Así como sobre tantos otros hechos relevantes de nuestra historia, numerosas obras literarias dieron cuenta de la última dictadura militar. Dentro de estas obras, los grados de ficcionalidad son variables, pues están aquellas que son directamente creaciones imaginadas por sus autores y otras que, si bien son construcciones ficcionales, se basan en alguna medida en sucesos verdaderamente ocurridos. Y también hay aquellas que, sin ser meros testimonios, se presentan como fidedignos relatos de hechos realmente sucedidos. En este último caso, estamos hablando del género de “no ficción”, que es precisamente al que pertenece la narración a la que nos referimos en esta nota.
La obra en cuestión es Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso, publicada originalmente en 1984, y luego en una segunda edición en 1994, que llevó por título Recuerdo de la muerte. Edición definitiva. En ella se relatan las vicisitudes padecidas por un sobreviviente de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), lo cual en sí mismo no es un dato menor, ya que sobrevivir a ese campo de concentración no fue el destino de la mayoría de los que allí permanecieron secuestrados y detenidos. Recordemos que por la ESMA pasaron cerca de cinco mil personas, pero conservaron su vida solo unas trescientas.
Aunque algunos hechos históricos son ya hoy muy conocidos (o por lo menos deberían serlo), no está de más recordarlos brevemente al cumplirse medio siglo del golpe de Estado de 1976. A partir de este, la Argentina quedó bajo el control de las Fuerzas Armadas y se desplegó entonces una violencia nunca vista con anterioridad, enmarcada en la denominada “lucha antisubversiva”. Se puso en marcha un sistema represivo planificado y centralizado por los militares, que comenzó incluso antes del golpe. Si bien la represión tuvo como uno de sus principales blancos la población joven (donde se hallaba buena parte de la militancia política de las organizaciones guerrilleras), su alcance fue más amplio, ya que abarcó a muchos otros que quedaron bajo sospecha y fueron señalados como “terroristas” por sus ideas o por su participación social.
La mayoría de las personas detenidas de manera clandestina fue asesinada y sus cuerpos fueron enterrados en fosas comunes o arrojados al mar desde aviones militares. Se estima que en la Argentina funcionaron más de seiscientos centros clandestinos, con distintas dimensiones y modalidades de operación. Dentro de ese entramado, la ESMA ocupó un lugar central, pues concentró un alto número de personas secuestradas y fue un espacio clave en la apropiación sistemática de niños nacidos en cautiverio. Además, su localización en la Ciudad de Buenos Aires hizo que existiese cierta temprana visibilidad del lugar y, con el tiempo, se transformó en uno de los símbolos más reconocidos del terrorismo de Estado.
Como mencioné al comienzo, Recuerdo de la muerte pertenece al género denominado “no ficción” (a veces también mencionado como “nuevo periodismo”). Se suele reconocer como iniciadores de esta corriente a escritores norteamericanos, siendo Truman Capote quizás el más conocido con su obra A sangre fría (1966), aunque también se acostumbra a nombrar a otros autores como Tom Wolfe o Norman Mailer. Asimismo, entre los exponentes locales, el ejemplo más citado es el de Rodolfo Walsh y su obra Operación masacre (1957), quien se adelantaría con su texto al de los autores antes nombrados.
La “no ficción” es un género híbrido, en tanto aborda hechos realmente sucedidos (no ficticios), pero lo hace utilizando recursos propios de la ficción literaria. Es decir, por una parte, tiene como premisa el uso de un material que debe ser respetado (distintos registros como grabaciones, documentos y testimonios comprobables que no pueden ser modificados por exigencias del relato); pero, por otra parte, el modo en que dispone ese material y su narración hace que se produzcan transformaciones, ya que los textos adoptan una versión que tiene su lógica interna, no siendo una mera repetición de lo real. En suma, la “no ficción” presenta una constante tensión entre lo real y lo ficticio, entre lo testimonial y la construcción narrativa.
