítulo titulado “Ochenta mil”, se relata la búsqueda que realiza el conscripto para informarle al Dr. Mesiano sobre el mensaje que se había recibido con carácter de urgente para el profesional. Como sabía que este había ido con su hijo a ver un partido que disputaba la selección argentina (supuestamente en la cancha de River Plate), se dirige hacia allí y reflexiona lo siguiente: “Gracias a las reformas indicadas y luego supervisadas por el Ente Autárquico, la capacidad del estadio alcanzaba ahora a casi ochenta mil espectadores. Me costaba calcular lo que representaba esa cantidad de personas aglomeradas en las calles de un barrio. Pero no dejaba de comprender que, ante esa cifra desmedida, las probabilidades que yo tenía de encontrar al doctor Mesiano en el acceso al estadio eran tan pocas”.

Otro aspecto de la novela para destacar es la continua descripción de detalles y de reflexiones que se efectúa, que en sí mismos podrían ser considerados irrelevantes. Sin embargo, ese detallismo en lo irrelevante tiene como resultado que en la narración lo que podría considerarse dramáticamente relevante quede así diluido, disminuido, subestimado. Veamos un par de ejemplos.

En un capítulo donde el conscripto cuenta la rutina a la que se había acostumbrado por ser el chofer del Dr. Mesiano, señala: “Lo primero, a la mañana, era poner el coche en condiciones. Con un trapo rejilla había que secar las gotas del rocío de la noche y después pasar una franela que le sacara brillo a la chapa azul. En las madrugadas de junio, como era el caso, el auto amanecía cubierto de escarcha. Lo mejor era echar agua bien caliente para deshacer el hielo; después pasar el trapo, y después pasar la franela. No importaba lo reluciente que pudiese estar el coche. Había que cumplir con esta rutina. Solamente los días de lluvia justificaban su suspensión”. Recordemos que el Dr. Mesiano es un profesional que trabaja acompañando la labor de los torturadores en distintos centros clandestinos de detención. Sin embargo, el conscripto se detiene en numerosas digresiones de su rutina sin hacer hincapié en la tarea del médico.

Otro ejemplo puede verse en la descripción que se realiza del centro de detención de Quilmes, adonde el conscripto lleva al Dr. Mesiano por la consulta efectuada por otro médico. Sobre una de las oficinas de ese lugar, se comenta: “En el entrepiso estaban las oficinas. El trabajo de oficina es siempre el más tedioso, el más mecánico, el más repetitivo, el más impersonal. Hasta el sonido del tecleo de los que escriben a máquina parece distinto. Sobre los escritorios se apilan las planillas de puntas dobladas, y es raro que en los estantes dejen de torcerse los grandes biblioratos de color indefinible. Siempre hay alguien que para matizar enciende una pequeña radio portátil y sintoniza alguna audición de tango, pero esa radio siempre tiene interferencias y se mezcla, convertida en ruido, con el ruido de las máquinas de escribir”. Recordemos, en otras dependencias de ese lugar es donde se torturaba a los prisioneros y en este caso, dado que la detenida que había dado a luz no daba las informaciones que pretendían sus captores, se ha solicitado la opinión del Dr. Mesiano para ver si, torturando al bebé, la prisionera confiesa.

Otro aspecto de la novela para señalar es la información oblicua, no explícita, que ofrece el autor sobre los hechos narrados. Es decir, este no brinda en forma clara, directa, información sobre los sucesos, sino que se maneja continuamente con lo implícito. El hecho de que los capítulos lleven por título números, que se refieren muchas veces a aspectos secundarios de lo narrado, en vez de utilizar frases directas que aludan al contenido, lleva a que el lector continuamente deba realizar inferencias teniendo que recurrir a sus saberes. Veamos un par de ejemplos.

En el capítulo en el que se cuenta que el conscripto acude al estadio donde ha concurrido el Dr. Mesiano con su hijo para ir a ver un partido de fútbol donde jugaba la selección argentina, no se dice directamente lo sucedido, sino que se maneja con implícitos. En forma explícita el autor podría haber comentado algo así como: “El conscripto acude al estadio de River Plate para encontrar al Dr. Mesiano justo en la fecha en que la selección argentina perdió ante Italia por 1 a 0”. Obviamente, el autor no hace esto. Recurre a titular el capítulo “Cero uno” y no señala la derrota ante Italia, sino que lo da a entender implícitamente por una extensa descripción que efectúa de los espectadores al salir luego del partido, de la cual esta es solo una parte: “En filas desparejas se desconcentró la multitud callada. Era una larga procesión de cabizbajos, que no mostraban llanto por no ceder el gesto del que es bien hombre, pero que tampoco hablaban ni levantaban la vista. Se oía tan solo el rasgado del andar sobre el pavimento o sobre las baldosas de las veredas, porque los pies tampoco los levantaba nadie, y al arrastrarlos se arrastraban los papeles rotos, la mugre general de los días de partido, los pedazos de cualquier cosa”.

Esa forma de referirse implícitamente también se da en el lugar adonde concurre por la consulta el Dr. Mesiano. Sobre este sitio, debe señalarse que no es un recurso ficcional para mostrar en qué consistía la actividad de un centro clandestino de detención, sino que realmente existió y se ha popularizado nombrarlo como “el Pozo de Quilmes”. Claro que no es así denominado en la novela, sino que se deduce porque se nombra una de las calles que rodeaban el edificio (Allison Bell).

Por último, al igual que hicimos en otras ocasiones, puede ponerse en serie esta obra con otra con la cual puede relacionarse. En efecto, en la nota anterior señalamos que se podía poner en serie la novela Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso, con La llamada, de Leila Guerriero. En este caso, Dos veces junio puede ponerse en serie con Villa, de Luis Gusmán.

Esa otra novela también trata de un médico que está en relación con torturadores, siendo precisamente el Dr. Villa quien da su nombre a la obra. A pesar de la similitud, cabe aclarar que lo narrado en ella ocurre poco antes de la época de la dictadura, ya que la acción está centrada en el Ministerio de Bienestar Social y la Triple A durante la época de López Rega. Por otra parte, esa filiación es explicitada por el propio Kohan, ya que el epígrafe que antecede a su obra pertenece a Luis Gusmán y dice: “En junio murió Gardel, en junio bombardearon la Plaza de Mayo. Junio es un mes trágico para los que vivimos en este país”.

En suma, los hechos trágicos están narrados en la novela en compañía de números y de múltiples detalles insustanciales, logrando el efecto de una “narración distante”. Puede interpretarse que esta forma de narrar es la estrategia adoptada por el autor para que, por contraposición, lo relatado resulte más potente que si se limitase a hacer hincapié solo en los aspectos dramáticos de lo relatado.

*Licenciado en Letras (UBA) y doctor en Ciencias Sociales (UBA).

IG @carloscampora100.