Asimismo, en cuanto a la “no ficción”, cabe señalar que suele también denominárselo en ámbitos académicos como “narración factual”. De esta manera, se trata de poner de relieve no lo que no es, sino lo que sí es: una narración que se basa en hechos realmente sucedidos. Según esta caracterización, habría que juzgar la narración por el apego a los hechos relatados. Sin embargo, como mencionamos, no debe olvidarse que en este género lo real está en continua tensión con lo ficcional.
El propio autor de la obra aquí abordada, en un posfacio, da cuenta de la ambigüedad entre lo real y lo ficticio en su obra, al señalar: “Con la puerta que se cierra a espaldas del fugitivo, culmina esta ‘novela real’ o ’realidad novelada’ que es Recuerdo de la muerte”. Dicha ambigüedad se vuelve a dar cuando, refiriéndose al texto, Bonasso afirma: “No es por azar que asumió la forma novelística. La narración muestra, no demuestra. (…) La voluntad de novelar no encubre aquí el designio de modificar los hechos, Todo lo que se dice es rigurosamente cierto y está apoyado sobre una base documental enorme y concluyente”.
Una muestra de que el texto no ha sido considerado como un mero testimonio apegado a lo real, sino que es visto como una novela (aunque dentro de la categoría “no ficción”), es que obtuvo en 1988 el premio Rodolfo Walsh en la Semana Negra de Gijón. Recordemos que este es un tradicional encuentro dedicado especialmente al género policial, que se celebra en la ciudad asturiana de Gijón. Al respecto, señalemos que algunos exmilitantes políticos criticaron en su momento el texto, considerándolo no tanto como una obra testimonial, sino como un mero “thriller”.
En la obra se siguen las peripecias vividas por el militante de Montoneros Jaime Dri en distintos centros clandestinos de detención y se basa en extensas conversaciones mantenidas por él con Miguel Bonasso, también militante de Montoneros, entre 1981 y 1983 en México, donde ambos estaban exiliados. En otras palabras, el texto se basaría en los hechos de los cuales Dri fue testigo. A pesar de ello, está claro que hay partes en él que son evidentemente ficcionales. Para que se entienda mejor, aunque algo extenso, veamos un ejemplo concreto.
En el capítulo VI de la primera parte, titulado “El Tigre y el Almirante” (por referencia al represor Jorge Acosta y a Emilio Massera), se cuenta: “La mañana había empezado mal para el Tigre, pero ahora se abría esplendorosa. Con los brazos cruzados miraba por la ventanilla del Chevy cómo el sol doraba las ventanas de las casas de departamentos (…). Iba solo y reconcentrado en el asiento trasero de ese auto con olor a nuevo. Al alcance de su mano reposaba la Uzi y de su sobaco izquierdo pendía la enorme culata marrón del Magnum. Pero ya era tal la rutina que no pensaba en las armas (…). Iba sumido en esa dulce certeza, en esa blanda sensualidad que lo acunaba y lo arropaba: el Almirante lo había llamado (…). Y si lo había distinguido a él, puenteándolo nada menos que al propio Chamorro, nada menos que el director de la Escuela, no era porque sí, sino porque él se había jugado como nadie, no solo dando goma, sino también entendiendo la política”.
Es evidente que Dri no pudo ser testigo de todo lo que relata Bonasso y que es claramente una creación ficcional. Sin embargo, de nuevo en relación con la tensión entre realidad y ficción, no puede afirmarse que en esencia (no en detalles de la creación literaria) sea totalmente falso. Es sabido que el Tigre Acosta fue el ideólogo de “recuperar” a algunos de los detenidos para ponerlos a trabajar en ciertas cuestiones y que esto coincidía con los planes de un futuro político que Massera albergaba para sí mismo. También es conocido en cuanto a los llamados “grupos de tareas” de la ESMA que, mientras Massera estaba en la cumbre de su poder, Acosta ocupó un lugar central en la actividad de esos grupos.
Pasando a otros aspectos de la obra, digamos que su título refleja la atmósfera trágica que rodea lo relatado y proviene de un conocido y desesperanzado soneto de Francisco de Quevedo, cuyo primer verso es “Miré los muros de la Patria mía” y que concluye con el terceto que dice: “Vencida de la edad sentí mi espada; / y no hallé cosa, en que poner los ojos, / que no fuese recuerdo de la muerte”.
Por otra parte, más allá de unos breves textos ubicados al comienzo y al final de la obra, esta está organizada en tres partes, a las cuales el autor denomina “temporadas” (por ejemplo, “Primera temporada en el infierno”). Esta división en “temporadas” remite, por supuesto, a la Divina comedia de Dante Alighieri y trataría de remarcar la estadía del protagonista por esos “infiernos” que fueron los campos de concentración que existieron durante la última dictadura militar.
En cuanto a la trama de la obra, en ella se cuentan básicamente las vicisitudes padecidas por Jaime Dri en los años setenta bajo la dictadura militar, desde su secuestro en diciembre de 1977 hasta su fuga en julio de 1978. En términos generales, la “Primera temporada” se corresponde con lo ocurrido en Montevideo y su primera vez en la ESMA; la “Segunda temporada”, la más extensa, aborda la vida en distintos centros de detención, como “la Quinta de Funes” o la “Escuela Industrial” de Rosario; la “Tercera temporada” vuelve a narrar sucesos en la ESMA.
Por otro lado, dentro de cada una de las partes, hay capítulos titulados “Lejanías”, que se apartan de la trama central y narran episodios de otras épocas. En estos casos, el autor no intenta dar cierto relato fiel de lo sucedido con el protagonista y otros muchos actores sociales que lo rodearon. En esos capítulos, Bonasso deja claramente sentada su postura sobre lo tratado.
Veamos un ejemplo. En el capítulo VII de la “Primera temporada”, sobre las presidencias de Frondizi e Illia, el autor sostiene: “Frondizi había sido derrocado por los militares debido a insensatas sospechas de marxismo. Él y su Harry Hopkins, Rogelio Frigerio, aparecían (…) como marxistas infiltrados (…). En realidad, había fortalecido como nadie esa nueva cultura gerencial y subordinada con sus proyectos desarrollistas. El breve interregno radical del pueblo, con su neokeynesianismo a la chacarera, no podía asegurar la continuidad de ese proceso de modernización del capitalismo dependiente y por eso, a su turno, tuvo que ser derribado”.
Más allá de esos capítulos que se refieren a otros momentos, por supuesto la trama central está focalizada en las peripecias que vive Dri, donde aparece constantemente rodeado de otros personajes, que pertenecen básicamente a dos categorías: militantes políticos y represores. Es la continua interacción entre unos y otros que envuelve constantemente la narración en un denso ambiente de dolor, sufrimiento y muerte.
Aunque algo extenso, sobre el ambiente que reina en la obra, veamos un ejemplo de las habituales sesiones de tortura que aparecen. En el capítulo VIII de la “Primera temporada”, titulado “La noche de Navidad”, que se refiere a hechos sucedidos en diciembre de 1977, se relata: “El Teniente de Navío Schelling, a quien no conocía por ese nombre ni tampoco aún por su apodo, Mariano, le hizo algunas visitas breves, en las que disimuló el interrogatorio bajo la apariencia de una charla cortés e informal. Esa voz amable tenía a veces otras inflexiones. El Pelado lo escuchó interrogar en una celda contigua. La voz metálica, imperativa, alcanzaba matices de inusitada ferocidad mientras el prisionero gemía defendiendo con su verso la vida. A ratos los gritos del muchacho lo retrotraían a Uruguay y lo enloquecían. (…) El contrapunto de aullidos y música a todo volumen era insoportable y se alegró por el desconocido y por él mismo cuando pusieron fin al interrogatorio”.
En el texto no solo aparecen las crueles acciones a que eran sometidos los militantes que estaban en los centros clandestinos de detención, sino también una detallada descripción de esos lugares. En efecto, en la obra figuran por ejemplo lugares de la ESMA que con el tiempo serían tristemente famosos como el “sótano” (el primer lugar al que eran ingresados los detenidos al llegar allí para ser sometidos a interrogatorios bajo tortura) o “capucha” (sección que estaba ubicada en el tercer piso del edificio y que era el principal lugar de reclusión de los prisioneros). Por ejemplo, en el capítulo II de la “Tercera temporada”, titulado precisamente “El sótano”, se describe ese lugar de la siguiente manera: “El ‘sótano’ era un rectángulo perfecto que medía unos 35 metros de largo por unos 12 de ancho. Los lados mayores de este a oeste y los menores de norte a sur. El acceso principal estaba situado en el extremo occidental (en la misma línea del frente del Casino de Oficiales, que daba a la Avenida del Libertador). Tenía un ancho portón de hierro, pintado de verde, con una mirilla, y estaba precedido por un alto escalón de cemento (…) El pesado portón se abría cuando el centinela armado que montaba guardia en el exterior recibía, por intercomunicador, la orden de hacerlo. (…) La otra salida era una puerta pequeña, ubicada en el lado sur, que antes se utilizaba para sacar a los ‘trasladados’”. Aclaramos que cuando dice los “trasladados” se está refiriendo a los que serían asesinados, en general en los conocidos “vuelos de la muerte”.
En esas continuas interacciones entre militantes y represores no solo aparecen figuras de la dictadura ligadas a la ESMA, como Massera o el Tigre Acosta, sino otros del Ejército. Recordemos que Dri no solo estuvo en las instalaciones de los marinos, sino también en las del Ejército, cuando es trasladado a Santa Fe. En ese entonces, esa zona dependía del II Cuerpo de Ejército, comandado por un general que luego se haría famoso por su intervención en el desarrollo de la Guerra de Malvinas: Leopoldo Galtieri. En el capítulo VII de la “Segunda temporada”, titulado “Rommel”, se relata un encuentro entre este militar y los detenidos. En uno de los fragmentos del capítulo, Galtieri, que es presentado frecuentemente con un vaso de whisky (recordemos que tenía fama de bebedor), sostiene: “Nadie es detenido, hecho desaparecer, muerto o puesto en libertad sin orden expresa de un Comandante de Cuerpo de Ejército. El poder de decisión sobre la detención, la desaparición, la ejecución o la libertad de todos los habitantes de la jurisdicción del Segundo Cuerpo lo concentro en mis manos. Y ninguno de mis subordinados, ni nadie, quede claro: nadie, nadie realiza acciones represivas al margen de sus órdenes”.
Desde otro punto de vista, el texto de Bonasso podría ponerse en paralelo a La llamada (2024), de Leila Guerriero. En efecto, ambas obras no solo pertenecen al mismo género (no ficción), sino que además relatan los padecimientos que sufrían los que pasaban por la ESMA. Además, podría considerárselos como formando parte de un mismo ciclo, ya que mientras el libro de Bonasso es un texto inaugural sobre la temática, el de Guerriero podría verse como prácticamente cerrando ese ciclo.
Por último, cabe destacar que el hecho de que esta obra de Bonasso fuese un texto pionero sobre la temática no es un dato menor. Más allá de los diversos cuestionamientos que se le han efectuado, cabe remarcar que a través de él se dieron a conocer los padecimientos que sufrieron los detenidos-secuestrados en los campos de concentración como la ESMA antes de que esa situación tomase estado público a través de los diversos testimonios ofrecidos en el juicio a las juntas militares. En este sentido, en los primeros tiempos de la recuperación del sistema democrático en nuestro país, Recuerdo de la muerte se constituyó en un importante medio para que muchas personas pudiesen tener una real dimensión de los dolorosos hechos ocurridos pocos años antes.
*Licenciado en Letras (UBA), doctor en Ciencias Sociales (UBA). IG @carloscampora100.